La paz de la Mama Kiwe en libertad, de la mujer sin amarras ni silencios

“Cuenten con nosotros para la Paz… Nunca para la Guerra”, le ratificamos desde el pueblo indígena Nasa del suroccidente colombiano, en el departamento del Cauca, a todos los actores armados en conflicto que desde hace varias décadas nos asesinan y desplazan de nuestro territorio.

Pensando en la paz y en el cese al conflicto armado que buscamos, quiero retomar las voces y sentires de compañeras y compañeros que viven a la merced de todos los bandos. De quienes sobreviven a una ocupación militar territorial que lo único que les trae a diario es el terror de una guerra prolongada para que el poder nacional y trasnacional acumule riquezas. De quienes sufrimos las consecuencias de las leyes de despojo que el congreso colombiano amañado a las élites económicas, hace y deshace para privilegiar a los ya privilegiados, mientras el pueblo es empobrecido, asesinado, desterrado, despojado, criminalizado, estigmatizado y señalado por reclamar sus derechos. De todas y todos los que protegemos y tejemos las conciencias, las palabras y las acciones con la de otras y otros, dentro y fuera de procesos, para seguir caminando con las comunidades y no dejarnos permear por la propaganda de todo nivel que usan los “poderosos” para cooptarnos, comprarnos, dividirnos y deslegitimarnos las resistencias y las alternativas de vida.

 

Quisiera empezar este relato hilvanando algunas de tantas historias de sufrimiento y de resistencia que hemos vivido desde siglos atrás y que en la actualidad se repiten. Aunque no son los mismos autores materiales que nos someten y destrozan, sí son las mismas estrategias de terror para aminoran nuestras luchas y propuestas políticas, y sí son los mismos autores intelectuales los que siguen vigentes: el modelo económico de muerte y sus beneficiaros. A lo mejor hilvanar sea innecesario, porque nuestras historias, experiencias, vivencias y prácticas cotidianas de tristezas y alegrías que alimentan y defienden nuestros Planes de Vida (1), son ya tejidos de vida que se fortalecen entre sí, con otras y otros, para seguir siendo desde el territorio. Es difícil decidir qué o cuál vivencia contar, porque no sólo la mayoría de indígenas, sino también campesinos, negros y sectores sociales y populares del país, hemos sido víctimas del modelo económico de muerte: Ya no tenemos el ranchito donde vivíamos dignamente y en comunidad. Estamos desplazados en las grandes ciudades pidiendo limosnas. Nos falta por lo menos un familiar, un amigo, un vecino, un compañero,  porque fue asesinado por alguno de los actores armados o porque se entregó al amplio mundo de las drogas para escapar de esa “realidad”. No podemos caminar con tranquilidad y armonía en nuestro propio territorio. No podemos sembrar comida para nosotros porque las tierras están invadidas de monocultivos. No podemos disfrutar de los bienes comunes porque están privatizados por transnacionales. Nos señalan de terroristas si exigimos nuestros derechos y si denunciamos la muerte. Vivimos en una terrible zozobra, esperando el día que nos toque como ya les ha tocado a muchos conocidos y desconocidos. Aún así, con todo lo que nos empuja a la muerte, seguimos resistiendo. Proponiendo y aportando a nuestras organizaciones, procesos y comunidades en medio de contradicciones, y nos plantamos en nuestra terquedad de seguir siendo y en la necesidad vital de equilibrar y armonizar la vida toda con la Madre Tierra, antes de que esta termine de desangrarse bajo los impactos de la tortura económica, social y política con la que siguen explotándola.

 

Así paso a contar algunos de tantos crímenes de lesa humanidad perpetrados por los escuadrones de la muerte agrupados en las Autodefensas Unidas de Colombia-AUC -más conocidos como los paramilitares-, no sólo desde lo que todas y todos ya conocemos en todo el país, sino referenciando la confesión de uno de los comandantes extraditados a los EE.UU. De otro lado, narro algunos hechos también violentos que la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- FARC, ejecutó en nuestro norte del Cauca. La mayoría de testimonios son desde las comunidades indígenas Nasa, que además nos cuentan cómo vienen resistiendo y creando alternativas de vida y qué significa para ellos el cese al conflicto armado y la paz, y también les comparto algunas reflexiones y voces de otros sectores sociales y populares que plantean cómo sueñan la paz con dignidad en Colombia. 

 

Actores y acciones terroristas al servicio del despojo

 

