¿Para qué paramos? ¿Qué hacemos ahora que estamos de pie y tenemos fuerza?

A Lucas Villa
a quien estoy conociendo apenas
… ya lo mataron

El texto “Por nuestros muertos, Uribe tiene que renunciar” de Rubén Darío Zapata, publicado en el periódico El Colectivo y que compartimos abajo es un insumo indispensable para hacer lo que nos hace falta…ocuparnos del asunto de vida o muerte que refleja nuestra mayor debilidad. Me sumo a su esfuerzo y convoco-aportando a eso que nos falta; ponernos a compartir para entender y organizarnos desde nuestra propia agenda y estrategias. Hace tiempo que el paro de Colombia dejó de ser para que se caiga la Reforma Tributaria. Entonces, ¿para qué es el paro? ¿qué hacemos con ésta fuerza ahora que estamos de pie? El pueblo Misak acaba de derribar a Gonzalo Jiménez de Quesada en la Plazoleta del Rosario de Bogotá. Hacer aquí y ahora lo que se requiere para liberarnos del orden colonial…a asumirlo.
Así sí. Planes y Proyectos de Vida. Pueblos en Camino

Zapata expone en breve y con contundencia una lectura estratégica del uso del terror y de la fuerza por parte del régimen colombiano como expresión simultánea de su ilegitimidad y de su recurso esencial para su permanencia. No es debilidad la represión y el terror en Colombia: es su esencia, su eje, su recurso supremo. Un insumo esencial para incorporarlo en una lectura crítica y colectiva de lo que enfrentamos, el análisis de la situación que vivimos.

Una tejedora desde un rincón de Abya Yala

Empezar por lo primero: leamos el contexto

Leer un contexto, darle la cara y hacerlo bien, a muchas voces, de manera desafiante, rigurosa, crítica y colectiva es el paso esencial hacia una lucha que sirve, que sabe para donde va y que tiene la posibilidad, más allá de las ganas y la fuerza, para cambiar una realidad. Si seguimos sin agenda propia, nos arrodillamos frente a la del otro que sí la tiene y siempre la ha tenido. El terror, aquí y ahora, sirve a esa agenda del régimen mafioso.

Es la economía; estúpido“:
El sustento material de las mafias

Otro asunto que hay que incorporar a este que aporta Rubén Darío es que estas mafias y élites cuentan con el respaldo económico de este aparato de terror y poder que se mantiene gracias a ese sustento material. Hoy, en primer lugar, los recursos del narcotráfico auto-perpetúan y auto-financian el bloque perverso en el poder. A eso se suman los recursos que roba del pueblo y del Estado de manera legal e ilegal (la corrupción no es un germen que infesta al estado colombiano, sino parte integral, establecida, indispensable del mismo. Pretender acabar con la corrupción sin acabar con el estado es simplemente imposible). A los recursos públicos que son de las élites y mafias, se suman los recursos del extractivismo minero-energético, el tráfico de tierras, la especulación financiera, los megaproyectos diversos, es decir, todos los ámbitos y sectores de la dinámica de acumulación capitalista. Toda la dinámica económica de Colombia alimenta el poder de las mafias legales e ilegales pero siempre criminales que la controlan. Esta economía mafiosa es una articulación transnacional entre gamonales y capos dominantes, élites tradicionales (que fácilmente actualizan su mafiosidad aristocrática a la del matón hacendado) y enormes contrapartes transnacionales legales e ilegales con las que se articulan desde tratados de libre comercio, FMI, BM, OMC, etcétera, un enjambre de tratados, acuerdos, legislación y políticas para el despojo, participación en juntas directivas y articulaciones globales del poder, hasta gremios y cacaos de todos los sectores. Es simplemente conveniente (business is business, time is money) mantener a la mafia gamonal-capitalista aristocrática y asesina en el poder: garantiza acceso a recursos, trabajo, territorio, ganancias…punto. Si no fuera el narco el que nutre esta dinámica de clases para la acumulación de capital con empobrecimiento de tierras y pueblos, lo demás lo haría y lo hace (agua, oxígeno, petróleo y fuentes de energía, biodiversidad, minería…tierra!). Como dice Zapata: La fuerza pública defiende sus propios intereses económicos al proteger y sostener con terror esta maquinaria. Es un sector económico de clase que participa en la dinámica económica desde el recurso de la fuerza y el terror sometiendo y matando, pero también con toda la complicidad y la impunidad del negocio.

