Naomi Klein: Distopia de alta tecnología: la receta que se gesta en Nueva York para el post-coronavirus.

La tiranía que alimentamos:
¿Crees que no hay sistema?
¡Intenta cambiarlo!

lavaca traduce y comparte este revelador y oportuno artículo de Naomi Klein, cuya versión original en inglés para The Intercept también compartimos. (Fotografía de portada, Gobernador de Nueva York Cuomo, con Eric Schmidt de Google. Smart Schools Commission report at Mineola Middle School on Oct. 27, 2014 in Mineola, N.Y. Photo: Alejandra Villa-Pool/Getty Images)
Oculta tras la inmunidad legal -todxs, por ejemplo, debemos aceptar los términos y condiciones de cualquier aplicación sin siquiera leerlas, ya que si no lo hacemos, no podemos acceder a ésta- y como el más grande y lucrativo negocio global, ha ido creciendo y consolidándose el poder de Silicon Valley con las tecnologías de “Big Data”. ¿Cómo -deberíamos preguntarnos y pocas veces lo hacemos- hacen sus incontables ganancias Google, Facebook y tantos otros “servicios gratuitos” de “redes sociales”, Inteligencia Artificial, TICs y ese largo etcétera? Empiezan por vender sus productos al mejor postor: datos. Datos procesados a través de algoritmos alimentados por todxs en el mundo entero a toda hora. Datos que nos sacan. Ubicación, edad, sexo, lugar de residencia, movimientos, cuentas, lo que publicamos, lo que nos gusta o no, nuestras huellas digitales, nuestras caras, nuestra temperatura, contactos, deudas, movimientos. Eso y mucho más a una velocidad que convierte millones de datos en segundos, en información útil para que el poder corporativo, estatal, represivo, financiero, tome decisiones que nos “orientan” desde apetitos y necesidades, hasta obediencia y represión.
Todo, procesado nos clasifica en poblaciones, intereses, comportamientos. Esto le sirve, por ejemplo, a corporaciones que venden de todo y que aparecen según lo que informan los algoritmos en nuestros “muros”, en nuestras búsquedas, en nuestros correos; en todas partes. Y este es apenas el comienzo. Venden información sobre nosotrxs a gobiernos, sistemas de seguridad, medios comerciales de comunicación (manipulación y propaganda) y a quienes paguen y mucho.
Pero ya no sólo venden. Han pasado a controlar, a decidir, a gobernar. Son la nueva tiranía en ciernes y en curso. El nuevo capitalismo que hoy, bajo la “tormenta perfecta” (para ellos) de la pandemia, pasa (por un precio enorme) a convertirse en el nuevo poder global al servicio del poder global. Acá Naomi Klein expone algunos rasgos esenciales e implementación concreta de este poder totalizante que se va volviendo totalitario para acumular ganancias a costa de la humanidad convertida en rebaño. El excedente será eliminado; está siendo eliminado, “por nuestro bien” y para “mantener el orden” y “garantizar la democracia y la seguridad” (del poder).
Datos, procesos, inteligencia artificial y decisiones de política pública y privada, opinión pública y comportamientos permitidos… todas y más bajo el control de un sistema total de tecnologías que nos conocen, nos predicen, nos someten y alimentamos con obediencia absoluta. Ahora mucho más, encerradxs en casa y dependientes de ser usados por éstas, 24 horas al día en todo el mundo. El sueño de B.F Skinner hecho realidad. Para este nuevo poder y sus aliados, no somos sino comportamientos. Integrados y clasificados, nos sometemos a lo que el sistema necesite para acumular. Nos disciplinan
¿Crees que no hay sistema? Intenta cambiarlo.
Manipulan emociones, apetitos, estados de ánimo. Vigilan. Controlan procesos electorales. Mejoran y destruyen imágenes. Manejan equipos, encienden y apagan vehículos, plantas, aviones, automóviles, trenes. Se incorporan a armamentos de todo tipo que tele-dirigen y controlan desde centros tecnológicos. No sabemos ni podemos saber qué tanto poder y control tienen, pero lo que ya se va develando es aterrador. Cada vez que tocamos el celular y miramos una pantalla, ésta nos mira, nos toca, nos vigila, nos controla. Se masifica con pretextos como la pandemia. Se combinan con telecomunicaciones, todo el sector seguridad-represión-guerra, con el sector financiero, los medios de comunicación y propaganda y otros de los sectores extractivistas más poderosos, con los estados a quienes dictan la política pública y el post-Covid 19, como lo expone acá Naomi Klein en la articulación de Alphabet-Google-Schmidt y el Gobernador Cuomo de Nueva York.
No sabemos lo que hacen en esta guerra global de los estados contra los pueblos y movimientos sociales que se levantan para resistir y liberarse del capitalismo patriarcal, racista. Pero sin duda, ya hay evidencias, venden sus servicios y eso les permite identificarnos, vigilarnos, amenazarnos y eliminarnos por distintas vías.
El ajuste estructural global tiene unos ganadores ya. Trabajamos para ellos, a veces día y noche. Pensamos y actuamos como ellos ordenan. Nos entre-tienen y les pagamos además, sin reconocer ni poder controlar su poder ¿Quién los va a vigilar? ¿Los estados? ¿Los gobiernos? Deep State, el Estado Profundo que desconocemos y al que servimos y sirve a la acumulación y a la guerra total y “Big Data” producen para el dominio corporativo-mafioso transnacional global. Todxs frente a las pantallas o bajo las mismas. Todxs bajo el control de esas inteligencias que nos reducen a lo que someten. Está lista la capacidad de hacer un mundo nuevo para las ganancias de unos pocos. Ahora hay que implementarlo y presentarlo, bajo nuestro consenso, como necesario, beneficioso e inevitable. Les estamos alimentando, obedeciendo, sirviendo, pagando, sin tener siquiera consciencia de que lo hacemos. Retomar el control sobre nuestras vidas y tejer resistencias y autonomías no es una, sino la única opción que tenemos para vivir y defender la vida. ¿Dónde Estamos? Lectura de Contexto. Pueblos en Camino.

Distopía de alta tecnología:
la receta que se gesta en Nueva York para el post-coronavirus. Por Naomi Klein

En este revelador artículo para The Intercept, la periodista canadiense Naomi Klein analiza el fichaje del ex Ceo de Google Eric Schmidt para encabezar una comisión para «reimaginar la realidad post-Covid» en Nueva York donde, dice, comienza a gestarse un futuro dominado por la asociación de los estados con los gigantes tecnológicos: “Pero las ambiciones van mucho más allá de las fronteras de cualquier estado o país”. Klein define una Doctrina del Shock pandémico, a la que llama el nuevo pacto o New Deal de las Pantallas (Screen New Deal). Plantea el riesgo liso y llano de que esta política de las corporaciones amenace destruir al sistema educativo y de salud. El rastreo de datos, el comercio sin efectivo, la telesalud, la escuela virtual, y hasta los gimnasios y las cárceles, parte de una propuesta “sin contacto y altamente rentable”. La cuarentena como laboratorio en vivo, un «Black Mirror», y la aceleración de esta distopía a partir del coronavirus: “Ahora, en un contexto desgarrador de muerte masiva, se nos vende la dudosa promesa de que estas tecnologías son la única forma posible de proteger nuestras vidas contra una pandemia”. Cuáles son las dudas (de siempre) y cómo, bajo el pretexto de la inteligencia artificial, las corporaciones vuelven a pelear por el poder de controlar las vidas. 
(Traducido por Agencia Lavaca.org).