Recordemos el descuartizamiento de Tupac Amaru en el siglo XVIII cometido por ejércitos españoles para someter las rebeliones indígenas que él lideró, contra el virreinato que los esclavizaba y los masacraba para explotar las “riquezas” naturales. No sólo despedazaron el cuerpo de este indígena, sino que expusieron su cabeza atravesada por una lanza para que en Cusco, todas y todos los rebeldes se aterrorizaran y desistieran el reclamo de sus derechos. Con esta muestra de “poder” los españoles buscaban garantizar esclavos obedientes y sumisos, así como lo hicieron Chiquita, Dole, Del Monte y quién sabe cuántas corporaciones transnacionales más, para acabar con los sindicatos bananeros. Así lo confesó Ever Veloza, alias HH, jefe paramilitar extraditado a EE.UU junto con otros más, precisamente cuando empezaron a confesar verdades que ponían en descubierto a los beneficiarios finales de la guerra en Colombia. Fueron extraditados para ser juzgados sólo por narcotráfico y concierto para delinquir, pero no por todos los crímenes de lesa humanidad que cometieron en el país. En las versiones “libres” que se realizaron bajo la Ley de Justicia y Paz que proclama sin sustento garantizar Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición de crímenes de lesa humanidad a las millones de víctimas en Colombia. HH declaró que tanto empresarios como políticos y militares fueron quienes los apoyaron. Que cuando ellos llegaban a una región era porque ya habían hecho acuerdos y tenían además apoyo económico. Que el objetivo no sólo era acabar con la insurgencia armada, porque a lo largo de esta guerra fueron masacradas miles de personas inocentes, sino liberar los territorios para las inversiones de las élites económicas. Que las empresas bananeras estaban en quiebra por los largos paros de los sindicatos. Entonces tenían que actuar para mover esa economía (2). Los paramilitares en Colombia siguen cometiendo crímenes de lesa humanidad, ahora bajo el nombre de Bandas Criminales (Bracim). Nombre con el que se les conoce a partir del gobierno de Uribe, porque supuestamente la desmovilización de estos grupos fue un éxito y ya no existen en el país. Estos grupos nominalmente ilegales, aunque fueran respaldados por el gobierno, coordinaron y actuaron con el ejército colombiano, cometieron más de 3500 masacres en todo el territorio nacional, dejando un número desconocido de huérfanas/os, viudas/os, desplazadas/os y muertas/os en vida que posiblemente perdonan, pero no olvidan semejantes vejámenes cometidos contra la vida toda. Basta recordar las masacres de El Salado en Bolívar y del Naya en el Cauca, donde se dice que cegaron cerca de 100 vidas, pero aún no existe una cifra concreta de las asesinadas/os, decapitadas/os, degolladas/os violadas/os, descuartizadas/os, pues también hicieron y deshicieron con vivas/os y muertas/os. Tal vez fueron las masacres más llenas de sevicia, de terror y de odio, sumadas a cualquier cantidad de torturas, desapariciones y asesinatos selectivos en las regiones que luego se convirtieron en territorios de monocultivos y de industrias extractivas. Los paramilitares y la fuerza pública históricamente sembraron terror en Colombia con todos sus métodos infames de tortura. Testigos cuentan que además tenían hornos crematorios para desaparecer los cadáveres, cuando ya no era rentable para sus estructuras dejar evidencia de tanta muerte. HH también confesó que los comandantes de la fuerza pública solicitaban deshacerse de los cadáveres, para evitar el aumento del índice de violencia que se registraba en sus regiones. El accionar paramilitar lo sufrimos en carne propia casi en todo el país, pero con mayor dureza en las regiones geoestratégicas de interés económico de las transnacionales. Entonces dónde ya se había identificado abundancia de oro, petróleo, coltan, litio, gas, carbón, agua y otros bienes comunes, fue donde mayor muerte y desplazamiento de instaló, pues en varias regiones, y en particular, el Cauca aún nos persigue el terror, la guerra y el miedo que se confronta con nuestros planes de vida, la esperanza y la terquedad en la defensa del territorio.

 

Recuerdo  en 1991 la Masacre de El Nilo en el resguardo de Huellas Caloto, donde asesinaron a machete, hacha y bala a 20 comuneras/os Nasa que reclamaban su derecho a la tierra. No puedo olvidar la gigantesca “limpieza social” que se ejecutaba día a día en cientos de municipios, por ejemplo: en Santander de Quilichao entre el 2001 y el 2003 y entre el 2008 y este mismo año. Se publicaban listados en las calles y en el cementerio con los nombres de hombres y mujeres a asesinar. Asesinaron y desaparecieron a centenares de personas. Recuerdo a vecinas y a compañeras buscando a sus familiares, muchas de ellas se arriesgaban a ir hasta donde estaban los comandantes paramilitares para preguntar por sus hijos. En esa época me contó un amigo que su madre acompañó a su vecina a Lomitas en Santander de Quilichao, para preguntar por su hijo. El comandante las atendió, les dijo que no tenía idea quien era su hijo, pero que si lo habían ejecutado era por guerrillero, o ladrón, o drogadicto, o debía algo. Entonces las mandó a buscarlo a un lugar donde había un enorme hueco atravesado por una gran cuerda donde estaban amarrados los cadáveres más recientes. Fue una escena tenebrosa la que vivieron estas dos mujeres y hasta el sol de hoy no han encontrado al joven desaparecido. No me olvido tampoco del miedo que sentían compañeras y compañeros cuando bajaban de las montañas a hacer mercado a este municipio, pues muchos se quedaban haciendo compras de por muerte (porque sería falso decir de por vida), es decir, nunca regresaban a su hogar. Los paramilitares decían que todos eran guerrilleros, que lo que compraban de comida no era para ellos y que eran sapos de la guerrilla. Así otros cientos perdieron la vida. Lo paradójico era que algunas/os de los que regresaban a su resguardo sanos y salvos, eran acusados de ser informantes del ejército y por ende de los paramilitares, y eran “ajusticiados” por las Farc en las montañas.

