Institucionalidad y la otra del sistema

Enfrentar, superar, vencer y dejar atrás el patriarcado no es una lucha de las mujeres. Es un desafío para la humanidad toda. Es el reclamo, el imperativo de tejernos con la vida, con la Madre Tierra…de retornar al ritmo y al rumbo con la vida toda. Pero no es un retorno hacia atrás. No es un regresar hacia eso que el progreso patriarcal desprecia como atraso, primitivo, nostalgia de un pasado paradisíaco. Ni siquiera tiene que ver con atrás y adelante, categorías vinculadas al tiempo de huída, a la cronología del olvido y del desprecio que acumula ganancias y explotación del capital y su modernidad. Lo matriarcal es plenitud y es movimiento, lo es por estar en movimiento y promoverlo. De allí que no quepa en el ámbito de las institucionalidades que no son más que espacios y dinámicas al servicio de la burocracia de un régimen de despojo y acumulación. La institucionalidad es diferente, incompatible con la organización para la autonomía y la libertad. Su función es establecer mecanismos, normas, procedimientos, en manos de expertos (o expertas), para tramitar de oficio la vida. Es el trabajo de funcionarios (o de funcionarias). Es lo que, sin cuestionamientos -para excluir los cuestionamientos y el cuestionar critico-, normatiza y normaliza lo establecido. La institucionalidad es el discurso patriarcal, sus enunciados y estructuras transformadas en referente, en procedimientos, en lo normal y lo ordinario: la cotidianidad del despojo, del patriarcado. Del orden patriarcal. Querer participar también de la institucionalidad en condiciones de igualdad, es, ni mas ni menos que dar por sentado, aceptar como indiscutible la competencia feroz, reducida a una guerra por ocupar los mismos espacios de los despojadores para el despojo. Es un “también podemos hacerlo como ellos y exigimos las mismas oportunidades” enmascarado de crítica anti-sistémica. Es la otra del sistema. La otra que le sirve al sistema: el feminismo que les conviene. Se trata en cambio, de desmantelar el lugar común del abuso, empezando por ponerlo en evidencia. De dejar de negar el mundo que desprecian los trámites, funcionarios y funciones. De dar por hecho que no buscamos la igualdad en sus términos, oficinas y oficios sino que, de nuevo, como cuando nos señalaron brujas para eliminarnos o nos ponen a reclamar el derecho a mandar y proteger el régimen, sino que estamos en otro lugar, o que, por lo menos, en la incomodidad que nos genera estar acá adentro, sabemos que la vida es otra, las relaciones son otras. Justamente, son matriarcales porque no caben, no toleran, son negadas y despreciadas en la institucionalidad y las relaciones del despojo. En esencia, no es control sobre la vida en el ánimo del poder y la acumulación: propósito patriarcal al que sirve la institucionalidad. Es el fin de esto, su destrucción, su superación: liberar la vida del poder, de la acumulación, del pensamiento utilitario, de la racionalidad instrumental, del patriarcado. Esa liberación, tarea humana por excelencia, no puede ser reducida a la lucha por los mismos derechos. No es la lucha de las mujeres, sino desde las mujeres, en tanto mujeres: nuestra lucha, matriarcal, por la vida y con ella en libertad.

Este como muchos otros, es un tema fundamental para revitalizar los espacios de diálogo y discusión frente a las resistencias autónomas que estamos nombrando y las que en realidad estamos caminando. En ese camino y para alimentar desde donde se pueda a nuestra máxima autoridad: la asamblea comunitaria, compartimos este texto-provocación poniendo acento en la necesidad de cultivar relaciones matriarcales, porque como bien lo dicen las compañeras Kurdas, sabemos que “Hay un vínculo inquebrantable entre las mujeres y la vida. La mujer representa una importante parte de la sociedad natural en su cuerpo y en su significado. Esta es la razón para asociar mujer con vida. La mujer representa la vida, la mujer simboliza la vida”.

Relaciones matriarcales no para que mandemos las mujeres, sino para que mande la reproducción de la vida, la vida misma frente a la muerte que nos impone el patriarcado. Todo esto que implica no solamente la organización desde las mujeres, sino también la autonomía colectiva más allá del discurso que también se está convirtiendo en mercancía para insertarnos en la institucionalidad que nos ofrecen nuestros victimarios. Porque “…Hoy la mujer también representa una entidad sobre la cual se hacen un montón de políticas. Estas políticas no están diseñadas para liberar a la mujer o fortalecer su voluntad. Debido a estas políticas, la mujer es aún más reprimida, asesinada de una manera suave o dura que oscurece su pasado y presente…”

Así que no intentamos concluir, sólo queremos empezar a abrir una grieta haciendo un esfuerzo por construir una narrativa crítica frente a la agresión patriarcal que se expresa tanto con el despojo de la tierra y el asesinato de las defensoras y cuidadoras de la Madre Tierra, como con las intervenciones feministas institucionales que están impactando las identidades y prácticas autónomas de las mujeres en nuestros territorios. ¿Cómo Así? Pueblos en Camino

Entre la captura patriarcal y nuestra liberación con la Madre Vida

Resumen: en este texto la autora se esfuerza por construir una narrativa crítica frente a la agresión patriarcal que se expresa tanto con el despojo de la tierra y el asesinato de las defensoras y cuidadoras de la Madre Tierra, como con las intervenciones feministas institucionales que están impactando las identidades y prácticas autónomas de las mujeres indígenas en el norte del Cauca, al suroccidente de Colombia. Para luego nombrar algunos desafíos y acciones colectivas pendientes en la revitalización del tejido natural que los y las omblige a Uma Kiwe (Madre Tierra).