Naomi Klein para The Intercept

Durante la sesión informativa diaria sobre coronavirus del gobernador de Nueva York Andrew Cuomo el miércoles, la sombría mueca que llenó nuestras pantallas durante semanas fue reemplazada brevemente por algo parecido a una sonrisa.

La inspiración para estas vibraciones inusualmente buenas fue un contacto en video del ex CEO de Google Eric Schmidt, quien se unió a la reunión informativa del gobernador para anunciar que encabezará una comisión para reimaginar la realidad post-Covid del Estado de Nueva York, con énfasis en integrar permanentemente la tecnología en todos los aspectos de la vida cívica.

«Las primeras prioridades de lo que estamos tratando de hacer», dijo Schmidt, «se centran en telesalud, aprendizaje remoto y banda ancha… Necesitamos buscar soluciones que se puedan presentar ahora y acelerar la utilización de la tecnología para mejorar las cosas». Para que no haya dudas de que los objetivos del ex CEO de Google eran puramente benevolentes, su fondo de video presentaba un par de alas de ángel doradas enmarcadas.

Justo un día antes, Cuomo había anunciado una asociación similar con la Fundación Bill y Melinda Gates para desarrollar «un sistema educativo más inteligente». Al llamar a Gates un «visionario», Cuomo dijo que la pandemia ha creado «un momento en la historia en el que podemos incorporar y avanzar en las ideas [de Gates] … Todos estos edificios, todas estas aulas físicas, ¿para qué, con toda la tecnología que se tiene?» preguntó, aparentemente de modo retórico.

Ha tardado un tiempo en edificarse, pero está comenzando a surgir algo parecido a una doctrina del shock pandémico. Llamémoslo «Screen New Deal» (el New Deal de la pantalla). Con mucho más de alta tecnología que cualquier otra cosa que hayamos visto en desastres anteriores, el futuro que se está forjando a medida que los cuerpos aún acumulan las últimas semanas de aislamiento físico no como una necesidad dolorosa para salvar vidas, sino como un laboratorio vivo para un futuro permanente y altamente rentable sin contacto.

Anuja Sonalker, CEO de Steer Tech, una compañía con sede en Maryland que vende tecnología para el auto estacionamiento de vehículos (self parking), resumió recientemente el nuevo discurso que genera el virus. «Hay una tendencia definida a la tecnología sin contacto con humanos», dijo. «Los humanos son biopeligrosos, las máquinas no lo son».

Es un futuro en el que nuestros hogares nunca más serán espacios exclusivamente personales, sino también, a través de la conectividad digital de alta velocidad, nuestras escuelas, los consultorios médicos, nuestros gimnasios y, si el estado lo determina, nuestras cárceles. Por supuesto, para muchos de nosotros, esas mismas casas ya se estaban convirtiendo en nuestros lugares de trabajo que nunca se apagan y en nuestros principales lugares de entretenimiento antes de la pandemia, y el encarcelamiento de vigilancia «en la comunidad» ya estaba en auge. Pero en el futuro, bajo una construcción apresurada, todas estas tendencias están preparadas para una aceleración de velocidad warp (forma teórica de moverse más rápido que la velocidad de la luz).

Este es un futuro en el que, para los privilegiados, casi todo se entrega a domicilio, ya sea virtualmente a través de la tecnología de transmisión y en la nube, o físicamente a través de un vehículo sin conductor o un avión no tripulado, y luego la pantalla «compartida» en una plataforma mediada. Es un futuro que emplea muchos menos maestros, médicos y conductores. No acepta efectivo ni tarjetas de crédito (bajo el pretexto del control de virus) y tiene transporte público esquelético y mucho menos arte en vivo. Es un futuro que afirma estar basado en la «inteligencia artificial», pero en realidad se mantiene unido por decenas de millones de trabajadores anónimos escondidos en almacenes, centros de datos, fábricas de moderación de contenidos, talleres electrónicos, minas de litio, granjas industriales, plantas de procesamiento de carne, y las cárceles, donde quedan sin protección contra la enfermedad y la hiperexplotación. Es un futuro en el que cada uno de nuestros movimientos, nuestras palabras, nuestras relaciones pueden rastrearse y extraer datos mediante acuerdos sin precedentes entre el gobierno y los gigantes tecnológicos.

Si todo esto suena familiar es porque, antes del Covid, este preciso futuro impulsado por aplicaciones y lleno de conciertos nos fue vendido en nombre de la conveniencia, la falta de fricción y la personalización. Pero muchos de nosotros teníamos preocupaciones. Sobre la seguridad, la calidad y la inequidad de la telesalud y las aulas en línea. Sobre autos sin conductor que derriban peatones y aviones no tripulados que destrozan paquetes (y personas). Sobre el rastreo de ubicación y el comercio sin efectivo que borra nuestra privacidad y afianza la discriminación racial y de género. Sobre plataformas de redes sociales sin escrúpulos que envenenan nuestra ecología de la información y la salud mental de nuestros hijos. Sobre «ciudades inteligentes» llenas de sensores que suplantan al gobierno local. Sobre los buenos trabajos que estas tecnologías eliminaron. Sobre los malos trabajos que producían en masa.

Y, sobre todo, nos preocupaba la riqueza y el poder que amenazaban a la democracia acumulados por un puñado de empresas tecnológicas que son maestros de la abdicación, evitando toda responsabilidad por los restos que quedan en los campos que ahora dominan, ya sean medios, minoristas o transporte.

 Ese era el pasado antiguo conocido como «febrero». Hoy en día, una gran ola de pánico arrastra a muchas de esas preocupaciones bien fundadas, y esta distopía calentada está pasando por un cambio de marca de trabajo urgente. Ahora, en un contexto desgarrador de muerte masiva, se nos vende la dudosa promesa de que estas tecnologías son la única forma posible de proteger nuestras vidas contra una pandemia, las claves indispensables para mantenernos a salvo a nosotros mismos y a nuestros seres queridos.

Gracias a Cuomo y sus diversas asociaciones multimillonarias (incluida una con Michael Bloomberg para pruebas y rastreo), el estado de Nueva York se está posicionando como la brillante sala de exposición para este sombrío futuro, pero las ambiciones van mucho más allá de las fronteras de cualquier estado o país.