 

Nosotros sabemos, entendemos y compartimos históricamente la necesidad de formar ejércitos del pueblo para defender a los desposeídos. Fue una de las formas de resistir y de evitar el robo de nuestro territorio a manos de grandes latifundistas, así evitábamos algunos abusos de los terratenientes. “Cuando iniciamos las recuperaciones de tierra en el Cauca, no las hicimos solos como indígenas, nos unimos con los campesinos y otros sectores empobrecidos. Hasta los actores armados nos ayudaron en ese camino, eso fue entre el 60 y el 70”, afirma con nostalgia, Jaime Díaz, dirigente del reguardo de Tacueyó en Toribío, porque desde hace varias décadas las Farc ya no son el ejército del pueblo. Aunque así se autodenominen, lo que vivimos, vemos y sufrimos en nuestro territorio nos ratifica que no nos representan, que la fuerza que ejercen con sus armas recrudece también la violencia, nos desplaza e intenta acallar nuestra voz y la fuerza de nuestras ideas, con la fuerza de sus fusiles. Claro que nuestras resistencias no son estáticas, pues aunque en décadas atrás nos apoyaron y hasta nosotros tuvimos el Quintín Lame, como brazo armado de nuestro movimiento, sabemos que ahora ni ética y estratégicamente la lucha armada es conveniente. No podemos defendernos del enemigo matándolo si proclamamos defender la vida toda.

 

Es terrible el deterioro que en las últimas décadas ha sufrido la propuesta política que lideraban las Farc en nombre de las colombianas y colombianos. Obviamente entendemos que el vil golpe que le dieron a sus estructuras y figuras políticas – con cerca de 4000 asesinatos de miembros de la Unión Patriótica-, que sí le apostaban a los verdaderos cambios en el país por la vía civil, tienen que ver con lo que hoy no reconocemos en las Farc. Pero no entendemos cómo en el ámbito de nuestros territorios, también nos causan el mismo dolor y despojo que rechazan del modelo económico de muerte. En Colombia, y en particular en el norte del Cauca, las Farc no sólo nos han asesinado a nuestros líderes, sino que también han intentado infiltrar nuestras organizaciones para someternos a su control. Ellos al igual que los otros actores armados, también viven del narcotráfico, amenazan, asesinan e intimidan a nuestras autoridades indígenas y a comuneras y comuneros. No voy a hacer un listado de nuestras muertas/os a manos de milicianos de las Farc, pero si quiero contar de dos asesinatos cometidos en un mismo lugar de nuestro territorio, que en lo personal me dejaron impresionada, por lo parecido de estos hechos a las prácticas de los escuadrones de la muerte.

 

Mi familia y yo llegamos a vivir a Santander de Quilichao desde finales de los 80. Nos tocó salir del resguardo de Jambaló, porque mi mamá en uno de sus sueños descubrió a los asesinos de toda la familia de uno de sus compadres. Llegamos al barrio Belén a vivir en un rancho de barro que mi abuelo había construido. Allí conocimos tanto a personas que nos miraban con desprecio por ser indígenas, como a quienes nos tendieron la mano, porque habían salido de sus resguardos durante la época de la violencia (50s – 60s) y se habían logrado instalar en ese barrio. Allí crecimos con otras niñas y niños con quienes entablamos complicidades desde la pobreza. Recuerdo a uno de los amiguitos de mi hermano Cristian, le decíamos “Care Luna”, era el más juicioso de la cuadra, pues le gustaba estudiar, ayudaba y acompañaba a su mamá, era quien nos hacía morir de risa, era mimado y bien miedoso, era amable con las vecinas, respetuoso y bastante amiguero. Se metía con la gente que conocía, no tenía grandes problemas, excepto cuando corría por toda la cuadra sosteniendo sus pantalones, para que su mamá no lo alcanzara con la correa para castigarlo por prestar la moto o dejarla botada por irse a tomar algunas cervezas con sus amigos. Care Luna ya había terminado el colegio y últimamente le había dado por andar de baile en baile, aprovechando la moto que su mamá le había conseguido para hacer domicilios -uno de los trabajos informales más extendidos después de la venta de minutos de celular-. A mediados de 2009 le dio el arrebato de irse con un amigo que también hacía domicilios a las ferias de El Tierrero, una vereda del resguardo de Huellas Caloto. Cuentan que no regresó más a su casa. Su mamá desesperada decidió ir a hablar con uno de los comandantes de las Farc que opera en esa zona, porque le habían dicho que a su hijo se lo habían llevado unos milicianos. Dicen que ella se fue acompañada de su hijo mayor y logró que la atendieran en ese campamento. Que allá le mostraron un video donde habían grabado el interrogatorio a su hijo y a otros más: lo vio con las manos amarradas en la espalda diciendo que no era informante de nadie, que solo hacía domicilios, que vivía en el barrio Belén y que por favor no lo mataran. Tan sólo tres días después la vecina le pudo darle sepultura su mi hijo mejor. No me olvidaré nunca de la gran tristeza que mi hermano Cristian sintió en ese momento: “Él no merecía la muerte, ¿por qué si era tan sano? Mejor me hubieran matado a mí que no sirvo para nada y que solo les traigo problemas”. Me repetía mi hermanito por teléfono sin imaginar que un año más tarde las famosas bandas criminales le cegarían la vida en una de las esquinas del barrio, porque varios años después de instalarnos en Belén, sin oportunidades y sin mucho por hacer, él había caído en el oscuro mundo de las drogas, de donde nunca logró salir. Aunque ahora después de casi un año de duelo, siento que él se liberó y desde donde está nos acompaña y protege.

