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Del sueño a la pesadilla Americana

Jugar con plantas y tierra; trepar árboles y comer frutas; hacer mandados a caballo; recolectar leña; soplar el fogón; lavar los platos y asear el rancho; desgranar maíz y escoger café; aprender en la escuela, donde mi mamá era la única maestra. Fueron mis pasatiempos, gran parte de mi niñez en las montañas de nuestra Kauka, “Madre de los Bosques” en Namtrick, idioma del pueblo Misak, en lo que han llamado Colombia. Vivíamos en El Voladero, resguardo indígena de Jambaló.

Dolorosamente, hubo una masacre, asesinaron al compadre de mi mamá y a toda su familia. Como mi mamá tiene el poder del sueño, antes y después de la tragedia, advirtió lo que podría pasar. Mi mamá se sintió amenazada y tuvimos que salir de las montañas. Nos tocó vivir en Santander de Quilichao, una pequeña ciudad cerca de Cali. Mis pasatiempos cambiaron: vender arepas en las calles; ir a lavar ropa y disfrutar del río; jugar en la calle con amigas, ver televisión donde los vecinos e ir a la escuela más cercana.

Vivíamos en un rancho de madera con piso de tierra. Teníamos una diminuta huerta con maíz, fríjol, tomates y una mata de coca. Mi programa de televisión favorito era el Pato Donald. Me encantaban las travesuras de los sobrinos de Tío Rico. Me asombraba la opulencia que ostentaban con el oro. Soñaba con tener una nevera llena de comida y quería probar los Kellogg’s. Esto me parecía un símbolo de riqueza.

Mi sueño americano era tener estos productos que llamaban comida: empaquetados, bebidas azucaradas… que mostraban con la propaganda invasiva. Me encantaba ver todos los electrodomésticos habidos y por haber, seguramente quería tenerlos en mi rancho. Después tuve que vivir en la ciudad de Cali con una tía. Allá tenían televisión y con la influencia de la escuela, fue más rápida la invasión: sentía vergüenza de mi origen y de mis abuelas. Ahora quería vestirme y verme como la gente en la televisión.

Realicé mis estudios secundarios en el municipio de Silvia, donde nací, pero nunca regresé a las montañas de El Voladero. En Santander de Quilichao, pese a que mi mamá se había convertido en una líderesa Nasa, reconocida por fundar, junto a otros compañeros, la Asociación de Cabildos Indígenas del norte del Cauca-ACIN, yo continuaba con mi sueño americano. Más aún, por la influencia de la universidad privada, que le pedí a mi mamá que me pagara. Viajaba todos los días a Cali y me relacionaba con una sociedad más norteamericanizada que afianzó mi deseo consumista, al punto de endeudar a mi mamá hasta para que me comprara tenis Nike.

En 1998 mi mamá se fue de gira internacional y me tocó asumir algunas de sus tareas como secretaria de la ACIN. Desde ese momento empecé a participar de la organización indígena. En el 2001 conocí a un ser humano ejemplar, aunque no era de mi comunidad, logró lo que mi mamá no pudo: arraigarme a la territorialidad de mis pueblos. Me ayudó a reencontrarme con mi origen, a conocer otras  luchas indígenas del mundo y a caminar la crítica desde la cotidianidad. Lo más importante de todo esto, es que acompañó y promovió en colectivo, las movilizaciones y mingas sociales más reconocidas en la década del 2000 y 2010 desde el norte de nuestra Kauka.

Manuel Eduardo Rozental Klinger se quedó en nuestro movimiento desde el 2001 y tuvo que volver a exiliarse en el  año 2008. Llegó a escuchar, a aprender, a intercambiar y a proponer desde su experiencia con otros procesos del mundo, resultado de exilios previos. Con el trabajo comunitario y su acompañamiento, mi sueño americano se fue diluyendo. Los procesos de formación de la ACIN se enfocaban en identidad indígena, educación y salud propia, cuidado de la tierra, comunicación y liderazgo comunitario, defensa de los derechos humanos… También se insistía en el reconocimiento estatal, la negociación de derechos con el gobierno y la participación política electoral. En esto, hoy se han vuelto expertos.

Mi compañero empezó a fortalecer los espacios de formación, dándole protagonismo al pensamiento crítico, al tejido con otros pueblos y a la autonomía como elemento central de las discusiones y acciones dentro y fuera del territorio. En ese camino, nos acercó a varias luchas, como la autonomía zapatista y otras menos conocidas, en y más de Abya Yala, nuestro término para las Américas. Nos abrió el horizonte político desde nuestra localidad hasta la globalidad de las resistencias. Con el propósito de reconocer, cuidar y fortalecer nuestros planes de vida, y a la vez, entender, denunciar y superar los proyectos de muerte.