Entendiendo que este sistema milenariamente patriarcal se alimenta capturando, controlando y destruyendo[2] las fuentes de vida matriarcales que siguen ombligadas a la Madre Tierra, es necesario que nosotras las paridoras de vida donde quiera que nos toque la lucha, seamos capaces de nombrar y actuar críticamente frente a las formas patriarcales que están imponiendo despojo y muerte en nuestros territorios, y del mismo modo, tener claridad para señalar las amarras y los silencios, que nos impone la intervención feminista institucional a nombre de la “igualdad de género”[3]. Además, reconocer algunos desafíos y acciones pendientes desde el norte del Cauca indígena, al sur occidente de Colombia, que alimenten narrativas críticas para la discusión y el debate dentro y fuera de las comunidades.

  Aclaro que como mujer nasa-misak que en la década del año 2000 participé activamente del movimiento indígena que se reconoce en la Asociación de Cabildos Indígenas del norte del Cauca-ACIN, mi intención no es hablar a nombre de las mujeres indígenas[4] sino de lo que pude ver desde otros ámbitos y de lo que he intercambiado con algunas compañeras[5] en relación a los temas a abordar.

 

Patriarcado que sigue despojando la Madre Vida

Sin profundizar ni comprobar aún, sólo guiándome por lo que la historia de los vencedores nos ha impuesto y por las denuncias más recientes que circulan dentro y fuera de las resistencias indígenas y populares de nuestro Abya Yala, afirmo que: No hay ecocidios ni feminicidios porque hay guerra, hay guerra para matar todos los nacimientos, incluso, hasta patriarcalizar nuestra Madre Tierra. Sí, así como lo decía  Héctor Mondragón años atrás: “En Colombia no hay desplazamiento porque hay guerra, hay guerra para que haya desplazamiento”. Tal vez estamos frente a una tormenta de tal magnitud que nunca antes imaginamos y que hoy nos confunde porque las mayorías no entendemos o nos negamos a ver su alcance. Basta con reconocer, que cuando nos indignamos por la violencia y el asesinato contra mujeres casi siempre nos referimos sólo al machismo o cuando denunciamos la destrucción y alteración contra la naturaleza asumimos simplemente que todo es resultado del cambio climático. Pero no vemos el problema de fondo, nuestro asunto crítico que no es nuevo, pues como dice Claudia von Werlhof, “tiene  5000 años” y en la historia corta del capitalismo tiene que ver con “… la destrucción alquímica o de una civilización alquímica o algo así, que es una guerra contra la vida” (2015, p.21). Entonces nuestro problema antiguo y actual, es la columna vertebral de lo que nos somete y domina para secar y sacar todas las sangres: el patriarcado.

Así, el patriarcado es, al fin y al cabo, una inconcebible, incomprensible, casi inexpresable reivindicación, totalmente abstracta y desvinculada de las condiciones concretas de la existencia terrenal, que va mucho más allá de algo tan banal como una especie de “envidia del poder de dar a luz”. Su meta no es nada menos que transformar el cuerpo femenino que da a luz en una cosa que todo lo produce y que es universalmente re-producible; no se trata sino del reemplazo del cuerpo de la madre por algo que no es ya ni corporal ni femenino sino una maquinaria que entonces será declarada como meta y nalidad de la historia humana. Lo mismo ocurre con la Madre Naturaleza y la Tierra misma” (Werlhof, 2015, p.41).

De allí que para lograr una “destrucción o civilización alquímica” se necesita destruir o usurpar todas las fuentes de vida usando Proyectos de Muerte en todo Abya Yala, “para explorar, explotar, excluir y exterminar los territorios: el de los cuerpos, particularmente el de las mujeres; el de los imaginarios colectivos; y de la Madre Tierra” (Rozental, 2015). De un lado, hasta intervenciones genéticas en las que “el mismo Planeta Tierra se ha visto convertido entretanto en un arma de destrucción masiva, por decirlo así, en “naturaleza mala”, lo que según dicen siempre fue. Y ahora se sucede la destrucción de nuevo tipo mediante aparentes catástrofes naturales” (Werlhof, 2015, p.218)[6]. Preocupación relevante y realidad patente que exige más acción de nuestra parte, sobre la base de nuestros saberes ancestrales y matriarcales; de lo que ya en la década del ochenta dio a conocer la científica y monja Rosalie Bertell[7]; y de lo que en la última década se ha denunciado con los tsunami, terremotos… que en el fondo han servido para la reproducción del capital.

De otro lado, el acaparamiento de tierras y los feminicidios. Miremos algunas cifras al respecto, pues nos parece que tienen relación. Para empezar

Los datos de 2016 muestran acaparamientos a gran escala que han ocurrido durante la última década. Estos acuerdos de negocios cubren más de 30 millones de hectáreas en 78 países. Esto significa que el número de acuerdos de negocios relacionados con la tierra continúa creciendo, aunque el crecimiento se ha desacelerado desde 2012. En particular, varios de los más grandes de los “mega” proyectos han colapsado, resultando en una disminución del número total de hectáreas. El problema, sin embargo, no está desapareciendo” (Grain, 2016, p.5).