 

En el mismo sitio un año después, milicianos de las Farc torturaron y asesinaron a una joven indígena acusada de ser colaboradora del ejército. No es ni será el último asesinato, porque siguen creciendo las víctimas de las Bacrim, de la fuerza pública y también  de las Farc, en todo el territorio y en particular desde este lugar:

 

“Zuleima Coicué, indígena Nasa, nativa de la vereda El Damián del Resguardo de Tacueyó, era madre soltera y tenía 21 años.  Estudió hasta 5º de primaria. Trabajaba con su papá en una tienda donde se rebuscaba lo necesario para poder sostener a Juan David, su hijo de 4 años. 
Sus amigos y allegados la recuerdan como una muchacha alegre, trabajadora y hogareña, no acostumbraba mucho a salir de su casa.  Sin embargo el sábado 10 de julio de 2010, durante las fiestas de El Tierrero, tenía muchas ganas de ir a bailar.  Le pidió a su primo que fueran,  pero ni él ni su papá querían que saliera, no porque temieran algo sino porque tampoco acostumbraban a salir a las festividades. Fueron a la feria instalada al pie de la carretera que se extendió hasta el amanecer.  Hacia las cuatro de la mañana, su primo le dijo que regresaran a la casa, ella le sugirió que esperaran a que aclare un poco el día, él se quedó esperándola afuera, pero ya no volvió a verla. Al principio, y ante la demora, él dedujo que ella habría regresado con alguien más por lo que decidió salir solo. Hasta el medio día se enteraron de que, no sólo, nunca regresó a la casa, sino que además, estaba en Caloto, muerta, con señales de tortura y de violación”.
(3)

 

Algunos de los pocos que hablaron a pesar del temor a ser asesinados contaron que a Zuleima la sacaron arrastrada de la fiesta, que la llevaron como a un kilómetro de distancia. Ahí en un potrero todos la violaron y luego la ultimaron a tiros, para después dejarla tendida a la orilla de la carretera. Otros decían que cuando la encontraron le faltaba un seno, nadie habla de este horror. Sólo se sabe que fue “ajusticiada” por los milicianos, quiénes al igual que los otros actores armados se creen dueños de la vida y por eso la arrebatan cómo les parece y cuándo se les viene en gana. La vía que de El Palo conduce al resguardo de Toribío, y El Tierrero, en los últimos años se han convertido en una de las vías más sangrientas del norte del Cauca. Allí semanalmente se recoge un sin número de cadáveres, varios que la comunidad logra reconocer y enterrar, y otros tantos que no se logran identificar y van a parar a la morgue de Caloto, Corinto o Santander de Quilichao.

 

La guerra beneficia el extractivismo de bienes comunes

 

Sumado a esto, se presentan continuos enfrentamientos entre todos los actores armados para desplazar a los pueblos, pues como dice el compañero Héctor Mondragón, “en Colombia no hay desplazamiento porque hay guerra. En Colombia hay guerra para que haya desplazamiento”. Eso es evidente y se hace cada día más claro en nuestros territorios, porque todas las acciones violentas, incluidas las de quienes se hacen llamar ”ejército del pueblo”, sólo benefician a los amigos de la codicia. Por ejemplo: La toma guerrillera perpetrada contra Toribío el pasado 9 de julio fue una acción demencial de las Farc, no sólo por las vidas que cegó y las familias que afectó psicológica y económicamente, sino también por su insistencia en atacar con sevicia el corazón de la resistencia pacífica en Colombia. Porque aunque insistan en declarar lo contrario, el ataque sí fue contra el pueblo, contra los civiles, contra los indígenas, contra la dignidad y la resistencia que se teje desde el norte del Cauca. “Nos sorprende que siempre que atacan dicen que es contra la fuerza pública, pero las casas destruidas son las nuestras. En el último ataque fuerte a Jambaló la mayoría del casco urbano nos desplazamos a los sitios de asamblea permanente –escuelas señaladas con banderas blancas- para dejarlos que pelearan entre ellos, y no pasó nada”, reclama un comunero de Toribío. Toda acción violenta de la insurgencia armada contra los pueblos, provoca más guerra y le sirve como pretexto al régimen, para consolidar nuestros territorios como teatros de operaciones militares.

 