En ese contexto, se volvió indispensable hablar del Plan Colombia I y II, iniciativa bilateral entre los Estados Unidos y Colombia, puesta en marcha en 1999 para acabar con el narcotráfico, no sólo por las  fumigaciones con glifosato para la erradicación de la coca, que impactaban la salud y la vida en los territorios. Sino también, porque teníamos la necesidad de entender el trasfondo de estas políticas, que convierten a las víctimas en victimarios y sirven más para la acumulación de las transnacionales. Mi compañero jugó un papel relevante. Desde la práctica cotidiana, nos mostró con el ejemplo formas alternativas de indagar, contrastar, contextualizar, informar y reflexionar para tomar decisiones coherentes.

Entonces entendí el sueño americano: todo lo que da está condicionado y es para controlarnos. Concluí que es una pesadilla americana. Por ejemplo: encontramos que el glifosato utilizado en esa época era producido por Monsanto, multinacional estadounidense, que además de vender el herbicida, producía semillas genéticamente modificadas. Por esto, en el 2010, nos impusieran el Decreto 970, para regular y prohibir el uso de semillas nativas, mientras nos obligaban a usar semillas “legales”, es decir, comprarle a Monsanto.

A partir de esta experiencia, un grupo de jóvenes Nasa nos apropiamos de las tecnologías de información y comunicación. Discutíamos el Plan Colombia, el Plan Puebla Panamá, los monocultivos, la militarización, los extractivismos, los tratados de libre comercio, el consumismo, el conflicto armado, la tenencia de tierras, la guerra contra los pueblos… Además, proponíamos, sobre la educación, la salud, la justicia, la comunicación y la vida que queríamos en nuestro territorio.

Yo soy una de esas jóvenes, que se formó así y que en el año 2004, junto a otras compañeras y compañeros, fundamos el Tejido de Comunicación de ACIN. Mi perspectiva cambió, gracias a la contrastante realidad y a la influencia de mi compañero, quien desde su propio esfuerzo por desinstitucionalizarse y descolonizarse, caminó con nosotrxs y nos mostró otras experiencias en el mundo que más allá de reconocimiento estatal, sueñan liberarse con la tierra y seguir alimentando mínimos de autonomía en medio de la guerra.

Evidentemente, hoy sufrimos lo más nefasto y descarado de las políticas estadounidenses: promover la guerra y legislar para despojar. Mientras criminalizan a los productores de coca, eslabón más precarizado de la cadena mafiosa, en la banca legalizan el dinero y lavan la sangre de las víctimas. Es decir, acá nos siguen matando y allá siguen acumulando. Aquí cuesta US $1.500 a US$1.800 por kilogramo. En Asia y Oriente Medio supera los US$200.000 por kilogramo.

Antes, usaban la máscara de “ayuda humanitaria” ocultando las reales intenciones. Hoy son descarados. A Trump le enorgullece: destruir Gaza para construir el goce de los más ricos del mundo; celebrar los bombardeos de lanchas en el Caribe mientras la cocaína entra en buques mercantiles; deportar migrantes mientras su propia economía flaquea; imponer grandes aranceles que afectarán a las mayorías allá.

En últimas, el gobierno de los Estados Unidos descertifica Colombia e incluye a nuestro presidente en la lista Clinton, es decir, una lista de sanciones, siendo el gobierno que más toneladas de cocaína ha incautado  y el que más ha trabajado por transformar la vida de quienes dependen de los cultivos de coca. Siendo Gustavo Petro (sin atacar ni defender su gobierno), un incansable luchador contra las mafias del poder y del narcotráfico articuladas.

Debemos reconocer la pesadilla americana que se nos impone, ad portas de más guerras para saquear bienes comunes. Necesitamos mirarnos entre resistencias comunitarias y reconocer la urgencia de tejer autonomías entre pueblos y procesos más allá de las fronteras impuestas. Hoy, me miro al espejo, ante nuestro territorio, en el reflejo de quienes me quieren y desafían y me reconozco siendo una mujer nasa-misak.

Soy mujer-madre y territorio, entregada a liberarnos del estado, del racismo, del capitalismo, pero también del colonialismo y del patriarcado. Hoy le agradezco a mi compañero y al movimiento indígena, pero ya estoy caminando mi propio pensamiento. Hoy los desafío, nos desafiamos. No confundo gratitud con dependencia. Contrario a la pesadilla americana, que en su esencia, lo que da, lo condiciona y lo somete como el patriarcado. Yo hoy celebro el sueño propio y la libertad en camino.

Vilma Rocío Almendra Quiguanás es hija del pueblo Nasa y del pueblo Misak, habitante de la Madre de los Bosques, Kauka. Ella es comunicadora Comunitaria por vocación y Comunicadora Social-Periodista y Socióloga por profesión. Integrante de Pueblos en Camino (www.pueblosencamono.org), iniciativa que busca tejer y resistencias y autonomías entre pueblos y procesos. También es cuidadora del pensamiento crítico, promotora de la palabra libre y  defensora de la acción colectiva.

Fuente: ReVista, Harvard Review of Latin America
Leer texto en inglés aquí: From American Dream to American Nightmare

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