Acaparamiento que se sigue expandiendo intensificando los conflictos en todo el mundo. De allí que no es fortuito que Colombia tenga cinco millones de hectáreas en concesión minera y otras 25 millones en solicitud para lo mismo. Tampoco es extraño que los ganaderos tengan 45 millones de hectáreas y “que del total de la tierra en Colombia, el 0.4% de los propietarios es dueño del 41.1% de la tierra (según el último censo agrario)” (Proceso de Liberación de la Madre Tierra, 2016). Así mientras avanza la guerra mundial despojando territorios y acaparando tierras para la reproducción del capital, los cuerpos de las mujeres siguen siendo presa predilecta del depredador. Actualmente las cifras de feminicidios en América Latina nos alarman, según la ONU: “Las tasas más altas la tienen 25 países del mundo, 14 de ellos de la región. Guatemala, El Salvador y Honduras figuran con unos de los índices más altos del planeta y en Argentina y México también se reportan cifras alarmantes[8].  Colombia no es la excepción. Paradójicamente ahora que se acaba de firmar un acuerdo de cese bilateral al fuego entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Farc para iniciar un proceso de paz, es cuando se han incrementado los despojos extractivistas y los asesinatos selectivos de líderes y lideresas que defienden la vida y cuidan sus territorios. La ONU también, “registró para mediados de diciembre de 2016 que habían sido asesinadas 114 personas en Colombia y 40 de ellas eran del Cauca[9]. La mitad de los asesinatos ocurrieron en el norte del Cauca y 7 eran mujeres indígenas: Rubiela Coicué, Beatriz Noemi Morano Dicue y Nhora Alba Coicué Viquis de Huellas Caloto; Sebastiana Ulcué de Munchique Los Tigres; Ninfa Mosquera de Tacueyó y Cecilia Coicué de Corinto. Estos crímenes por fin empiezan a ser tema de discusión y preocupación en las agendas de nuestras organizaciones indígenas[10], debido al reescalamiento paramilitar y a todas las amenazas que se han recrudecido con el “posconflicto”.

Así que una vez más, me preocupa que hay guerra para que hayan feminicidios y ecocidios. Para que el patriarcado pueda abortar y dominar cualquier tipo de nacimientos, incluyendo la vida toda desde el útero de la humanidad: Uma Kiwe. Aunque no podemos negar que hay asesinatos y violencias machistas en la comunidad, sería interesante investigar a fondo la relación concreta entre los feminicidios y la disputa por los territorios para entender mejor quien se está beneficiando con esta oleada de muerte. Justamente porque en Caloto y Corinto donde se han registrado más asesinatos de mujeres, es donde hace dos años algunas comunidades indígenas del norte del Cauca, reiniciaron su tarea histórica de recuperar y liberar la tierra (Pueblos en Camino, 2015).

 En este contexto, además de todos los ajustes estructurales, el sometimiento ideológico, la cooptación (Almendra, 2016) de las luchas que en la última década ha sido más evidente para facilitar la reproducción del capital, también el terror y la guerra que ahora se ejerce por otros medios, continúan en todos los territorios sean indígenas, negros o mestizos. No es paradójico ni contradictorio entonces, que mientras los señores de las guerras hablan de “paz”, en los campos y ciudades sigan matando la vida. Desafortunadamente están logrando confundirnos y cooptarnos para que nos alineemos al “desarrollo”, ignorando que la guerra ha sido “necesaria” para fundar civilizaciones modernas, progresistas, capitalistas. Como nos lo reitera Claudia Von Werlhof (2015, p.22): “…la guerra es el modo normal del patriarcado, no hay realmente paz, por eso los hombres en medio de la llamada paz atacan a las mujeres”.

 

Intervenciones que institucionalizan el hacer femenino comunitario

“No es lo mismo feminismo de arriba y feminismo de abajo”, aseguran algunas mujeres que aunque se identifican como feministas son bien críticas a las corrientes dogmáticas y vanguardistas iluminadas y más bien intentan caminar apuestas plurales escuchando en silencio y sintiendo los dolores y alegrías de nuestra Madre Tierra con las mujeres desde el territorio. Mujeres de ese calibre con seguridad transitaron nuestras montañas y han dejado legados históricos relevantes para la lucha por la vida. En la actualidad la “asesoría experta” (Almendra, 2017) que acompaña los programas de las mujeres en el ámbito zonal, en su mayoría responden a lineamientos de instituciones, de gobiernos y de oenegés que se enfocan sobre todo, en dos temáticas: la participación política y la defensa de los derechos humanos de las mujeres. Para ilustrar la primera temática, cito un reciente trabajo investigativo de la Casa de Pensamiento ACIN[11], sobre “Participación política y cultura política de las mujeres nasa del norte del Cauca”, donde a manera de resultados ponen acento en dos retos para desafiar la exclusión y reafirmar una política comunitaria:

El primero de ellos, es que la garantía para una política “propia” o comunitaria nasa es la capacidad de potenciar la inclusión y el reconocimiento de los aportes, las demandas, las expectativas y las capacidades de las mujeres para contribuir con el proceso organizativo indígena local y sus proyecciones en el campo de la participación política electoral. La participación de las mujeres no es una amenaza al poder. Es, más bien, la posibilidad de garantizar condiciones para la equidad, la armonía y el equilibrio. Pero tampoco basta con la participación, se requiere mayor inclusión y representación de las mujeres. Las comunidades, autoridades indígenas e instituciones tienen que asegurarse de que las demandas y propuestas de las mujeres sean incorporadas en los Planes de Vida y en los Planes de Desarrollo, y que tengan el nivel de importancia adecuado y satisfactorio para las propias mujeres.

El segundo desafío consiste en que la frontera porosa entre la política comunitaria y la política asociada al Estado no puede debilitarse por la vía de igualarse en procedimientos, en prácticas y valores. Las mujeres reconocieron enfáticamente que hay diferencias, y señalaron los vacíos de la democracia y el sistema político colombiano. Pero, al mismo tiempo, abogaron porque la política comunitaria y la autoridad comunitaria indígena se distinga de dichas prácticas bajo el entendido de que la política comunitaria es para todas y todos, como lo entendieron muchas mujeres” (Señas, p.120, 2014 resaltado propio).