La Asociación de Cabildos Indígenas del norte del Cauca-ACIN, en su reciente documento resultado de la Audiencia Pública después del ataque a Toribío, ratifica que “(…) ambos bandos comparten la misma estrategia, disparan, hacen estallar explosivos o bombardean indiscriminadamente, con la supuesta certeza de que los civiles muertos o heridos, por estar cerca de sus enemigos, también son blancos legítimos” (4). Es claro que ningún actor armado nos protege, ambos nos utilizan como carne de cañón, mientras aseguran defendernos. Y lo peor de todo no es sólo que los civiles somos los que más perdemos en este conflicto, sino quiénes se benefician con esto, porque la consecuencia del ataque del 9 de julio fue la instalación acelerada del Batallón de Alta Montaña con miles de soldados en Tacueyó. Batallón que con seguridad será reconocido como la mayoría en el país, por sus constantes violaciones a las mujeres, robo de alimentos y animales a las comunidades, intimidación y abuso de poder con sus fusiles, y tal como lo hacen todos los actores armados: “usando nuestras casas como trincheras, porque tanto el ejército como la guerrilla se protegen con nuestras casas”, testimonia Walter Noscué, gobernador del resguardo de Toribío. Pero veamos lo que empezó a agudizarse en el norte del Cauca, después de que en Audiencia Pública realizada en Toribío tras el ataque de las Farc, exigimos la salida de las bases militares del Gobierno y de la insurgencia armada de las Farc de nuestro territorio. Al día siguiente de este encuentro colectivo en el que ratificamos nuestra posición de autonomía ante todos los actores armados, reiniciaron los asesinatos selectivos y las amenazas. No han parado de asesinar indígenas que han prestado servicio militar, aun estando fuera del servicio activo. Siguen asesinando trabajadoras sexuales, todas y todos acusados de ser informantes (5). Una compañera me decía que cuando fueron a una de las comunidades a hacer un videoforo, se encontraron con una fiesta organizada por los milicianos, quienes con fusil al hombro y micrófono en mano vociferaban: “estos indios han dicho que nos tenemos que ir de aquí. Vamos a ver quiénes se van primero”. En otra comunidad me contaban que “las milicias han dicho que no responden por la gente que transite después de las 7:00 de la noche”. Mientras tanto recibimos una llamada amenazante a la sede principal de la ACIN, en la que nos daban un plazo de 24 horas para que desocupáramos todas las sedes de la organización (6), y seguimos recibiendo amenazas de las Águilas Negras y Los Rastrojos, grupos paramilitares que el gobierno Uribe ”desmovilizó” (porque en Colombia los 30 mil hombres que entregaron las armas siguen matando). Esto es sólo una mínima muestra de lo que viven las comunidades en el norte del Cauca, ¿quién sabe cuántas más cosas pasan y se quedan acalladas en las montañas, por temor a represalias y a más muerte y dolor?

 

Como decía antes y como bien lo expresó la ACIN hace pocos meses:

(…) cada vez tenemos menos dudas de que la guerra es funcional al modelo de colonización minero-energético, de la expansión de los agrocombustibles y de la expropiación de los territorios indígenas y de los afrodescendientes y campesinos, impulsada por las transnacionales. Tanto la invasión de nuestros territorios por el Ejército oficial, como la ocupación de nuestras comunidades por la insurgencia armada, promueven un modelo territorial y económico extractivo y dependiente de las rentas de los bienes comunes, reproduciendo un sistema de despojo y aniquilamiento que los indígenas conocemos desde hace siglos” (7).

 

Y como claramente decía un Nasa en Toribío: “el supuesto control de la fuerza pública con la entrada del nuevo Batallón al territorio es para manejar el narcotráfico”, quien ve con malos ojos la entrada masiva de militares al norte del Cauca, seguramente, porque él como muchos otros, hemos sido testigos de que también los soldados y policías negocian con los narcotraficantes y hasta protegen las rutas claves para procesar y sacar la droga. Además es el control territorial que necesitan ejercer contra las resistencias y las alternativas de vida del movimiento indígena, para romper los procesos y abrirle camino a las transnacionales.

 

La guerra es para ellos. La paz es nuestra

 

“Señor presidente: la guerra no se termina con más guerra; eso ya está suficientemente demostrado en más de 50 años de confrontación armada en Colombia. Señor Alfonso Cano (comandante del secretariado de las Farc): su guerra popular hace rato se convirtió en una guerra contra el pueblo. Es hora de dialogar para encontrar una solución política a este conflicto que nos extermina”,

 

fue el mensaje contundente que desde Toribío se les envío a los mandos de los dos actores armados, que pese a toda nuestra resistencia y alternativa milenaria, siempre terminan invisibilizándonos con sus actos de muerte.  La necesidad de un diálogo en el país fue el llamado, pero no solamente entre actores armados, sino con la sociedad civil, que somos los principales afectados y despojados como consecuencia de esta guerra. Una guerra absurda para quienes la vivimos, pero clave para quienes se benefician del modelo económico de muerte.

 

En nuestras comunidades desde varios años atrás no sólo se ha hablado del conflicto armado, pues lo hemos vivido en carne propia, y por eso nos hemos visto obligados a resistirlo, a protegernos y a pensar en cómo hacer para defender nuestros planes de vida. Por eso nuestros esfuerzos se han enfocado en el fortalecimiento de nuestros cabildos, proyectos comunitarios, tejidos de vida, programas y acciones colectivas del proceso político organizativo. En ese camino nuestro sueño y nuestra apuesta colectiva es consolidar una propuesta política que recoja todas las causas populares, no sólo nuestras reivindicaciones indígenas. Por eso desde hace casi una década revivimos la Minga (8), como acción colectiva nacional, no sólo del hacer ancestral y cotidiano en nuestras comunidades. Sino un trabajo común, donde todos pudiéramos dar puntadas para fortalecer los tejidos de vida que nos configuran como indígenas, campesinos, negros y sectores populares, empujados a construir un “país de los pueblos sin dueños”. Con una agenda de unidad nacional que respete nuestras particularidades, pero que luche por temas centrales que nos tocan a todos, como la transformación del modelo económico de muerte, en Planes de Vida desde y para los pueblos. Que el terror y la guerra sean superados por la armonía y el equilibrio entre todos los pueblos. Que la legislación del despojo sea suplantada por leyes que protejan tanto a los seres humanos como a la Madre Tierra. Que  los acuerdos con el Estado sean de cumplimiento obligatorio sin chantajes y sin importar quiénes sean los  gobernantes. Y que construyamos una agenda de los pueblos. Esas son las apuestas grandes y colectivas que queremos seguir tejiendo con todas y todos, pero también nos interesa fortalecer nuestras dinámicas desde adentro: la lucha por la defensa de la vida, por las culturas de nuestros pueblos; por la justicia y la armonía en nuestros territorios, por nuestra territorialidad económica ambiental, y por nuestra comunicación para la verdad y la vida. Son los ejes fundamentales de nuestro proceso y por los cuales tratamos de caminar la palabra pese a diversas dificultades internas y contradicciones permanentes, que como en todo proceso, se manifiestan en varios ámbitos para desafiarnos.