Propaganda y poder:
La ocupación del territorio de nuestros imaginarios

Es tan repugnante y asqueroso el poder de los medios comerciales y sus famosos y muy escuchados y vistos engañadores de profesión, reproductores y productores de lo normal, lo respetable, lo posible, que uno quisiera listarlos uno por uno, poner sus fotografías, incluir acá mismo una lista interminable de vínculos que los expone solitos, señalar las máscaras y técnicas con lo que todo lo dominan para sacar sus enormes tajadas de beneficios personales y comerciales de este orden mafioso que existe gracias a ellas y ellos. Son criminales adornadas, perfumadas, bien habladas que defienden y fabrican un referente neutro para el privilegio, la mentira y el manoseo. El factor propaganda-ideológico, no sólo los medios perversos y mentirosos y el periodismo arrodillado, sino algo aún peor, la ocupación del territorio de nuestros imaginarios al servicio de la naturalización y sumisión a este orden. Ahora mismo en esta insurrección y en las anteriores quedamos en evidencia. Queremos más de lo mismo. No sabemos y tal vez no podamos pensar por fuera del alcance de lo que nos permite la mafia-estado. Somos hasta ahora, en el mejor de los casos, su contraparte, su oposición, la izquierda y la resistencia que la derecha necesita. No podemos pensar por fuera del molde mafioso-liberal-estatal. Democracia para nosotrxs es elecciones y poder estatal. Somos razonables y proponemos salidas dialogadas con un poder que es dueño del diálogo para proteger sus ganancias y su privilegio. Como máximo, nos ofrece un lugar adentro así sea con nuestro discurso revolucionario y de reconciliación. Nos han domesticado. A nombre de reformas o revoluciones, no podemos, no nos dejan, nos habita no poder ver más allá de lo que es permitido y normal. El aparato ideológico aparece ante el espejo y marcha en las calles.

Paramos. Ahora a tejer estratégicamente
lo que hace/haga falta.

Tenemos la fuerza y las ganas de cambiarlo todo, pero no sabemos plantearnos desde este análisis de situación que no hacemos aprovechando las marchas y convirtiéndolas en cabildos, asambleas, responsabilidad compartida, en visiones de futuro, en situaciones objetivo, en lo que debe ser en contraste de lo que es y sabemos ver entre todas y todos. Es para que no podamos hacer esto que usan el terror, que se sirven del poder económico, que la maquinaria ideológica y la ocupación del territorio de nuestros imaginarios se combinan. Es para esto que limitan nuestra movilización a bloquear vías, desahogar y compartir nuestra fuerza y alegría, llorar y resistir el terror, denunciar y analizar descuartizando la realidad en pedazos y proponer salidas electorales o institucionales o armadas o de compra-venta. Es para que no tengamos la capacidad ética-estratégica y la apliquemos y nos entreguemos colectivamente a ponerla en marcha y a convertirla en camino y futuro. Belalcázar y Jiménez de Quesada no han caído. Siguen de pie, pero amenazados si sabemos, -como lo supo hacer el Tata Pedro Velasco Chavaco confrontando a Néstor Morales de Blu Radio-, reconocer para derrumbar la mentalidad y los hábitos coloniales que nos habitan y que definen nuestras relaciones bajo el machismo, el patriarcado, el clasismo, la servidumbre, el odio, los buenos modales y todo lo que a diario reproducimos. Es hora de confrontarnos y querernos críticamente. De cambiar de mentalidad desafiándonos. De dejar de ser cómplices para empezar a querernos y exigirnos. Para confiar y abrazarnos. No más carreta. Asumamos el valor y la fuerza de decirnos las verdades y exigírnoslas con una condición, la de querernos en el desafío para desprendernos de la basura que nos han hecho asumir como cada quién y lo que creemos.