Y en el centro de todo está Eric Schmidt. Mucho antes de que los estadounidenses entendieran la amenaza de Covid-19, Schmidt había estado en una agresiva campaña de lobby, presiones y relaciones públicas impulsando precisamente la visión de la sociedad del Black Mirror (o Espeo Negro, por la serie inglesa) que Cuomo acaba de darle poder para construir. En el corazón de esta visión está la perfecta integración del gobierno con un puñado de gigantes de Silicon Valley: con escuelas públicas, hospitales, consultorios médicos, policías y militares, todas las funciones principales se externalizan (a un alto costo) a empresas privadas de tecnología.

Es una visión en la que Schmidt ha estado avanzando en sus funciones como presidente de la Junta de Innovación de Defensa, que asesora al Departamento de Defensa sobre el mayor uso de la inteligencia artificial en el ejército, y como presidente de la poderosa Comisión de Seguridad Nacional sobre Inteligencia Artificial, o NSCAI, que asesora al Congreso sobre «avances en inteligencia artificial, desarrollos relacionados con el aprendizaje automático y tecnologías asociadas», con el objetivo de abordar «las necesidades de seguridad nacional y económica de los Estados Unidos, incluido el riesgo económico». Ambas juntas están llenas de poderosos CEOS de Silicon Valley y altos ejecutivos de compañías como Oracle, Amazon, Microsoft, Facebook y, por supuesto, los colegas de Schmidt en Google.

Como presidente, Schmidt aún posee más de 5.3 mil millones de dólares en acciones de Alphabet (la compañía matriz de Google), así como grandes inversiones en otras empresas tecnológicas, esencialmente ha estado llevando a cabo una reestructuración con sede en Washington en nombre de Silicon Valley. El objetivo principal de las dos cámaras empresarias es solicitar aumentos exponenciales en el gasto del gobierno en investigación sobre inteligencia artificial y en infraestructura que permita tecnologías como la 5G, inversiones que beneficiarían directamente a las compañías en las que Schmidt y otros miembros de estos grupos tienen amplias participaciones.

Primero en presentaciones a puertas cerradas para legisladores y más tarde en artículos de opinión y entrevistas públicas, el argumento de Schmidt ha sido que, dado que el gobierno chino está dispuesto a gastar dinero público ilimitado para construir la infraestructura de vigilancia de alta tecnología, mientras permite a las empresas tecnológicas chinas como Alibaba, Baidu y Huawei obtener los beneficios de las aplicaciones comerciales, la posición dominante de los EE.UU en la economía global está al borde del colapso.

El Centro de Información de Privacidad Electrónica recientemente obtuvo acceso a través de una solicitud de la Ley de Libertad de Información a una presentación realizada por el NSCAI de Schmidt hace un año, en mayo de 2019. Sus diapositivas plantean una serie de afirmaciones alarmistas sobre cómo la infraestructura reguladora relativamente laxade China y su apetito sin fondo por la vigilancia está haciendo que se adelante a los EE.UU. en varios campos, incluyendo la inteligencia artificiaal para diagnóstico médico, vehículos autónomos, infraestructura digital, ciudades inteligentes, viajes compartidos y comercio sin efectivo.

Las razones dadas para la ventaja competitiva de China son innumerables, desde el gran volumen de consumidores que compran en línea; «La falta de sistemas bancarios heredados en China», lo que le ha permitido saltar sobre efectivo y tarjetas de crédito y desatar «un enorme mercado de comercio electrónico y servicios digitales» utilizando «pagos digitales»; y una grave escasez de médicos, lo que ha llevado al gobierno a trabajar estrechamente con compañías tecnológicas como Tencent para usar la AI (inteligencia artificial) como medicina «predictiva». Las diapositivas señalan que en China, las compañías tecnológicas «tienen la autoridad de eliminar rápidamente las barreras regulatorias, mientras que las iniciativas estadounidenses se ven envueltas en el cumplimiento de HIPPA y la aprobación de la FDA»

Sin embargo, más que ningún otro factor, el NSCAI señala la voluntad de China de adoptar alianzas público-privadas en la vigilancia masiva y la recopilación de datos como una razón para su ventaja competitiva. La presentación promociona el «apoyo y participación explícita del gobierno de China, por ejemplo, en el despliegue del reconocimiento facial». Sostiene que «la vigilancia es uno de los ‘primeros y mejores clientes’ para Al» y, además, que «la vigilancia masiva es una aplicación asesina para el aprendizaje profundo».

Una diapositiva titulada «Conjuntos de datos estatales: vigilancia = ciudades inteligentes» señala que China, junto con el principal competidor chino de Google, Alibaba, están corriendo por delante.

Esto es notable porque la empresa matriz de Google, Alphabet, ha estado impulsando precisamente esta visión a través de su división Sidewalk Labs, eligiendo una gran parte de la costa de Toronto como su prototipo de «ciudad inteligente». Pero el proyecto de Toronto se cerró después de dos años de controversia incesante relacionada con las enormes cantidades de datos personales que Alphabet recolectaría, la falta de protecciones de privacidad y los beneficios cuestionables para la ciudad en general.

Cinco meses después de esta presentación, en noviembre, el NSCAI emitió un informe provisional al Congreso que suscitó la alarma sobre la necesidad de que EE.UU actúe frente a la adaptación China de estas tecnologías controvertidas. «Estamos en una competencia estratégica», afirma el informe , obtenido a través de FOIA por el Centro de Información Electrónica de Privacidad. “La inteligencia artificial estará en el centro. El futuro de nuestra seguridad y economía nacional está en juego ”.

A fines de febrero, Schmidt estaba llevando su campaña al público, tal vez entendiendo que el aumento de presupuesto que su junta directiva estaba pidiendo no podría aprobarse sin una mayor aceptación. En un artículo de opinión del New York Times titulado “Silicon Valley podría perder frente a China», Schmidt pidió «asociaciones sin precedentes entre el gobierno y la industria» y, una vez más, haciendo sonar la alarma de peligro amarilla:

AI (inteligencia artificial) abrirá nuevas fronteras en todo, desde biotecnología hasta banca, y también es una prioridad del Departamento de Defensa. … Si las tendencias actuales continúan, se espera que las inversiones generales de China en investigación y desarrollo superen a las de Estados Unidos dentro de 10 años, aproximadamente al mismo tiempo que se proyecta que su economía sea más grande que la nuestra .

A menos que estas tendencias cambien, en la década de 2030 competiremos con un país que tiene una economía más grande, más inversiones en investigación y desarrollo, mejor investigación, un mayor despliegue de nuevas tecnologías y una infraestructura informática más sólida. … En última instancia, los chinos están compitiendo para convertirse en los principales innovadores del mundo, y Estados Unidos no está jugando para ganar.

La única solución, para Schmidt, era un chorro de dinero público. Elogiando a la Casa Blanca por solicitar una duplicación de la financiación de la investigación en inteligencia artificial y ciencia de la información cuántica, escribió: “Deberíamos planear duplicar la financiación en esos campos nuevamente a medida que creamos capacidad institucional en laboratorios y centros de investigación. … Al mismo tiempo, el Congreso debe cumplir con la solicitud del presidente para obtener el nivel más alto de financiamiento de I + D de defensa en más de 70 años , y el Departamento de Defensa debe capitalizar ese aumento de recursos para desarrollar capacidades innovadoras en inteligencia artificial, cuántica, hipersónica y otras prioritarias áreas tecnológicas «.