 

En tal sentido, una de las mayores dificultades que tenemos en términos del conflicto armado, es que muchas de nuestras hermanas/os indígenas han sido empujados a tomar partido en alguno de los bandos, ya sea por compartir cierta ideología, porque el mismo despojo los ha empujado a tomar las armas, o lo más común, por reclutamiento forzado y por violencia intrafamiliar. En la actualidad nos encontramos con muchos guerrilleros y milicianos que se adhieren a las filas sólo para ejercer poder con un arma, para vengarse de quienes los han ofendido, para delinquir con mayor facilidad, son pocos los que sostienen una discusión política, pues lo que saben hacer es ejercer la fuerza de sus armas. Así, muchos de nuestros jóvenes y jovencitas también han abandonado las estructuras organizativas de sus comunidades porque tampoco encuentran espacios y ven que algunos líderes son tan autoritarios  como los que rechazamos en el discurso. “Hay muchos jóvenes milicianos, pero ¿qué vamos a hacer si el control no empieza desde la misma familia?”, pregunta con angustia una maestra del reguardo de Toribío, porque ha visto cómo en los últimos años son jóvenes y niños indígenas los que engruesan las filas de las guerrillas. También Carlos Banguero, alcalde de Toribío, mencionaba con preocupación que “en la primera toma al municipio eran paisas, costeños y caqueteños los que atacaban al pueblo, pero ahora son nuestros jóvenes, nuestros niños, los que están atacando a su propio pueblo”. Es una situación muy complicada para las familias, para la comunidad, para la organización y para el movimiento indígena, por eso las bases comunitarias exigen a todos los actores armados salir del territorio. Simultáneamente se hace necesario “revisar la prepotencia de algunos líderes, nuestras estructuras, nuestras autoridades y nuestras acciones dentro del territorio, porque las asambleas se están mermando. Creo que otros nos están ganando gente”, manifiesta con preocupación otro comunero de Tacueyó, haciendo referencia a decisiones autoritarias de unos líderes que han roto los procesos de consulta con las bases. Aclara también que aunque no son todos, las decisiones y las acciones contradictorias de una sola persona en nombre del proceso afectan a todo el movimiento. “Los líderes y autoridades deben llegar y acompañar más a las comunidades. La consejería debe orientar más y tomar decisiones consultando a la comunidad. Revisemos la dignidad, la solidaridad, la igualdad, la equidad, la hermandad. Es una tarea que tenemos como urgente para recuperar la confianza en nuestro territorio”, convoca la gobernadora de López Adentro. Así, tenemos como prioridad volver a las bases, escucharnos, reflexionar y tomar decisiones colectivamente para fortalecer nuestro proceso político organizativo que viene siendo agredido no sólo por el modelo económico de muerte, los actores armados, las leyes del despojo y la propaganda, sino también por nuestra falta de coherencia al caminar la palabra.

 

Ser como Mama Kiwe con humildad por la vida

 

El movimiento indígena colombiano, impulsado desde el norte del Cauca, lugar donde nació el Consejo Regional Indígena del Cauca-CRIC, el 24 de febrero de 1971, se ha caracterizado por su resistencia y lucha permanente en la defensa de la Madre Tierra y la vida toda bajo las banderas de Unidad, Territorio, Cultura y Autonomía. Como decía antes, en particular desde hace aproximadamente una década, se ha venido haciendo conciencia colectiva en casi todo el territorio para entender que ante nuestros planes de vida, se imponen los proyectos de muerte del capital transnacional. Aprendimos a reconocer que en cada época nuestro agresor material iba cambiando de máscara: españoles, terratenientes, estadounidenses, ahora transnacionales. Qué debíamos recrear no sólo nuestras luchas, sino nuestra propia vida para resistir. Qué el desafío que nos convoca a defender el territorio es el mismo que convoca a los demás sectores sociales. Que solos no podemos y que nos necesitamos mutuamente para resistir y pervivir en Colombia. Por eso desde la Minga que proyectamos al ámbito nacional, nos propusimos una agenda de los pueblos. Empezamos diversas acciones colectivas para defender la vida defendiéndola con otros y otras. En  ese camino hermoso y lleno de alegrías por compartir con los otros pueblos, también nos encontramos con espinas que como seguramente en todas partes, también han fracturado nuestros tejidos de vida y buscan romperlos, si es que no fortalecemos propuestas políticas más allá de las reivindicaciones sectoriales. Es evidente que cuando los procesos empiezan a consolidar sus tejidos en unidad, no sólo llega la agresión externa a romper sus hilos, sino que también las contradicciones internas empiezan a aflojarlos. Esa es nuestra experiencia, porque cuando nos vieron con una propuesta concreta y trabajando como hormigas, llegaron en paracaídas las ong´s a financiar nuestros procesos. El error que cometimos fue permitir que éstas financiaran lo que querían y no anteponer nuestros criterios y necesidades, pues muchas de estas que son bien funcionales al modelo económico, terminaron cooptando a algunos dirigentes y si no reconocemos estas falencias, es posible que terminen cooptando todo nuestro proceso organizativo. Con todo lo anterior, siento que se puede entender de manera muy general la época que estamos viviendo, o mejor, nuestro contexto actual desde el norte del Cauca.