Sin embargo, la lucha nuestra no se puede reducir a la ocupación de cargos y acceso al poder ignorando o sirviéndonos del patriarcado. Para empezar a dilucidar rasgos de la política comunitaria que se necesita hoy frente a la política institucional que se nos impone, vale la pena escuchar a Dora Muñoz[12], comunera nasa del resguardo indígena de Corinto, quien manifiesta que los enfoques de feministas institucionales más que afectar el hacer de las mujeres en el territorio, tienen un impacto en el identitario. Es decir,

“En la idea propia sobre la mujer, la familia y la relación del hombre y la mujer como seres distintos y valiosos. Me parece que individualiza los roles, las responsabilidades y prácticas entre hombres y mujeres, fragmentando la idea de unidad y colectividad. Creo que al promover los derechos individuales de las mujeres, se plantea una supuesta igualdad de la mujer con relación al hombre, con lo que realmente se fomenta como un tipo de competencia entre los hombres y las mujeres. Creo que en el fondo por querer poner en igualdad a las mujeres que a los hombres, lo que se logra es visualizar a  las mujeres como seres débiles,  menos que los hombres, por lo cual se necesitan fomentar actitudes o discursos que supongan más que igualdad, superioridad de algunas mujeres frente a los hombres invisibilizando las acciones que nos hacen distintas, pero de igual valor. Estas actitudes dan fuerza a la idea del machismo”.

Actitudes que son resultado de los impactos que ha tenido el feminismo institucional en nuestra organización, provocando desconfianza y recelo de algunas autoridades indígenas, principalmente de hombres que se niegan a ceder sus espacios y la tierra a las mujeres. Por ejemplo, a Oneira Noscué, comunera nasa del resguardo indígena de Miranda y coordinadora actual del Programa Mujer ACIN-PMA, le inquieta que “en el resguardo indígena de Canoas teníamos el Programa de Mujer y Familia, pero una de las grandes dificultades de este periodo es que lo perdimos, pues ahora sólo quedó como Programa de Familia. Tal vez por recelo de algunos líderes se perdió el espacio”. Aunque todo esto se azuza con nuestras prácticas machistas, no podemos negar que el patriarcado nos atraviesa.

En cuanto a la segunda temática, es necesario ver qué tan útil resulta encapsularnos solo en la atención a violaciones de derechos humanos, mientras nos rodea todo un contexto transnacional que ejerce múltiples violencias contra todos los territorios (cuerpo, imaginario, tierra). En ese sentido, Yuranni Mena, indígena de corazón quien también caminó con nosotros, cuenta que en el tiempo que estuvo en el Tejido de Comunicación ACIN hubo pocos acercamientos con el Programa Mujer de ACIN – PMA, pero recuerda que las invitaron

“a participar en la primera Tulpa[13] de Mujeres. Nos pareció un gesto importante dado la falta de acercamiento de ambos espacios. Explicaron que el tema de la tulpa consistía en dar acompañamiento a las mujeres que han sido maltratadas en su territorios (maltrato físico, sicológico causado en el contexto familiar, por sus compañeros y/o familiares). Se les propuso que podíamos llevar material audiovisual que pudiera contextualizar otros aspectos de la vulneración de la mujer sobre el sometimiento estructural de las mujeres y los territorios. Es decir, que se hable de la mujer no sólo en el aspecto sicosocial[14]. Dijeron que ya había una programación establecida pero que buscarían el espacio”.

Como es obvio, la atención psicosocial para sanar heridas causadas por las violaciones de derechos humanos son necesarias pero no es lo más relevante en un territorio militarizado y ocupado por diversos bandos que buscan controlar las económicas legales e “ilegales” que están desarmonizando la convivencia en las comunidades. Al respecto Noscué, nos confirma que desde el 2010 tienen El Observatorio de Derechos Humanos de las Mujeres Indígenas de la ACIN con 877 casos registrados, donde el porcentaje más alto de agresión es causado por la violencia intrafamiliar. “Seguramente esto tiene que ver con los demás problemas de ilícitos y concesiones mineras en el territorio, pero esto aún no lo podemos saber porque apenas terminamos el informe y nos falta hacer todo el análisis” (Íbid). Ella además cuenta que aunque en la Tulpa de Mujeres y en otros espacios de formación, autocuidado y acompañamiento a víctimas, hablan de lo que está pasando en sus resguardos y en Colombia, es necesario descentralizar estos espacios para que más mujeres rurales puedan participar. Por su parte, Constanza Cuetia[15], comunera nasa del resguardo indígena de Jambaló muestra otra preocupación porque

“viendo alguna participación de las mujeres en otros encuentros culturales (más desde los resguardos), se queda solamente en hacer las artesanías, los tejidos y las exposiciones para vender. Se queda en una ayuda económica para la familia pero no se reflexiona más allá, de cómo la carga más grande en los oficios de la casa siguen estando de un solo lado y se sigue con la discriminación por ser mujeres que tienen que ser obedientes a sus maridos. Pero poco se aborda lo político, por ejemplo ¿por qué se han incrementado los feminicidios? o ¿qué hacer frente a eso?. Los proyectos que se implementan con las mujeres se quedan en aprender más lo institucional y en competir como empresas”.

Las apuestas institucionales en contraste con las preocupaciones de unas las compañeras frente al despojo de la Madre Vida, evidencian un problema mayor que se ha agudizado desde finales del 2010. “Es justamente la contención y subordinación de las resistencias autónomas para capturar y desmovilizar las luchas más radicales que marcaron nuestra historia corta y que fueron más visibles en ámbitos nacionales e internacionales en la década del 2000[16] (Almendra, 2016). Por esto la institucionalidad del sistema llegó más “moderada” a ocupar nuestra casa aprovechando el espacio que fue abriendo el terror y la guerra, la legislación del despojo y el sometimiento ideológico; hizo compadrazgos con la mayoría de dirigencias y está apadrinando investigaciones, proyectos y programas… Por eso, en realidad,

“La perspectiva institucional y de oenegés en todos los aspectos, buscan la alineación y la cooptación de los procesos, en el tema del feminismo no es distinto. Lastimosamente han implementado en nuestros territorios a través de las organizaciones propias como cabildos y asociaciones indígenas, políticas institucionales frente a los derechos de las mujeres, desde una perspectiva externa desconociendo los saberes, conocimientos y prácticas propias frente a la valoración de las mujeres. Desde la institucionalidad se promueve la participación pasiva de la mujer en diversos espacios, es una alineación para la sumisión y promoción de posturas externas, casi siempre alejadas a las demandas comunitarias. Se promueve el liderazgo feminista poniendo a ciertas mujeres líderes formadas para reproducir y mantener una ideología que termina alimentando el machismo, pues generalmente estas mujeres líderes terminan obedeciendo lineamientos de hombres. Su participación en cargos políticos, en su mayoría son más de representatividad que de real participación y decisión. En mi concepto son más críticas y menos sumisas quienes no devengan un salario, o quienes no asumen cargos políticos otorgados,  pues no temen arriesgar alguna comodidad económica o política” (Muñoz, 2017).