Eso fue exactamente dos semanas antes de que el brote de coronavirus se declarara una pandemia, y no se mencionó que el objetivo de esta vasta expansión de alta tecnología era proteger la salud de los estadounidenses. Solo que era necesario evitar ser superado por China. Pero, por supuesto, eso pronto cambiaría.

En los dos meses transcurridos desde entonces, Schmidt ha sometido estas demandas preexistentes, para gastos públicos masivos en investigación e infraestructura de alta tecnología, para una serie de «asociaciones público-privadas» en inteligencia artificial y para el aflojamiento de innumerables protecciones de privacidad y seguridad, a través de un ejercicio agresivo de reposicionamiento discursivo. Ahora, todas estas medidas (y más) se están vendiendo al público como nuestra única esperanza posible de protegernos de un nuevo virus que nos acompañará en los próximos años.

Y las compañías tecnológicas con las que Schmidt tiene vínculos profundos, y que pueblan las influyentes juntas asesoras que preside, se han reposicionado como protectores benevolentes de la salud pública y generosos campeones de los «héroes cotidianos» de los trabajos esenciales (muchos de los cuales perderían sus empleos si estas compañías se salieran con la suya). Menos de dos semanas después del cierre del estado de Nueva York, Schmidt escribió un artículo de opinión para el Wall Street Journal que estableció el nuevo tono y dejó en claro que Silicon Valley tiene toda la intención de aprovechar la crisis para una transformación permanente.

Al igual que otros estadounidenses, los tecnólogos están tratando de hacer su parte para apoyar primera línea de respuesta a la pandemia. …

Pero cada estadounidense debería preguntarse dónde queremos que esté la nación cuando termine la pandemia de Covid-19. ¿Cómo podrían las tecnologías emergentes desplegadas en la crisis actual impulsarnos hacia un futuro mejor? … Empresas como Amazon saben cómo suministrar y distribuir de manera eficiente. Tendrán que proporcionar servicios y asesoramiento a los funcionarios del gobierno que carecen de los sistemas informáticos y de la experiencia.

También deberíamos acelerar la tendencia hacia el aprendizaje remoto, que se está probando hoy como nunca antes. On line, no existe un requisito de proximidad, lo que permite a los estudiantes obtener instrucción de los mejores maestros, sin importar en qué distrito escolar residan …

La necesidad de una experimentación rápida a gran escala también acelerará la revolución biotecnológica. … Finalmente, el país está atrasado hace tiempo en infraestructura digital real … Si queremos construir una economía futura y un sistema educativo basado en tele-todo, necesitamos una población totalmente conectada y una infraestructura ultrarrápida. El gobierno debe hacer una inversión masiva, tal vez como parte de un paquete de estímulo, para convertir la infraestructura digital de la nación en plataformas basadas en la nube y vincularlas con una red 5G.

De hecho, Schmidt ha sido implacable en la búsqueda de esta visión. Dos semanas después de la aparición de ese artículo de opinión, describió la programación ad hoc de educación en el hogar que los maestros y las familias de todo el país se vieron obligados a improvisar durante esta emergencia de salud pública como «un experimento masivo en el aprendizaje remoto». El objetivo de este experimento, dijo, era «tratar de descubrir: ¿cómo aprenden los niños de forma remota? Y con esos datos deberíamos ser capaces de construir mejores herramientas de aprendizaje a distancia que, cuando se combinan con el maestro … ayudarán a los niños a aprender mejor ” Durante esta misma videollamada, organizada por el Club Económico de Nueva York, Schmidt también pidió más telesalud, más 5G, más comercio digital y el resto de la lista de deseos preexistente. Todo en nombre de la lucha contra el virus.

Sin embargo, su comentario más revelador fue el siguiente: “El beneficio de estas corporaciones, que amamos difamar, en términos de la capacidad de comunicarse, la capacidad de lidiar con la salud, la capacidad de obtener información, es profundo. Piensa en cómo sería tu vida en Estados Unidos sin Amazon «. Agregó que la gente debería «estar un poco agradecida de que estas compañías obtuvieron el capital, hicieron la inversión, construyeron las herramientas que estamos usando ahora y realmente nos han ayudado».

Es un recordatorio sobre que, hasta hace muy poco, el rechazo público contra estas corporaciones estaba creciendo. Los candidatos presidenciales discutían abiertamente la caída de la gran tecnología. Amazon se vio obligado a abandonar sus planes para una sede en Nueva York debido a la feroz oposición local. El proyecto Sidewalk Labs de Google estaba en una crisis perenne, y los propios trabajadores de Google se negaban a construir tecnología de vigilancia con aplicaciones militares.

En resumen, la democracia se estaba convirtiendo en el mayor obstáculo para la visión que Schmidt estaba promoviendo, primero desde su posición en la cima de Google y Alphabet y luego como presidente de dos poderosas juntas asesorando al Congreso y al Departamento de Defensa. Como revelan los documentos de NSCAI, este inconveniente ejercicio del poder por parte del público y los trabajadores tecnológicos dentro de estas megaempresas, desde la perspectiva de hombres como Schmidt y el CEO de Amazon, Jeff Bezos, desaceleró enloquecedoramente la carrera armamentista de la inteligencia artificial, manteniendo flotas de automóviles y camiones sin conductor potencialmente mortales fuera de las carreteras, evitando que los registros de salud privados se conviertan en un arma utilizada por los empleadores contra los trabajadores, evitando que los espacios urbanos se cubran con software de reconocimiento facial, y mucho más.

Ahora, en medio de la carnicería de esta pandemia en curso, y el miedo y la incertidumbre sobre el futuro que ha traído, estas corporaciones ven claramente su momento para barrer todo ese compromiso democrático. Para tener así el mismo tipo de poder que sus competidores chinos, que ostentan el lujo de funcionar sin verse obstaculizados por intrusiones de derechos laborales o civiles.

Todo esto se está moviendo muy rápido. El gobierno australiano ha contratado a Amazon para almacenar los datos de su controvertida aplicación de seguimiento de coronavirus. El gobierno canadiense ha contratado a Amazon para entregar equipos médicos, generando preguntas sobre por qué omitió el servicio postal público. Y en solo unos pocos días a principios de mayo, Alphabet ha puesto en marcha una nueva iniciativa de Sidewalk Labs para rehacer la infraestructura urbana con $ 400 millones en capital semilla. Josh Marcuse, director ejecutivo de la Junta de Innovación en Defensa que preside Schmidt, anunció que dejaría ese trabajo para trabajar a tiempo completo en Google como jefe de estrategia e innovación para el sector público mundial, lo que significa que ayudará a Google a sacar provecho de algunas de las muchas oportunidades que él y Schmidt han estado creando con su lobby.