 

Para continuar con este relato quiero compartir algunas incógnitas que nos invaden a muchos de nosotros y nosotras, ahora más que nunca, precisamente cuando se empieza a hablar de un diálogo entre los actores armados y el gobierno, y más aún, cuando algunos líderes ya han ofrecido nuestro territorio para esos diálogos:

 

¿Qué significa vivir en paz para nosotros los Nasa?, respondieron sin que se les preguntara, mayoras/es, jóvenes, niñas/os de diversos resguardos del norte del Cauca, durante las comisiones de trabajo previas a las Audiencia Pública de Toribío. La mayoría no se refirió a ofrecer el territorio para diálogos con los actores armados y con el gobierno, antes ratificaron su rechazo y exigencia a su salida del territorio. Pese a que ya tenemos la experiencia en diálogos con ambos actores armados, manifestaron ir a los campamentos, pero a arrebatar a las niñas/os y jóvenes que nos han robado. Reconocieron que tenemos grandes contradicciones y problemáticas que están resquebrajando nuestras organizaciones, entonces propusieron abordarlas para fortalecer nuestras estructuras y por ende los procesos. Nadie habló de ningún proyecto de Paz financiado por ong´s, sino de consolidar la autonomía territorial con todos los proyectos comunitarios para alimentar los planes de vida. Nadie habló de negociar nada con el gobierno de Santos, antes exigieron desobediencia civil a las leyes de muerte que impone. Nadie aseguró haber discutido ampliamente y estar de acuerdo con el ofrecimiento del territorio como zona de despeje, antes exigieron un análisis amplio y consulta con las comunidades. ¿Entonces cuando hablamos de paz a qué nos referimos?: pues a vivir en equilibrio y en armonía con la Madre Tierra; a que todas y todos volvamos a caminar con libertad la palabra de los pueblos; a  transitar tranquilamente por la comunidad sin temer a la muerte; a estudiar en la escuela sin que ésta se convierta en trinchera de los malos; a sembrar y a cosechar nuestros alimentos en nuestra parcela sin miedo a las fumigaciones; a volver a tomar el agua de los ríos y las quebradas; a ver reverdecer nuestras montañas envés de ver desiertos de tierra y químicos desechados por las mineras; a volver a sentarnos con suficiente tiempo y amplia participación en nuestras asambleas y tomar decisiones sin premura; a integrarnos más de lleno entre todos no para enterrar nuestros muertos, sino para celebrar el milagro de la vida; a tejer lazos de unidad con otros pueblos y procesos; a vivir, recrear y alimentar nuestros sueños y planes de vida. Esto fue lo que retumbó en varias comisiones, como resultado del cese al conflicto armado, pero también del modelo económico de muerte. Por todo lo anterior, comuneras/os exigieron:

 

“reflexionar más ampliamente en la comunidad y con las autoridades sobre las implicaciones de declararnos territorios de paz y de autonomía”, y propusieron“declarar los territorios en resistencia y en desobediencia al conflicto armado y a las leyes del Estado. Realizar barridos veredales de información y de reflexión en todo el territorio. Que la fuerza pública y la insurgencia armada saquen sus males de nuestro territorio” (9).

 

Propuesta que se convirtió en camino porque ya iniciaron desde el norte del Cauca, las Mingas de Resistencia por la Autonomía y Armonía Territorial y por el cese de la guerra, para la desmilitarización de los territorios indígenas y el freno a la militarización promovida por el ejército y las FARC. La ACIN con apoyo del CRIC encabezan estos recorridos de la mano de la comunidad y de todos los tejidos de vida de la organización. Precisamente el primer recorrido e instalación de controles territoriales se realizó en la vereda El Tierrero, allí desde el día 23 de agosto guardias indígenas acompañadas de comuneros y comuneras, hacen presencia controlando y trabajando pedagógicamente para explicar el objetivo del ejercicio de control y su presencia. La idea es hacer las Mingas de Recorrido Territorial en las 324 veredas de la Cxhab Wala Kiwe (el gran territorio Nasa del norte del Cauca). “Ahora si vamos a poder visitar a los conocidos que tenemos, recoger remedios en los páramos y mirar cómo está la gente porque vamos unidos, con mucha gente y alegres. Antes queríamos hacerlo pero no se podía  porque la gente mala está por todas partes y a uno le da miedo andar solo”, puntualizó un mayor participante del evento en El Tierrero.