Hemos parado. Hemos detenido el curso normal del orden mafioso así sea por unas horas o días y mientras estamos en las calles y bloqueando. Así, de pie, en paro, tenemos tiempo, estamos juntas y juntos, compartimos fuerza: recojamos entre todas y todos aportes como los de Rubén Darío Zapata. Completemos el diagnóstico de esta realidad. Entendamos cómo piensan, actúan y qué buscan ellos. Cómo lo hacen. Con qué recursos cuentan. Qué persiguen. Conscientes de esto que podemos entender tejiendo: pongamos frente a todas y todos la verdad de lo que es sin tanta carreta sabihonda y así sí, veamos con fuerza un horizonte que queremos, merecemos y debemos alcanzar. La única consecuencia de este retomar el camino nuestro, nuestro destino común que nos robaron desde Colón, Jiménez de Quesada (así tumbaron su estatua anoche) y Belalcázar hasta ahora, es que por fin, pensemos en serio, a partir de la movilización pero más allá y más acá, cómo detener esos hampones criminales que nos someten y siempre ganan a fuerza de sangre, capital, poder estatal y propaganda y cómo imaginar y poner a andar un país de los pueblos sin dueños: un tejido de territorios en libertad. El final del Otoño del Patriarca no es la muerte de un dictador, sino la fiesta de la vida que somos y que nos han enseñado a convertir en distracción y escape. A liberarnos. Ninguna salida por sí misma lo es. Ni las armas, ni las elecciones. La única salida es entender, saber para donde vamos entre todxs y convertir la fuerza en camino de estrategias con toda la creatividad. Es la hora de la fiesta convertida en saber, camino y destino. Es la hora de pensar estratégicamente y caminar la palabra colectiva. Es la hora de la Minga, más acá de las pañoletas y de los bastones, de exigirnos y encontrarnos. Eso, o agotar la fuerza que tenemos para que sigan ganando las mafias que ni siquiera estamos reconociendo.

Emmanuel Rozental
Pueblos en Camino
Desde la Universidad sin Fronteras
Dos Quebradas, Risaralda
Mayo 7 de 2021

Por nuestros muertos,
Duque tiene que renunciar

Ilustración: Fernando Robuschi. Periódico El Colectivo

Decía alguna vez el famoso luchador social sudafricano, Nelson Mandela, que podemos estar seguros de que el fin de un dictador está cerca cuando lo único que tiene en las calles son sus fuerzas armadas. Este mensaje lo han posteado en las redes sociales infinidad de veces en estos tiempos de movilización y represión, como para confirmar que, efectivamente, la dimisión de Duque está cerca. Pero creo que este es un falso optimismo que nace de la descontextualización de la frase de Mandela.

En primer lugar, Duque no es un dictador, o al menos gobierna arropado en la cuestionable figura de la democracia colombiana, supuestamente la más estable de América Latina. Y, en segundo lugar, la represión armada como única respuesta del Estado colombiano ante las justas exigencias del pueblo o las alternativas de vida que pretende construir, no es un privilegio del gobierno Duque, sino la característica más sobresaliente de esta élite política mafiosa enquistada en el gobierno y en toda la institucionalidad colombiana desde hace ya demasiado tiempo. Es un hábito, o mejor, una cultura que bien define a la clase gobernante de este país. Eso explica los mal llamados falsos positivos, cuya escandalosa cifra revelada por la JEP (más de 6.400 en diez años, y la mayoría durante el gobierno Uribe) es apenas la punta del iceberg, pues la mayoría de estas ejecuciones extrajudiciales quedan sin denunciar, por miedo y amenazas, o sin investigar, por negligencia institucional.

Y no son solo las fuerzas armadas constitucionalmente establecidas las que ejercen esta represión cada vez más espantosa: la alianza estructural entre estas fuerzas armadas y estructuras criminales mafiosas son ya parte del ADN de esta élite que ha sembrado el terror por todo el territorio nacional con sus ejércitos paramilitares, ahora renombrados simplemente como Bacrims o Gaors.

Plomo han recibido los estudiantes cada vez que se han movilizado, baste recordar la forma como atendió el gobierno de Pastrana el paro estudiantil de 1971. Plomo recibieron los campesinos de Marquetalia y Guayabero, que querían mantener sus proyectos de economía campesina y fueron señalados de querer construir repúblicas independientes. Plomo recibió la Asociación de Usuarios Campesinos-ANUC que se organizó para hacer realidad la Reforma Agraria que los gobiernos querían mantener dormitando en un papel. Plomo recibieron los manifestantes durante las protestas del paro cívico de 1977. Plomo recibió la Unión Patriótica cuando las Farc quiso trasladar su lucha al escenario institucional.

Plomo han recibido en estas últimas décadas las organizaciones sindicales, prácticamente diezmadas por el paramilitarismo en los años 90. Plomo siguen recibiendo las organizaciones indígenas, afrodescendientes y campesinas por reclamar el acceso a sus tierras y la reforma rural integral que les permita vivir de su trabajo y preservar sus territorios. Plomo siguen recibiendo los ambientalistas que se oponen al extractivismo salvaje. Y plomo reciben diariamente los defensores de derechos humanos, pues mientras el plomo sea la estrategia gubernamental por excelencia la defensa de los derechos humanos es al mismo tiempo una condena a muerte.