Asuntos pendientes para cultivar-nos paridoras y defensoras de Madre Vida


Caminar la palabra precisa que se requiere en defensa de la vida plena empieza también por saber que la muerte que impone el patriarcado,  es “muerte anti-natural y artificial, como lo hace con la vida: la vida artificial. El planeta artificial… Esta muerte es la masacre, que significa madre sacer-sagrado, la matanza sagrada de la madre/diosa/tierra… es una religión” (Werlhof , Intercambio virtual, 2016). Entonces nos están negando nuestra muerte con la que transcendemos para sembrarnos a la vida y seguir siendo semilla,  porque el patriarcado impone la muerte de un sistema extractivista, transgénico, mineroenegético, feminicida… que pretende matar la vida toda si es necesario para acumular ganancias.

De ahí que es necesario reconocernos en Uma Kiwe y reconocerla en nosotras como paridora de Vida, de buenos vivires, de plenitudes vivientes en la búsqueda constante de equilibrio y armonía que respete y alimente nuestros ciclos naturales. Al mismo tiempo, tenemos que ver más allá de las buenas intenciones del feminismo institucional y develar la máscara, para de-cubrir sus verdaderos rostros, pero también, reconocernos en ella identificando la hidra que nos habita. Finalmente, a mediano y largo plazo, según los tiempos y ciclos comunitarios y el contexto que nos agrede, nos urge tejernos en saberes y prácticas matriarcales, locales y globales que alimenten la vida plena.

En consecuencia, sigo reiterando

“a Uma Kiwe como mujer paridora de vida que está siendo sometida por el patriarca de la muerte. En consecuencia, esos impactos no solamente agreden a las mujeres sino a la vida toda, lo mismo que, cuando se defiende a Uma Kiwe, al defender a la Madre, no se defiende solamente a las mujeres, sino a la paridora de vida, a la Madre que nos permite renacer cada vez que sea necesario. Es el patriarcado el que separa mujeres y hombres, mientras que Uma Kiwe y el matriarcado que le es natural, hace inseparables a todas las criaturas de la vida. Por eso, defender el patriarcado es amenazar la vida y separar hombres y mujeres; y defender la Madre y su matriarcado es defender la vida y volvernos a tejer como criaturas todas recíprocas, diversas, diferentes e indispensables” (Almendra, 2016, p.178)

De allí que defendernos defendiendo a Uma Kiwe deriva también de concebir que el matriarcado no refiere al poder y mando de las mujeres que reemplazan a los patriarcas, sino a la búsqueda continua de saberes y prácticas maternales que amamanten los buenos vivires sin dominios ni competencias, como raíz en los procesos de transformación comunitaria para nutrir resistencias y autonomías. Entraña al mismo tiempo, ver y moverse con los flujos de Uma Kiwe que son vitales para no dejarnos contener ni capturar de quiénes insisten en patriarcalizarnos, domesticarlos y fosilizarnos en las políticas permitidas. Este es un desafío pendiente para entender el espectro que hay entre lo que dicen que podemos hacer y lo que tenemos que caminar autónomamente frente a la tormenta (EZLN, 2015), es decir, ver más allá de lo que nos está institucionalizando. Bastaría con escuchar a las compañeras desde Chiapas, Cherán, Kobane … pero también sumarnos a las liberadoras de Uma Kiwe -indígenas, negras y campesinas- que en el Cauca están sintiendo el legado de sus ancestras paridoras del Abya Yala para seguir nutriendo la vida frente a la muerte.

            Aunque no podemos echarle toda la culpa al externo, sí debemos pensar y actuar críticamente frente a todo lo que nos llega, así sea con buenas intenciones, porque el impacto de la “ayuda” aunque esté solucionando problemas prácticos de corto plazo, está interviniendo nuestra cosmovisión y hacer femenino en las comunidades[17]. De allí que, “debemos reconocer y valorar nuestros múltiples saberes, capacidades que obviamente se complementan con otras y otros. Mantener claros los principios de relación con la madre tierra y la necesidad de complementarnos también con los hombres, para no dudar o confundirnos con esas ideologías externas que llevan a fragmentar las autonomías internas”. Propone Dora Muñoz, justamente, porque como bien lo explica Constanza Cuetia: “Las mujeres han sido y son tejido en todos los espacios: en la guardia indígena cuidando el territorio; en la salud como promotoras y parteras; en el manejo de las plantas medicinales; en la comunicación-educación; y en el sostenimiento de la familia, han sido clave para la vida misma”.

Al mismo tiempo debemos impedir que nos identifiquen como víctimas o como heroínas, somos mujeres de carne y hueso que lloramos y reímos en el despliegue de la lucha desde el fogón familiar hasta la asamblea comunitaria, ámbitos recíprocamente enlazados por nuestros Planes de Vida y amenazados por el Proyecto de Muerte. Nuestros dolores y alegrías son también los de Uma Kiwe, porque “las mujeres y nuestros cuerpos son tan sagrados como el territorio y por eso debemos entender los problemas que se avecinan globalmente y se están viviendo también con los cultivos ilícitos y la minería aquí, para poder rechazarlos y construir nuestras propias formas de vida”, enfatiza Oneira Noscué. Entonces para ir frenando las competencias, divisiones y aislamientos como mínimo pendiente, requerimos pensar con cabeza propia desde la ideología de nuestra Madre Tierra;  apropiar saberes y prácticas que alimenten nuestro hacer maternal; caminar dignamente más allá de las dicotomías que nos impone la institucionalidad y entender el patriarcado como relación dominante visible e invisible que no es exclusiva de machos alfa.