Para ser claros, la tecnología es sin duda una parte clave de cómo debemos proteger la salud pública en los próximos meses y años. La pregunta es: ¿estará la tecnología sujeta a las disciplinas de la democracia y la supervisión pública, o se implementará en un frenesí de estado de excepción, sin hacer preguntas críticas, dando forma a nuestras vidas en las próximas décadas? Preguntas como, por ejemplo: si realmente estamos viendo cuán crítica es la conectividad digital en tiempos de crisis, ¿deberían estas redes y nuestros datos estar realmente en manos de jugadores privados como Google, Amazon y Apple? Si los fondos públicos están pagando gran parte de eso, ¿el público no debería también poseerlo y controlarlo? Si Internet es esencial para muchas cosas en nuestras vidas, como lo es claramente, ¿no debería tratarse como una utilidad pública sin fines de lucro?

Y aunque no hay duda de que la capacidad de teleconferencia ha sido un salvavidas en este período de bloqueo, hay serios debates sobre si nuestras protecciones más duraderas son claramente más humanas. Tomemos la educación. Schmidt tiene razón en que las aulas superpobladas presentan un riesgo para la salud, al menos hasta que tengamos una vacuna. Entonces, ¿no se podría contratar el doble de maestros y reducir el tamaño de los cursos a la mitad? ¿Qué tal asegurarse de que cada escuela tenga una enfermera?

Eso crearía empleos muy necesarios en una crisis de desempleo a nivel de depresión y les daría mayor margen a todos en el ambiente educativo. Si los edificios están demasiado llenos, ¿qué tal dividir el día en turnos y tener más educación al aire libre, aprovechando la abundante investigación que muestra que el tiempo en la naturaleza mejora la capacidad de los niños para aprender?

Introducir ese tipo de cambios sería difícil, sin duda. Pero no son tan arriesgados como renunciar a la tecnología probada y verdadera de humanos entrenados que enseñan a los humanos más jóvenes cara a cara, en grupos donde aprenden a socializar entre ellos.

Al enterarse de la nueva asociación del estado de Nueva York con la Fundación Gates, Andy Pallotta, presidente de United Teachers del Estado de Nueva York, reaccionó rápidamente: “Si queremos reimaginar la educación, comencemos por abordar la necesidad de trabajadores sociales, consejeros de salud mental , enfermeras escolares, cursos de artes enriquecedores, cursos avanzados y clases más pequeñas en distritos escolares de todo el estado «, dijo. Una coalición de grupos de padres también señaló que si realmente habían estado viviendo un «experimento de aprendizaje remoto» (como lo expresó Schmidt), los resultados fueron profundamente preocupantes: «Dado que las escuelas cerraron a mediados de marzo, nuestro la comprensión de las profundas deficiencias de la instrucción basada en pantalla solo ha crecido «.

Además de los obvios sesgos de clase y raza contra los niños que carecen de acceso a Internet y computadoras en el hogar (problema que las compañías tecnológicas están ansiosas por cobrar, mediante grandes ventas tecnológicas), hay grandes preguntas sobre si la enseñanza remota puede servir a muchos niños con discapacidades, como lo exige la ley . Y no existe una solución tecnológica para el problema de aprender en un entorno hogareño superpoblado y / o abusivo.

El problema no es si las escuelas deben cambiar ante un virus altamente contagioso para el cual no tenemos cura ni vacuna. Al igual que todas las instituciones donde los humanos actúan en grupos, las escuelas cambiarán. El problema, como siempre en estos momentos de conmoción colectiva, es la ausencia de debate público sobre cómo deberían ser esos cambios y a quién deberían beneficiar. ¿Empresas tecnológicas privadas o estudiantes?

Las mismas preguntas deben hacerse sobre la salud. Evitar los consultorios médicos y los hospitales durante una pandemia tiene sentido. Pero la telesalud pierde en gran medida frente a la atención persona a pesona. Por lo tanto, debemos tener un debate basado en la evidencia sobre los pros y los contras de gastar recursos públicos escasos en telesalud, en comparación con enfermeras más capacitadas, equipadas con todo el equipo de protección necesario, que pueden hacer visitas a domicilio para diagnosticar y tratar pacientes en sus hogares. Y quizás lo más urgente es que necesitamos lograr el equilibrio correcto entre las aplicaciones de seguimiento del virus, que con las protecciones de privacidad adecuadas tienen un papel que desempeñar, y los llamados a un Cuerpo de Salud Comunitario que pondría a millones de estadounidenses a trabajar no solo haciendo seguimiento de contactos sino asegurándose de que todos tengan los recursos materiales y el apoyo que necesitan para estar en cuarentena de manera segura.

En cada caso, enfrentamos decisiones reales y difíciles entre invertir en humanos e invertir en tecnología. Porque la verdad brutal es que, tal como están las cosas, es muy poco probable que hagamos ambas cosas. La negativa a transferir los recursos necesarios a los estados y ciudades en sucesivos rescates federales significa que la crisis de salud del coronavirus ahora se está convirtiendo en una crisis de austeridad fabricada. Las escuelas públicas, universidades, hospitales y tránsito se enfrentan a preguntas existenciales sobre su futuro. Si las compañías tecnológicas ganan su feroz campaña de presiones y lobby para el aprendizaje remoto, telesalud, 5G y vehículos sin conductor, su Screen New Deal, simplemente no quedará dinero para prioridades públicas urgentes, sin importar el Green New Deal (el Nuevo Pacto Verde) que nuestro planeta necesita con urgencia.

Por el contrario: el precio de todos los brillantes dispositivos será el despido masivo de maestros y el cierre de hospitales.

La tecnología nos proporciona herramientas poderosas, pero no todas las soluciones son tecnológicas. Y el problema de externalizar decisiones clave sobre cómo «reimaginar» nuestros estados y ciudades a hombres como Bill Gates y Eric Schmidt es que se han pasado la vida demostrando la creencia de que no hay problema que la tecnología no pueda solucionar.

Para ellos, y para muchos otros en Silicon Valley, la pandemia es una oportunidad de oro para recibir no solo la gratitud, sino también la deferencia y el poder que sienten que se les ha negado injustamente. Y Andrew Cuomo, al poner al ex presidente de Google a cargo del cuerpo que dará forma a la reapertura del estado, parece haberle dado algo cercano al reinado libre.

Naomi Klein
The Intercept
Mayo 8 de 2020
Traducido y Publicado por lavaca
Mayo 13 de 2020

Screen New Deal

Under cover of Mass Death,
Andrew Cuomo calls in the billionares
To build a High Tech Dystopia

From The Intercept
May 8, 2020

FOR A FEW fleeting moments during New York Gov. Andrew Cuomo’s daily coronavirus briefing on Wednesday, the somber grimace that has filled our screens for weeks was briefly replaced by something resembling a smile.

“We are ready, we’re all-in,” the governor gushed. “We are New Yorkers, so we’re aggressive about it, we’re ambitious about it. … We realize that change is not only imminent, but it can actually be a friend if done the right way.”

