La esclavitud moderna en el trabajo doméstico en Colombia

“Nos tienen un plato y una cuchara aparte para que sólo nosotras comamos de ese, en muchos lugares no te dan comida, tienes que conseguirla en tu día de descanso. En una ocasión me iban a dar la comida de las sobras del hijo de la señora, pero yo no se lo recibí”.

 
 
México, DF. Mujeres trabajadoras del servicio doméstico viven diariamente las precarias condiciones laborales y una especie de “esclavitud moderna”. Flor María Acuesta, trabajadora doméstica y mujer afrodescendiente comenta que “muchas veces el desplazamiento forzado obliga a que las mujeres negras sólo sirvan para este tipo de trabajos, por el mito que se tiene de que nosotras cocinamos mejor y aguantamos más el trabajo”. Además, advierte sobre la constante discriminación que sufren: “tenemos todas las características para la discriminación; somos negras, mujeres, pobres y trabajadoras domésticas”. A esta mujer en una ocasión la rechazaron en un trabajo por ser negra, pues cuando la “señora” la miró le dijo que a ella le daba asco los negros. Y no sólo ella lo ha percibido, casi el 90 por ciento de las mujeres de la Unión de Trabajadoras Domésticas ha padecido en algún momento el racismo.
 
De acuerdo a una investigación del periódico universitario De la urbe, “la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que en el mundo hay aproximadamente 100 millones de personas dedicadas al trabajo doméstico, de las cuales cerca de 14 millones están en América Latina. En Colombia, según el ministerio de trabajo, son unas 750 mil personas las que realizan este oficio. De acuerdo con estos datos, el empleo doméstico representa una parte importante de la fuerza laboral, especialmente en los países en vía de desarrollo”[1]. Hace dos años, se creó en la ciudad de Medellín el Sindicato Unión de Trabajadoras del Servicio Doméstico (UTRASD), que organiza actualmente a unas 78 empleadas domésticas afrodescendientes.
 
La  Corporación Afrocolombiana de Desarrollo Social y Cultural Carabantú realizó una investigación sobre las condiciones laborales de las mujeres afro descendientes en la ciudad de Medellín; está investigación arrojó resultados muy negativos. La corporación realiza trabajos en comunidades marginadas de la ciudad, allí realizó una investigación con mujeres afrodescendientes, quienes mayoritariamente se dedican esta labor debido al desplazamiento forzado que sufren las comunidades afros del país.  Según la corporación Convivamos y la alcaldía de la ciudad, al menos 236 mil personas afrodescendientes viven en la ciudad y el 52 por ciento son mujeres.
 
El trabajo de Carabantú con las trabajadoras domésticas contribuyó no sólo a la caracterización de sus condiciones de trabajo, también propició la reflexión de ellas en su condición de trabajadoras domésticas y de esa manera lograron conformar el sindicato que empezó con unas 10 mujeres, comenta María Eugenia Morales Mosquera, integrante del grupo de investigación.
 
“Que no tienen nombre, sino número…”
 
En Colombia el nivel socioeconómico se mide en números del uno a seis, siendo seis el nivel de vida más alto. El 80 por ciento de las trabajadoras contactadas en la investigación se encuentran en los niveles 1 y 2, es decir, viven en condiciones de extrema pobreza. Más de la mitad de ellas son madres cabeza de familia y con dos o tres hijos, señala Eugenia Morales.
 
La vinculación laboral se hace de dos maneras: internas o trabajo por días; las mujeres que trabajan de “internas” laboran entre 15 y 18 horas diarias y las que trabajan por “días”, entre 10 y 12 horas. Adicionalmente no les pagan horas extras, ni dominicales. El promedio del pago, según Flor Acuesta, es hasta un 70 por ciento menos del salario mínimo actual en Colombia. “La mitad de nosotras no está afiliada a un régimen de salud y mucho menos vamos a esperar que algún día recibamos una pensión. Muchas mujeres acaban sus vidas y cuerpos en una casa por las precarias condiciones laborales, “nosotras vivimos un tipo de esclavitud moderna”.
 
Morales Mosquera es hija de una trabajadora doméstica, y ella en algún momento también lo fue, “como investigadora sé muy bien lo que viven todas estas mujeres”. El colectivo también tiene trabajo con ellas y sus hijos, desde formación política hasta talleres para los niños. Y es importante, según la investigadora, que ellas se reconozcan en su labor, pues “muchas sentían vergüenza de decir que trabajaban en una casa, por el gran estigma que hay sobre ellas, pero ahora con el sindicato vamos a reivindicar nuestro trabajo”,
 
El Sindicato
 
La idea del sindicato surgió en uno de los talleres que realizaba Carabantú, como parte de su proyecto de investigación, “al principio se pensó en un colectivo de mujeres afro, pero después ellas vieron la necesidad de crear un espacio donde pudieran luchar por sus derechos laborales y así nace la idea de la Unión de Trabajadoras Domésticas”, agrega la investigadora. El sindicato inició agrupando a unas cuantas trabajadoras y actualmente cuenta con alrededor de 78 mujeres afrocolombianas.
 