Reconocer la hidra que nos habita implica abordar nuestras propias contradicciones. Al respecto Dora Muñoz argumenta que “en muchas oportunidades sin ser muy consientes o incluso siendo conscientes, hemos permitido y legitimado actitudes machistas, cuando no nos atrevemos a manifestar nuestra inconformidad frente a ciertas actuaciones de los hombres e incluso mujeres”. También cuando nosotras somos imponentes y/o sumisas desde la comunidad hasta la organización, asignadas a la representatividad por los mismos líderes, estamos alimentando el patriarcado. Porque: “obedecemos sin cuestionar, asumimos que ciertas labores sobre todo del hogar, son exclusivamente nuestra responsabilidad o también cuando no nos arriesgamos a asumir responsabilidades o retos en espacios donde creemos no podremos dar los resultados que darían los hombres” (Íbid). Cuando nos convertimos en machos (Almendra, 2015) y a nombre de la lucha maltratamos, rumoramos, señalamos y nos hacemos cómplices de la cúpula autoritaria[18] que va excluyendo a quien se atreva a cuestionar o criticar abiertamente sus malas actitudes. Por esto, reitera Constanza Cuetia que,

es necesario trabajar en la organización autónoma de las mujeres, porque hay que dejar semillas para continuar con la resistencia y defensa de los territorios y planes de vida de las comunidades. Para mí es seguir comunicando críticamente, seguir caminando la palabra, seguir palabrandando[19] como lo hicieron las mayoras sin cansarse en el proceso de recuperación de tierras y en la construcción de la organización“.

Nosotras no nos podemos dejar confundir y tenemos la obligación de ombligarnos a nuestra Uma Kiwe. Los proyectos institucionales son un medio y sabiéndolos apropiar colectivamente desde la cosmovisión y necesidad real del territorio sirven, pero la vida con nuestra Madre Tierra es el fin en sí mismo y va más allá de lo que llega y de lo que nos inculcan. La política comunitaria que necesitamos es la que desborde la política institucional con acciones colectivas que “manden obedeciendo”, nutridas de nuestra ancestralidad y contemporaneidad en los territorios. Acciones colectivas – referencio al final- que han resistido en la lucha cotidiana sin confiar plenamente en apoyos institucionales y que siguen emergiendo a pesar de la muerte que se incrusta para matar la vida, son prioritarias aquí y ahora. De allí que debemos tejernos a lo mínimo necesario para la vida plena que ya las defensoras y cuidadoras del territorio están gestando en, contra y más allá del capital.

“Mujer rebelde, mujer esperanza, mujer vida, mujer trabajadora, mujer luchadora; tal vez ese pueda ser el rol jugado por la mujer en el pueblo nasa que ha venido re-existiendo al olvido y la invasión desde hace mas de 500 años cuando llegaron los europeos a las tierras de nuestra América. En las calles de Caloto, estas guerreras milenarias se ven caminando libremente; en las ferias de Corinto se ven vendiendo productos que ellas mismas fabrican de manera autolesionada y sin hacerle daño a la madre tierra con transgénicos o monocultivos; en el cabildo indígena de Santander de Quilichao se ven moderando una asamblea de plan de vida; en las bellas montañas de Jámbalo se ven recogiendo café y cultivando maíz; en la tulpa del saber de Toribio se ven armonizando un ritual con chirrincho, coquita y cigarrillo” (Rebeldía Contrainformativa, 2016).

Ser con ellas para estar siendo con Uma Kiwe es vital frente a la avanzada extractivista (Almendra, 2016) y no sólo me refiero a quienes no vivimos en el territorio sino también a quienes estando allí no sabemos sentir con el corazón para ver más allá de lo permitido institucionalmente. De allí que además de sabernos Madre Tierra y reconocer la hidra que nos habita, debemos entender que nosotras las mujeres, como plantea Yuranni Mena:

“sobre todo las indígenas llevan más arraigada la concepción de lo colectivo, la lógica de compartir que es lo que necesita este mundo de jerarquías y competencias donde cada quien ve por lo suyo. Las mujeres han demostrado una gran capacidad de construir y conciben un mundo en un orden diferente que busca la armonía. No conozco las propuestas de las mujeres del norte del Cauca, pero sé que hay muchas iniciativas de mujeres de base que deben impulsarse y protegerse para atizar el resurgimiento del movimiento indígena, antes de que sean acaparadas por agentes (locales o externos) que se quieran aprovechar de su trabajo y su discurso para obtener ganancias”.

Ellas sin sueldos, sin becas, sin bonificaciones, sin cargos, sin subsidios y con sus casas cercadas por monocultivos lícitos e ilícitos, por el acaparamiento de la tierra y bienes comunes y por extractivistas grandes y pequeños que amenazan sus fuentes de vida.  Se levantan día a día a defender, cuidar, liberar y obedecer a Uma Kiwe desde y con sus diversos territorios: cuerpo, imaginario y tierra. Entonces, nosotras quienes nos alimentamos directa e indirectamente de sus frutos, además de tejernos a ellas no para mandar ni usurpar su palabra, sino para fortalecer la trama comunitaria, debemos saber que:

“si el patriarcado nos atraviesa y dicta nuestras conductas, también somos actoras y actores para cambiar estas estructuras de pensamiento en nuestras comunidades, cuestionando nuestras maneras de vivir y detectando las situaciones de dominación. Además, tenemos que luchar en contra de ese modelo económico que está privatizando la vida y está fragmentando los procesos organizativos” (Tejido de Comunicación ACIN, 2013).