The inspiration for these uncharacteristically good vibes was a video visit from former Google CEO Eric Schmidt, who joined the governor’s briefing to announce that he will be heading up a blue-ribbon commission to reimagine New York state’s post-Covid reality, with an emphasis on permanently integrating technology into every aspect of civic life.

“The first priorities of what we’re trying to do,” Schmidt said, “are focused on telehealth, remote learning, and broadband. … We need to look for solutions that can be presented now, and accelerated, and use technology to make things better.” Lest there be any doubt that the former Google chair’s goals were purely benevolent, his video background featured a framed pair of golden angel wings.

Just one day earlier, Cuomo had announced a similar partnership with the Bill and Melinda Gates Foundation to develop “a smarter education system.” Calling Gates a “visionary,” Cuomo said the pandemic has created “a moment in history when we can actually incorporate and advance [Gates’s] ideas … all these buildings, all these physical classrooms — why with all the technology you have?” he asked, apparently rhetorically.

It has taken some time to gel, but something resembling a coherent Pandemic Shock Doctrine is beginning to emerge. Call it the “Screen New Deal.” Far more high-tech than anything we have seen during previous disasters, the future that is being rushed into being as the bodies still pile up treats our past weeks of physical isolation not as a painful necessity to save lives, but as a living laboratory for a permanent — and highly profitable — no-touch future.Join Our NewsletterOriginal reporting. Fearless journalism. Delivered to you.I’m in

Anuja Sonalker, CEO of Steer Tech, a Maryland-based company selling self-parking technology, recently summed up the new virus-personalized pitch. “There has been a distinct warming up to human-less, contactless technology,” she said. “Humans are biohazards, machines are not.”

It’s a future in which our homes are never again exclusively personal spaces but are also, via high-speed digital connectivity, our schools, our doctor’s offices, our gyms, and, if determined by the state, our jails. Of course, for many of us, those same homes were already turning into our never-off workplaces and our primary entertainment venues before the pandemic, and surveillance incarceration “in the community” was already booming. But in the future under hasty construction, all of these trends are poised for a warp-speed acceleration.

This is a future in which, for the privileged, almost everything is home delivered, either virtually via streaming and cloud technology, or physically via driverless vehicle or drone, then screen “shared” on a mediated platform. It’s a future that employs far fewer teachers, doctors, and drivers. It accepts no cash or credit cards (under guise of virus control) and has skeletal mass transit and far less live art. It’s a future that claims to be run on “artificial intelligence” but is actually held together by tens of millions of anonymous workers tucked away in warehouses, data centers, content moderation mills, electronic sweatshops, lithium mines, industrial farms, meat-processing plants, and prisons, where they are left unprotected from disease and hyperexploitation. It’s a future in which our every move, our every word, our every relationship is trackable, traceable, and data-mineable by unprecedented collaborations between government and tech giants.RelatedHow New York Gov. Andrew Cuomo Is Using the Pandemic to Consolidate Power

If all of this sounds familiar it’s because, pre-Covid, this precise app-driven, gig-fueled future was being sold to us in the name of convenience, frictionlessness, and personalization. But many of us had concerns. About the security, quality, and inequity of telehealth and online classrooms. About driverless cars mowing down pedestrians and drones smashing packages(and people). About location tracking and cash-free commerce obliterating our privacy and entrenching racial and gender discrimination. About unscrupulous social media platforms poisoning our information ecology and our kids’ mental health. About “smart cities” filled with sensors supplanting local government. About the good jobs these technologies wiped out. About the bad jobs they mass produced.

And most of all, we had concerns about the democracy-threatening wealth and power accumulated by a handful of tech companies that are masters of abdication — eschewing all responsibility for the wreckage left behind in the fields they now dominate, whether media, retail, or transportation.

That was the ancient past known as February. Today, a great many of those well-founded concerns are being swept away by a tidal wave of panic, and this warmed-over dystopia is going through a rush-job rebranding. Now, against a harrowing backdrop of mass death, it is being sold to us on the dubious promise that these technologies are the only possible way to pandemic-proof our lives, the indispensable keys to keeping ourselves and our loved ones safe.It’s a future in which our homes are never again exclusively personal spaces but are also, via high-speed digital connectivity, our schools, our doctor’s offices, our gyms, and, if determined by the state, our jails.

Thanks to Cuomo and his various billionaire partnerships (including onewith Michael Bloomberg for testing and tracing), New York state is being positioned as the gleaming showroom for this grim future — but the ambitions reach far beyond the borders of any one state or country.

And at the dead center of it all is Eric Schmidt. Well before Americans understood the threat of Covid-19, Schmidt had been on an aggressive lobbying and public relations campaign pushing precisely the “Black Mirror” vision of society that Cuomo has just empowered him to build. At the heart of this vision is seamless integration of government with a handful of Silicon Valley giants — with public schools, hospitals, doctor’s offices, police, and military all outsourcing (at a high cost) many of their core functions to private tech companies.

It’s a vision Schmidt has been advancing in his roles as chair of the Defense Innovation Board, which advises the Department of Defense on increased use of artificial intelligence in the military, and as chair of the powerful National Security Commission on Artificial Intelligence, or NSCAI, which advises Congress on “advances in artificial intelligence, related machine learning developments, and associated technologies,” with the goal of addressing “the national and economic security needs of the United States, including economic risk.” Both boards are crowded with powerful Silicon Valley CEOS and top executives from companies including Oracle, Amazon, Microsoft, Facebook, and of course, Schmidt’s colleagues at Google.

WASHINGTON, DC - NOVEMBER 05:  Executive Chairman of Alphabet Inc., Google's parent company, Eric Schmidt speaks during a National Security Commission on Artificial Intelligence (NSCAI) conference November 5, 2019 in Washington, DC. The commission held a conference on "Strength Through Innovation: The Future of A.I. and U.S. National Security."  (Photo by Alex Wong/Getty Images)

Eric Schmidt, executive chair of Alphabet Inc., Google’s parent company, speaks during a National Security Commission on Artificial Intelligence conference on Nov. 5, 2019 in Washington, D.C.

Photo: Alex Wong/Getty Images

AS CHAIR, SCHMIDT, who still holds more than $5.3 billion in shares of Alphabet (Google’s parent company), as well as large investments in other tech firms, has essentially been running a Washington-based shakedown on behalf of Silicon Valley. The main purpose of the two boards is to call for exponential increases in government spending on research into artificial intelligence and on tech-enabling infrastructure like 5G — investments that would directly benefit the companies in which Schmidt and other members of these boards have extensive holdings.

First in closed-door presentations to lawmakers and later in public-facing op-eds and interviews, the thrust of Schmidt’s argument has been that since the Chinese government is willing to spend limitless public money building the infrastructure of high-tech surveillance, while allowing Chinese tech companies like Alibaba, Baidu, and Huawei to pocket the profits from commercial applications, the U.S.’s dominant position in the global economy is on the precipice of collapsing.