Se reúnen los domingos una vez al mes, el único día libre quizá para muchas. En la asamblea además de compartir entre ellas y reír por un momento, de igual forma sirve para crear estrategias de participación desde lo étnico y laboral. “Tenemos saberes y queremos hacer algo con eso, quizá buscar otras fuentes de empleo, aunque hay algunas que desean continuar en esta labor y solo quieren generar una condiciones dignas para hacerlo”, comenta María Eugenia Morales.
 
Flor María Acuesta ahora es la secretaria general del sindicato. El deseo que la impulsó a vincularse es para reivindicar los derechos de las empleadas domésticas. “Las condiciones laborales de nosotras son muy críticas, porque a nosotras no nos ven como personas, sino como la camisa sucia que tiran en un rincón”, dice. Por eso para ella es importante poder ser visibilizadas como parte activa de un sistema productivo del país: “somos igual que cualquier otro trabajador”.
 
Acuesta recuerda con tristeza que en muchos lugares donde laboran ni siquiera las saludan, “incluso nos tienen un plato y una cuchara aparte para que sólo nosotras comamos de ése, en muchos lugares no te dan comida, tienes que conseguirla en tu día de descanso. En una ocasión me iban a dar la comida de las sobras del hijo de la señora, pero yo no se lo recibí”. Muchas hablan sobre el trato que reciben, desde las palabras racistas, golpes, humillaciones; incluso las agresiones sexuales a las que están expuestas por medio a perder su trabajo. La falta de políticas por parte del gobierno para garantizar el respeto de los derechos de estas trabajadoras de nadie, hace que las violaciones a los derechos como personas, mujeres y trabajadoras sea algo muy recurrente.
 
Flor empezó a trabajar en casas desde que tuvo 15 años, su padre murió y al ser una de las mayores de siete hermanos tuvo que ponerse a trabajar. “Recuerdo que me pagaban en ese entonces 13 dólares mensuales y me trataban muy mal, yo quería estudiar y le dije a la señora que si me dejaba después de que terminara con mis cosas, pero ella me dijo que las trabajadoras domésticas no podían estudiar”. Luego se casó y empezó a trabajar por “días”, estudió una técnica en salud ocupacional, pero no pudo encontrar trabajo para ejercer su profesión.
 
Ahora el sindicato gira más entorno a crear mecanismos para la protección de las trabajadoras domésticas y junto con la Escuela Nacional Sindical (ENS) realizan jornadas de formación para que ellas continúen con el trabajo de dignificar su labor. “Los derechos laborales son un reflejo del momento social en que se encuentra un grupo poblacional, en este caso, el afrocolombiano”, refiere Eugenia Morales Mosquera, que desea que esto llegue a ser una política pública y un mandato en Colombia.
 
Si bien para Flor Acuesta ha sido un gran aprendizaje pertenecer a una organización, las consecuencias han sido mayores “en algunos lugares donde he trabajado me han despedido cuando les hago saber mis derechos o les digo que estoy sindicalizada, Por ahora nosotras no podemos hacer nada cuando nos despiden, pero es una lucha que tenemos que ganar”.
 
Algunas de las demandas por las que están luchando es un salario mínimo legal,  seguridad social en salud, pensiones y riesgos profesionales; jornada máxima legal de 8 horas y de 10 horas para trabajadoras “internas”; descanso semanal, mínimo de 24 horas; pago de horas extras; pago de horas nocturnas; pago por trabajo en días dominicales y festivos; vacaciones remuneradas; permanencia en el trabajo en caso de embarazo y licencia de maternidad.
 
“yo creo que ha llegado la hora de que se nos reconozca nuestra labor”, concluye Flor María Acuesta, quién afirma que ellas hacen su trabajo con amor y lo único que espera son unas buenas condiciones para tener un trabajo decente.
 
Marzo 30, día del servicio doméstico
 
Maruja no tenía edad.
 
De sus años de antes, nada contaba. De sus años de después, nada esperaba.
 
No era linda, ni fea, ni más o menos.
 
Caminaba arrastrando los pies, empuñando el plumero, o la escoba, o el cucharón.
 
Despierta, hundía la cabeza entre los hombros.
 
Dormida, hundía la cabeza entre las rodillas.
 
Cuando le hablaban, miraba el suelo, como quien cuenta hormigas.
 
Había trabajado en casas ajenas desde que tenía memoria.
 
Nunca había salido de la ciudad de Lima.
 
Mucho trajinó, de casa en casa, y en ninguna se hallaba.
 
Por fin, encontró un lugar donde fue tratada como si fuera persona.
 
A los pocos días, se fue.
 
Se estaba encariñando.
 
 
 
Los Hijos de los Días, Eduardo Galeano
 
21 de julio 2014
 
Autora: CAROLINA BEDOYA MONSALVE
FOTOGRAFÍA: RAFAEL ESPIN
Fuente: Desinformémonos

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