Estos y muchos otros que se quedan en el tintero, son desafíos y acciones pendientes en nuestra lucha que una vez más, nos muestra que tras siglos de dominación, destrucción y manipulación contra la madre vida, no han logrado patriarcalizar todo. Aún quedan principios ancestrales y caminos comunes -debilitados- que han garantizado la supervivencia de pueblos enteros que hoy siguen de pue contra la conquista y el capitalismo rampante que insiste en convertir todo en mercancía. Nuestra responsabilidad es revitalizarlos, recrearlos, renovarlos y transformarlos permanentemente en el proceso de tejer resistencias y autonomías con luchas sociales y populares que necesitamos caminar aquí y ahora. Tenemos que hacer realidad el deseo que hace 30 años nombró la compañera Avelina Pancho, porque en la experiencia organizativa más visible de las mujeres, se sigue afirmando más bien como un desafío pendiente: “Yo creo que ya hemos también superado ese discurso feminista que alguna vez nos cegó, también a nuestra América. Hoy no estamos pensando así, estamos pensando que nuestro ideal es el fortalecimiento de los pueblos como pueblos y no de grupos separados de mujeres y hombres” (Londoño, 1999)[20].

Vilma Rocío Almendra Quiguanás[1] 
Versión en inglés publicada en Revista de Crítica al Patriarcado (2017), Bumerán, Nr. 3
Pueblos en Camino
Julio de 2017

 

Fuentes bibliográficas

Almendra, V. (2016), ”Regresar del olvido liberándonos con Uma Kiwe. Desafíos de la lucha indígena del norte del Cauca: tejiendo memoria entre la emancipación y la cooptación”. Tesis de Maestría en Sociología. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla-BUAP, México.

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Londoño, L. (1999), “La perspectiva de género en la organización indígena del Cauca: aproximación a una retrospectiva histórica”. Revista Cuadernos de Desarrollo Rural

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Tejido de Comunicación, ACIN. (2014), “Cauca: Palabrandar, una tarea de todas y todos los comunicadores”. Disponible en http://www.movimientos.org/es/content/cauca-palabrandar-una-tarea-de-todas-y-todos-los-comunicadores

Tejido de Comunicación, ACIN. (2013), “Comité Zonal de Mujeres: las mujeres indígenas parte y actoras de la historia”. Disponible en http://nasaacin.org/noticias/3-newsflash/5565-comite-zonal-de-mujeres-las-mujeres-indigenas-parte-y-actoras-de-la-historia

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Werlhof, C. (2015), “¡Madre Tierra o Muerte! Reflexiones para una Teoría Crítica del Patriarcado”. Cooperativa El Rebozo, Palapa Editorial. Oaxaca, México.

[1] Mujer indígena Nasa-Misak del norte del Cauca.

[2] Justamente hoy se está evidenciando la guerra por otros medios después de la firma del fin al conflicto armado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-FARC y el gobierno de Colombia, con el saqueo de los bienes comunes y el incremento de asesinatos selectivos contra las y los defensores del territorio.

[3] No es fortuito entonces que exista el movimiento de género para insertarnos en esta sociedad, porque “además claro está que el sistema utiliza el movimiento gender, que incluso lo ha inventado el propio Rockefeller, como me dijeron. Estos “Gender” me han sido un problema de 30 y más años ya” (Werlhof, Intercambio virtual, 2016). Desafortunadamente la mayoría de quienes encabezan el movimiento de género, como explica Claudia von Werlhof (2015, p.26): “Cayeron en la trampa, pero conscientemente, porque desde el punto de vista histórico creo que es entendible que siempre hay dos caminos cuando una sociedad se desarrolla de esa manera: querer salirse de ella, lo que es la crítica al patriarcado, ó elevarse dentro de ella y participar en ella, eso es el movimiento de género. Es lógico que exista en cierto sentido, y la mayoría de las que promueven el género están en eso y reaccionan como hombres y hasta peor que hombres en lo que están haciendo”.

[4] Recordemos que en este siglo la lucha indígena también fue marcada por las mujeres que se levantaron junto con los hombres a recuperar la tierra, por las Gaitanistas, por las guerrilleras del Quintín Lame y por muchas otras compañeras que se organizaron para revivir la historia de cacicas como la Gaitana y de otras ancestras y abuelas indígenas logrando que en 1993 se aprobara el Programa de la Mujer como mandato del IX Congreso del Consejo Regional Indígena del Cauca-CRIC; que en 1994 con la creación de la Asociación de Cabildos Indígenas del norte del Cauca-ACIN se creara el Programa de la Mujer; y que en el 2007 se conformara la Consejería de Mujer y Familia en la Organización Nacional Indígena de Colombia – ONIC. Legado histórico relevante para las mujeres indígenas de Colombia que debemos seguir alimentado y gestando desde abajo con haceres cotidianos concretos que aticen las transformaciones comunitarias para ir descolonizando la categoría “mujer indígena” que nos impone el sistema y las relaciones de dominación que desde afuera y adentro aún prevalecen.

[5] La mayoría de las voces que en este texto se expresan, son de compañeras, amigas y hermanas nasa con quienes caminamos juntas lo que se conoció como el Tejido de Comunicación para la Verdad y la Vida desde el norte del Cauca en Colombia.

[6] “Este desarrollo de las últimas décadas ha permanecido oculto prácticamente a todo el mundo, pues fue sistemáticamente mantenido en secreto. Es precisamente de naturaleza militar, y se ha realizado conjuntamente en Occidente y en Oriente, en EEUU, Europa y la Unión Soviética/Rusia” (Ibíd).

[7] Entre muchos otros, esta mujer dedicó su vida a investigar los impactos de la radicación nuclear y trabajó para las víctimas de contaminación industrial, tecnológica y militar. Como lo plantea Werlhof, basada en sus investigaciones, “Bertell supone que los experimentos militares ya han trastocado el equilibrio de la Tierra”. Es decir, que “¡pretenden transformar la Pachamama (Tierra) en un “sistema” manipulable, en una máquina o especie de aparato!” (Werlhof, 2015, p.224)

[8] Ver Noticias de Telesur (2016).