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The Electronic Privacy Information Center recently got access through a Freedom of Information Act request to a presentation made by Schmidt’s NSCAI one year ago, in May 2019. Its slides make a series of alarmist claims about how China’s relatively lax regulatory infrastructure and its bottomless appetite for surveillance are causing it to pull ahead of the U.S. in a number of fields, including “AI for medical diagnosis,” autonomous vehicles, digital infrastructure, “smart cities,” ride-sharing, and cashless commerce.

The reasons given for China’s competitive edge are myriad, ranging from the sheer volume of consumers who shop online; “the lack of legacy banking systems in China,” which has allowed it to leapfrog over cash and credit cards and unleash “a huge e-commerce and digital services market” using “digital payments”; and a severe doctor shortage, which has led the government to work closely with tech companies like Tencent to use AI for “predictive” medicine. The slides note that in China, tech companies “have the authority to quickly clear regulatory barriers while American initiatives are mired in HIPPA compliance and FDA approval.”

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Image: NSCAI

More than any other factor, however, the NSCAI points to China’s willingness to embrace public-private partnerships in mass surveillance and data collection as a reason for its competitive edge. The presentation touts China’s “Explicit government support and involvement e.g. facial recognition deployment.” It argues that “surveillance is one of the ‘first-and-best customers’ for Al” and further, that “mass surveillance is a killer application for deep learning.”

A slide titled “State Datasets: Surveillance = Smart Cities” notes that China, along with Google’s main Chinese competitor, Alibaba, are racing ahead.

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Image: NSCAI

This is notable because Google’s parent company Alphabet has been pushing this precise vision through its Sidewalk Labs division, choosing a large portion of Toronto’s waterfront as its “smart city” prototype. But the Toronto project was just shut down after two years of ceaseless controversy relating to the enormous amounts of personal data that Alphabet would collect, a lack of privacy protections, and questionable benefits for the city as a whole.

Five months after this presentation, in November, NSCAI issued an interim report to Congress further raising the alarm about the need for the U.S. to match China’s adaptation of these controversial technologies. “We are in a strategic competition,” states the report, obtained via FOIA by the Electronic Privacy Information Center. “AI will be at the center. The future of our national security and economy are at stake.”

By late February, Schmidt was taking his campaign to the public, perhaps understanding that the budget increases his board was calling for could not be approved without a great deal more buy-in. In a New York Times op-ed headlined “I used to Run Google. Silicon Valley Could Lose to China,” Schmidt called for “unprecedented partnerships between government and industry” and, once again, sounding the yellow peril alarm:

A.I. will open new frontiers in everything from biotechnology to banking, and it is also a Defense Department priority. … If current trends continue, China’s overall investments in research and development are expected to surpass those of the United States within 10 years, around the same time its economy is projected to become larger than ours.

Unless these trends change, in the 2030s we will be competing with a country that has a bigger economy, more research and development investments, better research, wider deployment of new technologies and stronger computing infrastructure. … Ultimately, the Chinese are competing to become the world’s leading innovators, and the United States is not playing to win.

The only solution, for Schmidt, was a gusher of public money. Praising the White House for requesting a doubling of research funding in AI and quantum information science, he wrote: “We should plan to double funding in those fields again as we build institutional capacity in labs and research centers. … At the same time, Congress should meet the president’s request for the highest level of defense R & D funding in over 70 years, and the Defense Department should capitalize on that resource surge to build breakthrough capabilities in A.I., quantum, hypersonics and other priority technology areas.”

That was exactly two weeks before the coronavirus outbreak was declared a pandemic, and there was no mention that a goal of this vast, high-tech expansion was to protect American health. Only that it was necessary to avoid being outcompeted by China. But, of course, that would soon change.

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In the two months since, Schmidt has put these preexisting demands — for massive public expenditures on high-tech research and infrastructure, for a slew of “public-private partnerships” in AI, and for the loosening of myriad privacy and safety protections — through an aggressive rebranding exercise. Now all of these measures (and more) are being sold to the public as our only possible hope of protecting ourselves from a novel virus that will be with us for years to come.

And the tech companies to which Schmidt has deep ties, and which populate the influential advisory boards he chairs, have all repositioned themselves as benevolent protectors of public health and munificent champions of “everyday hero” essential workers (many of whom, like delivery drivers, would lose their jobs if these companies get their way). Less than two weeks into New York state’s lockdown, Schmidt wrote an op-ed for the Wall Street Journal that both set the new tone and made clear that Silicon Valley had every intention of leveraging the crisis for a permanent transformation.

Like other Americans, technologists are trying to do their part to support the front-line pandemic response. …

But every American should be asking where we want the nation to be when the Covid-19 pandemic is over. How could the emerging technologies being deployed in the current crisis propel us into a better future? … Companies like Amazon know how to supply and distribute efficiently. They will need to provide services and advice to government officials who lack the computing systems and expertise.

We should also accelerate the trend toward remote learning, which is being tested today as never before. Online, there is no requirement of proximity, which allows students to get instruction from the best teachers, no matter what school district they reside in. …

The need for fast, large-scale experimentation will also accelerate the biotech revolution. … Finally, the country is long overdue for a real digital infrastructure…. If we are to build a future economy and education system based on tele-everything, we need a fully connected population and ultrafast infrastructure. The government must make a massive investment—perhaps as part of a stimulus package—to convert the nation’s digital infrastructure to cloud-based platforms and link them with a 5G network.

Indeed Schmidt has been relentless in pursuing this vision. Two weeks after that op-ed appeared, he described the ad-hoc homeschooling programing that teachers and families across the country had been forced to cobble together during this public health emergency as “a massive experiment in remote learning.” The goal of this experiment, he said, was “trying to find out: How do kids learn remotely? And with that data we should be able to build better remote and distance learning tools which, when combined with the teacher … will help kids learn better.” During this same video call, hosted by the Economic Club of New York, Schmidt also called for more telehealth, more 5G, more digital commerce, and the rest of the preexisting wish list. All in the name of fighting the virus.

His most telling comment, however, was this: “The benefit of these corporations, which we love to malign, in terms of the ability to communicate, the ability to deal with health, the ability to get information, is profound. Think about what your life would be like in America without Amazon.” He added that people should “be a little bit grateful that these companies got the capital, did the investment, built the tools that we’re using now, and have really helped us out.”

WASHINGTON, DC - NOVEMBER 05:  Executive Chairman of Alphabet Inc., Google's parent company, Eric Schmidt speaks during a National Security Commission on Artificial Intelligence (NSCAI) conference November 5, 2019 in Washington, DC. The commission held a conference on "Strength Through Innovation: The Future of A.I. and U.S. National Security."  (Photo by Alex Wong/Getty Images)

Associate professor Carol Dysinger, right, of New York University’s Tisch School of the Arts conducts her weekly remote-learning class for the graduate school filmmaking students on April 9, 2020 at her apartment in Brooklyn, N.Y.

Photo: Robert Nickelsberg/Getty Images

IT’S A REMINDER that, until very recently, public pushback against these companies was surging. Presidential candidates were openly discussing breaking up big tech. Amazon was forced to pull its plans for a New York headquarters because of fierce local opposition. Google’s Sidewalk Labs project was in perennial crisis, and Google’s own workers were refusingto build surveillance tech with military applications.