Y el mejor representante de esa cultura política mafiosa es, por supuesto, el expresidente Álvaro Uribe, quien tiene siempre a flor de labios la invocación de las fuerzas militares para sofocar cualquier protesta. La acusación de terrorismo para referirse a los manifestantes en él no es una simple muletilla, sino el mantra que, como por encanto, deslegitima la protesta y, al mismo tiempo, justifica la matanza institucional. Ya había sugerido, durante el gobierno de Juan Manuel Santos, militarizar y bombardear Urabá para sofocar una protesta campesina, tal como él hizo con la comuna 13 de Medellín en la desafortunadamente famosa Operación Orión. Ahora, ante las masivas movilizaciones y la rabia popular que se ha expresado en las calles contra el gobierno de Duque, vuelve a invocar su fórmula mágica e incendiaria: respaldar el uso de las armas por parte de la fuerza pública contra los manifestantes. Esta vez su propuesta fue prácticamente una orden acogida por el presidente Duque, quien ya había dado pruebas de estar plenamente sintonizado con este sentimiento.

El año pasado, cuando la policía desenfundó sus armas y disparó temerariamente (e impunemente) contra los manifestantes que salieron a rechazar el vil asesinato de Javier Ordoñez a manos de dos policías, el gobierno legitimó esa acción con un desdén impresionante hacia las víctimas. Mientras la alcaldesa de Bogotá organizó un acto público para pedir perdón a las víctimas por la barbarie cometida, el presidente se puso el uniforme de policía y asistió a una ceremonia de respaldo y desagravio con los uniformados, a pesar de que acababan de asesinar a más de 14 personas.

Eso explica que las imágenes que en aquel entonces nos aterraron tanto: policías en las calles disparando a diestra y siniestra contra las manifestaciones masivas, hoy sean simplemente cotidianas. Las redes sociales y los medios alternativos nos muestran todo el tiempo a los policías disparando en la calle contra los manifestantes como si se tratara de una película de gansters gringos; o a la recua de civiles que salen de los Cais o las estaciones de policía para infiltrarse en las marchas, generar el caos y justificar la matanza posterior; de hecho, hay imágenes que muestran a estos mismos civiles desbandados disparándole a las manifestaciones. Ocho días después de iniciadas las movilizaciones ya van más de 30 muertos, la mayoría en la ciudad de Cali, centenares de heridos, muchísimos desaparecidos, muchísima gente retenida y más de 10 mujeres violadas en los Cais de la Policía.

Los videos de aficionados capturaron las imágenes de los militares invadiendo un colegio claretiano en Bosa para que allí aterrizara un helicóptero con gran material de guerra. También evidenciaron a un helicóptero militar disparándole desde el aire a una manifestación en Buga. Y esa misma noche, cinco de mayo, los videos mostraron a paramilitares disparando contra la manifestación en un viaducto de Pereira, en donde dejaron dos muertos. Es la turba institucional desbocada.

Los periodistas y defensores de derechos humanos (incluso de organizaciones internacionales) han sido amedrentados, golpeados y hasta detenidos para que no evidencien la barbarie ya inocultable. Entre tanto, los órganos de control, controlados ellos mismos por el gobierno, se mantienen tibios, con pronunciamientos ambiguos o justificativos del desmán policial y militar.

En ese contexto no puede leerse la respuesta militar del Estado como una muestra de debilidad del gobierno. Su fortaleza ha sido desde siempre militar. Entre otras cosas, no cabe en Colombia la esperanza de que en un arrebato de dignidad las fuerzas armadas del Estado, aterradas ante la sangre de su pueblo por ellas mismas derramada, le vuelvan la espalda al gobierno, como ha sucedido en otros países, para permitir una solución democrática y pacífica del conflicto. La doctrina militar imperante en Colombia ha formado verdaderas máquinas de guerra, pero no simplemente obedientes como haría pensar el término máquinas, sino al servicio de sus intereses particulares, cercanos al capital y a las mafias, que en Colombia son una y la misma cosa.

Lo que sí evidencia la respuesta militar del gobierno es su estatura moral y la necesidad del pueblo de ponerse por encima de ella para ganar su dignidad. Evidencia la necesidad urgente de transformar esta institucionalidad mafiosa y poner al gobierno al servicio de las necesidades de la gente, al servicio de la justicia y de la vida digna para todos. No es la debilidad del gobierno la que debe movernos a exigir su renuncia, sino la dignidad del pueblo que ya no está dispuesto a tolerar tanta bajeza y despotismo.

Rubén Darío Zapata
Periódico El Colectivo
Mayo 6 de 2021
https://elcolectivocomunicacion.com/2021/05/06/por-nuestros-muertos-duque-tiene-que-renunciar/

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