[9] Ver El Espectador (2016) “Un nuevo informe revela que han sido asesinados 114 líderes sociales en 2016”

[10]  Actualmente la agenda de las organizaciones indígenas están respondiendo más a los acuerdos con la institucionalidad y por eso los temas territoriales no son tan prioritarios. Sin embargo, desde el Tejido Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de ACIN, emitieron un informe al respecto y se pronunciaron: “Los hechos descritos marcan una gran preocupación para las comunidades indígenas del norte del Cauca en tanto existe un aumento sustancial de estos casos en el año 2016, consecuencia de esto, niños y niñas huérfanos, viudez y desintegración familiar, al igual que pérdida de identidad, legado y vida comunitaria. El rol de la mujer en la sociedad y territorio indígena es profundamente vital, su afectación trae no solo consecuencias familiares, si, no, organizativas territoriales, espirituales y culturales”.  Véase El Tejido Defensa de la Vida y los Derechos Humanos, ACIN (2016).

[11] Según la ACIN, La Casa de Pensamiento, “es un espacio creado y avalado por las autoridades indígenas del norte del Cauca para la investigación comunitaria, que se dedica a profundizar en el conocimiento tradicional de una manera integral, técnico y científico; según la cosmovisión, en un ejercicio teórico practico desde la autodeterminación del pueblo nasa, en aras de una autonomía en equilibrio con la madre tierra y los demás pueblos. Convirtiéndose a través de la investigación en un mecanismo orientador y defensor del sueño propuesto en el plan de vida del pueblo nasa”. Disponible en: http://www.acincwk.org/index.php/casa-de-pensamiento

[12] Muñoz fue coordinadora del Tejido de Comunicación ACIN y del Programa de Formación en Comunicación de la Universidad Autónoma Indígena Intercultural-UAIIN.

[13] Fogón donde se propician diálogos comunitarios en las familias nasa.

[14] Yuranni Mena explica que siendo pocos los espacios para las mujeres en los territorios es impropio que “cuando se abre uno se limita al acompañamiento psicosocial, con un enfoque muy superficial, como si las afectaciones a la mujer sólo fueran cuestión de consultorio, de consolar llantos y sanar golpes”. Que este primer encuentro a su parecer “tenía un enfoque del feminismo occidental porque sólo tomaba en cuenta la vulneración contra la mujer desde el punto de vista del género aún siendo en un contexto indígena”. Y que, “fue desconcertante que en un evento de mujeres indígenas se negara la participación a un público diverso. Así como el feminismo occidental ‘buscando abrir’ espacios a las mujeres en la sociedad ha caído en aislarlas creando grupos herméticos y excluyentes; en los espacios indígenas también se tiende a caer en ese aislamiento con tales restricciones”.

[15] Ella fue coordinadora del área Nasanet en el Tejido de Comunicación ACIN. La palabra que comparte surge también de estar en conversación con Estela Ipia, comunicadora comunitaria del resguardo indígena de Jambaló.

[16] Década que parió acciones colectivas como el Primer Congreso Itinerante de los Pueblos en el 2004; la Consulta Popular frente al TLC con EEUU y Liberación de la Madre Tierra en el 2005; la Cumbre Itinerante de los pueblos en el 2006; la Visita por el país que queremos en el 2007 y la Minga de Resistencia Social y Comunitaria en el 2008. Acciones que desafiaron al Proyecto de Muerte y proclamaron nacimientos otros para continuar en la búsqueda de equilibrio y armonía con la Madre Tierra.

[17] Aunque no he participado en ningún espacio exclusivo de las mujeres, tomo como referencia lo que he conocido en otros territorios y las voces expresadas aquí, para afirmar que la evidencia hoy nos está mostrando competencias, divisiones y aislamientos –resultado de la intervención institucional- que van atrasando las autonomías y las transformaciones comunitarias de las defensoras de la vida en el territorio.

[18] Con relación al autoritarismo interno,  la experiencia nos está gritando que aún falta reconocer, abordar y problematizar con mayor fuerza las agresiones patriarcales que seguimos sufriendo desde el liderazgo machista y patriarcal. Pues uno ve como en nombre de la “igualdad”, o nos eligen y promueven para que seamos ventrílocuas del liderazgo establecido o nos silencian, aíslan y estigmatizan porque denunciamos el autoritarismo interno. Tema crítico y de fondo que no alcancé a abordar en este texto por la limitación de espacio, pero que queda pendiente para el debate y reflexión interna que pueda tejerse con otros pueblos y procesos donde las mujeres tenemos este tipo de problemáticas.

[19] Ver Tejido de Comunicación ACIN (2014).

[20] Este es un extracto de la intervención de Avelina Pancho en 1997, durante el X Congreso del CRIC realizado en Silvia Cauca, cuando ella coordinó la comisión de Mujer Indígena.

Colombia: entre el patriarcado extractivista y la Madre Vida

Este texto presenta de manera muy general tres aspectos que nos permiten reconocer algunos impactos de la minería en la territorialidad de nuestra Madre Tierra: una concepción de Uma Kiwe como paridora de vida; agresiones y despojos del extractivismo amarrado a otros flagelos que actúa como patriarca de muerte; y algunos haceres femeninos por tanto individuales y colectivos que territorializan nuestra Pachamama y prolongan la vida. Las y los invitamos a leer el texto “Colombia: entre el patriarcado extractivista y la Madre Vida”, que recoge y realza la palabra de algunos procesos de resistencia y de mujeres nortecaucanas que pese a la “exploración, explotación, exclusión y exterminio” siguen ombligadas a la madre vida. Así sí. Carajo!!! Pueblos en Camino

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