In short, democracy — inconvenient public engagement in the designing of critical institutions and public spaces — was turning out to be the single greatest obstacle to the vision Schmidt was advancing, first from his perch at the top of Google and Alphabet and then as chair of two powerful boards advising Congress and Department of Defense. As the NSCAI documents reveal, this inconvenient exercise of power by members of the public and by tech workers inside these mega-firms, has, from the perspective of men like Schmidt and Amazon CEO Jeff Bezos, maddeningly slowed down the AI arms race, keeping fleets of potentially deadly driverless cars and trucks off the roads, protecting private health records from becoming a weapon used by employers against workers, preventing urban spaces from being blanketing with facial recognition software, and much more.

Now, in the midst of the carnage of this ongoing pandemic, and the fear and uncertainty about the future it has brought, these companies clearly see their moment to sweep out all that democratic engagement. To have the same kind of power as their Chinese competitors, who have the luxury of functioning without being hampered by intrusions of either labor or civil rights.

All of this is moving very fast. The Australian government has contractedwith Amazon to store the data for its controversial coronavirus tracking app. The Canadian government has contracted with Amazon to deliver medical equipment, raising questions about why it bypassed the public postal service. And in just a few short days in early May, Alphabet has spun up a new Sidewalk Labs initiative to remake urban infrastructure with $400 million in seed capital. Josh Marcuse, executive director of the Defense Innovation Board that Schmidt chairs, announced that he was leaving that job to work full-time at Google as head of strategy and innovation for global public sector, meaning that he will be helping Google to cash in on some of the many opportunities he and Schmidt have been busily creating with their lobbying.Democracy — inconvenient public engagement in the designing of critical institutions and public spaces — has been the single greatest obstacle to the vision Schmidt has been advancing.

To be clear, technology is most certainly a key part of how we must protect public health in the coming months and years. The question is: Will that technology be subject to the disciplines of democracy and public oversight, or will it be rolled out in state-of-exception frenzy, without asking critical questions that will shape our lives for decades to come? Questions like, for instance: If we are indeed seeing how critical digital connectivity is in times of crisis, should these networks, and our data, really be in the hands of private players like Google, Amazon, and Apple? If public funds are paying for so much of it, should the public also own and control it? If the internet is essential for so much in our lives, as it clearly is, should it be treated as a nonprofit public utility?

And while there is no doubt that the ability to teleconference has been a lifeline in this period of lockdown, there are serious debates to be had about whether our more lasting protections are distinctly more human. Take education. Schmidt is right that overcrowded classrooms present a health risk, at least until we have a vaccine. So how about hiring double the number of teachers and cutting class size in half? How about making sure that every school has a nurse?

That would create much-needed jobs in a depression-level unemployment crisis and give everyone in the learning environment more elbow room. If buildings are too crowded, how about dividing the day into shifts, and having more outdoor education, drawing on the plentiful research that shows that time in nature enhances children’s capacity to learn?

Introducing those kinds of changes would be hard, to be sure. But they are not nearly as risky as giving up on the tried-and-true technology of trained humans teaching younger humans face-to-face, in groups where they learn to socialize with one another to boot.

Upon learning of New York state’s new partnership with the Gates Foundation, Andy Pallotta, president of New York State United Teachers, was quick to react: “If we want to reimagine education, let’s start with addressing the need for social workers, mental health counselors, school nurses, enriching arts courses, advanced courses and smaller class sizes in school districts across the state,” he said. A coalition of parents’ groups also pointed out that if they had indeed been living an “experiment in remote learning” (as Schmidt put it), then the results were deeply worrying: “Since the schools were shut down in mid-March, our understanding of the profound deficiencies of screen-based instruction has only grown.”

SILVER SPRING, MARYLAND - MARCH 26: Staff members at Woodlin Elementary School distribute computers to parents of Montgomery County students who do not have them March 26, 2020 in Silver Spring, Maryland. Due to the outbreak of COVID-19, students across the U.S. are increasingly attending their classes online due to the closure of schools. (Photo by Win McNamee/Getty Images)

Staff members at Woodlin Elementary School distribute computers to parents of Montgomery County students on March 26, 2020 in Silver Spring, Md.

Photo: Win McNamee/Getty Images

IN ADDITION TO the obvious class and race biases against children who lack internet access and home computers (problems that tech companies are eager to be paid to solve with massive tech buys), there are big questions about whether remote teaching can serve many kids with disabilities, as required by law. And there is no technological solution to the problem of learning in a home environment that is overcrowded and/or abusive.

The issue is not whether schools must change in the face of a highly contagious virus for which we have neither cure nor inoculation. Like every institution where humans gather in groups, they will change. The trouble, as always in these moments of collective shock, is the absence of public debate about what those changes should look like and whom they should benefit. Private tech companies or students?We face real and hard choices between investing in humans and investing in technology. Because the brutal truth is that, as it stands, we are very unlikely to do both.

The same questions need to be asked about health. Avoiding doctor’s offices and hospitals during a pandemic makes good sense. But telehealth misses a huge amount. So we need to have an evidence-based debate about the pros and cons of spending scarce public resources on telehealth — versus on more trained nurses, equipped with all the necessary protective equipment, who are able to make house calls to diagnose and treat patients in their homes. And perhaps most urgently, we need to get the balance right between virus tracking apps, which with the proper privacy protections have a role to play, and the calls for a Community Health Corps that would put millions of Americans to work not only doing contact tracing but making sure that everyone has the material resources and support they need to quarantine safely.

In each case, we face real and hard choices between investing in humans and investing in technology. Because the brutal truth is that, as it stands, we are very unlikely to do both. The refusal to transfer anything like the needed resources to states and cities in successive federal bailouts means that the coronavirus health crisis is now slamming headlong into a manufactured austerity crisis. Public schools, universities, hospitals, and transit are facing existential questions about their futures. If tech companies win their ferocious lobbying campaign for remote learning, telehealth, 5G, and driverless vehicles — their Screen New Deal — there simply won’t be any money left over for urgent public priorities, never mind the Green New Deal that our planet urgently needs.

On the contrary: The price tag for all the shiny gadgets will be mass teacher layoffs and hospital closures.

Tech provides us with powerful tools, but not every solution is technological. And the trouble with outsourcing key decisions about how to “reimagine” our states and cities to men like Bill Gates and Eric Schmidt is that they have spent their lives demonstrating the belief that there is no problem that technology cannot fix.

For them, and many others in Silicon Valley, the pandemic is a golden opportunity to receive not just the gratitude, but the deference and power that they feel has been unjustly denied. And Andrew Cuomo, by putting the former Google chair in charge of the body that will shape the state’s reopening, appears to have just given him something close to free reign.

This is the first installment in an ongoing series about the shock doctrine and disaster capitalism in the age of Covid-19.

Naomi Klein
The Intercept
May 8th 2020

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