 

Ahora pensemos si ¿con el cese al conflicto armado tendremos paz en nuestros territorios? Muchos cansados de ver caer muertos día a día y no soportar más la sevicia de la guerra, aseguran que sí es suficiente, que serían felices si el territorio queda despojado de todos los militares y sus vidas vuelven a la “normalidad”. Otros manifiestan que el cese al conflicto armado es un paso importante y urgente, pero que no garantiza la paz, mientras el modelo del libre comercio y el extractivismo siga imperando. Y con razón porque el problema de fondo no son los actores armados, pues son simples instrumentos que utilizan para despojarnos y aterrorizarnos. Si cesa el conflicto armado, si todos los actores se desmovilizan, ¿qué van a hacer esos hombres y mujeres que se acostumbraron a la guerra?, ¿Si no hay oportunidades para los civiles, será  que habrán para los desmovilizados?, ¿se ampliarán las llamadas bandas criminales en Colombia?, ¿Qué pasa si las leyes siguen siendo las mismas y nos siguen despojando del territorio y de nuestros mínimos derechos?, ¿Qué pasa si las trasnacionales siguen promoviendo el extractivismo de nuestra Madre Tierra?, ¿qué pasa si siguen oenegeizando y cooptando nuestros líderes y procesos?, ¿qué pasa si no reconocemos ni abordamos debilidades y contradicciones internas para fortalecer nuestro proceso?, ¿qué pasa si los políticos nos siguen engañando y sólo nos buscan para que les sirvamos de escalera para trepar?. ¿Será que el cese al conflicto armado es suficiente para vivir en paz en nuestros territorios y en toda Colombia? Son decenas de preguntas que nos hacemos a diario todas y todos, porque nos da mucha desconfianza que el creador de los falsos positivos en Colombia y promotor de leyes más lesivas que las aprobadas por Uribe en sus mandatos, o sea el presidente Santos, sea quien ahora nos hable de Paz. Cómo sería imaginarnos el cese al conflicto armado o por lo menos evitar la muerte de múltiples víctimas que no hacen parte de esta guerra, digo sólo víctimas, pero no me atrevo a decir inocentes, no porque dude de su inocencia, sino porqué no sé hasta dónde quienes mueren en combate son culpables. ¿culpables de no tener oportunidades?, ¿culpables de no tener tierra para trabajar?, ¿culpables de no tener acceso a la educación?, ¿culpables de no tener una vida digna?, ¿culpables de su reclutamiento forzado?, ¿culpables de sólo saber manejar un arma?, ¿culpables de ser empobrecidos?, ¿culpables de la descomposición social que los envuelve?, ¿culpables de la riqueza de los poderosos?, ¿culpables de que sólo haya tierra para los monocultivos?, ¿culpables de la destrucción de la Madre Tierra?. Siento que de todo eso sólo son culpables el modelo económico de muerte y todos sus beneficiarios, que usan a quienes están arriba nuestro legislando, trabajando y sentenciando a favor de sus intereses transnacionales y sólo les importa su codicia para acumular. El modelo económico de muerte  es el autor intelectual de nuestra destrucción y despojo. Creo que si tomamos sólo la guerra como referencia, el cese al conflicto armado sería vivir en paz, pero si retomamos nuestros Planes de Vida, nos queda claro que el cese al conflicto armado es un anhelo, una esperanza y una apuesta colectiva que puede ser clave para garantizar la paz, pero si a la par no cohesionamos ni movilizamos una agenda política para la transformación, nuestra resistencia se va a reventar.

 

Entonces ¿cuál es la paz con dignidad que necesita Colombia? Hace poco se realizó un diálogo e intercambio entre organizaciones sociales y populares en Barrancajabermeja, Santander, donde se juntaron cerca de 30 mil personas en el Encuentro Nacional de comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas por la Tierra y la Paz de Colombia. En ese espacio reflexionaron sobre hechos que vienen afectando los territorios, como la agudización del conflicto armado que vive el país y también se preguntaron sobre cuál es la paz que necesitamos.

 

“Se está realizando este evento por la paz, pero ¿qué entendemos por Paz? Sí se plantea la paz como un cese al conflicto armado, puede ocurrir que el conflicto disminuya pero eso no significa paz. Para que exista paz, necesitamos tener autonomía, y la autonomía no se consigue negociando con el gobierno derechos por recursos económicos o que algún grupo armado deje las armas. La verdadera paz la construye la base”. (10) “Para que exista tranquilidad ya que estamos hablando de paz, el gobierno no debe entregar la soberanía nacional. En la actualidad no podemos hablar de soberanía, ni de reforma agraria, porque no existe y a esto también hay que apostarle. Hay mucha tierra en pocas manos y muchas manos sin tierra para trabajar” (11),

 

expresaron algunos participantes de este gran evento que sin duda, hace un aporte importante a los caminos de paz que todas y todos anhelamos. Ese espacio no sólo sirvió para visibilizar las resistencias y alternativas que promovemos los procesos organizativos en Colombia, sino también para ratificar la guerra como instrumento de despojo y decirles a todos los actores armados que No nos representan y que estamos cansados de sus crímenes y mentiras. La Declaración Política que emanaron desde Barranca nos convoca a transformar el modelo económico de muerte, a continuar y articular las resistencias y esfuerzos alternativos en el país para construir nuestra paz: una paz con dignidad, no una paz para vendernos. Comparto dos puntos claves de dicha declaración:

 

La democracia en nuestro país y la generación de mejores condiciones para hacer efectivos y garantizar nuestros derechos demanda un nuevo modelo que posibilite el uso de nuestros recursos y riquezas, superando las profundas desigualdades económicas y sociales, en función del buen vivir de nuestra población”.

“Somos conscientes que la perspectiva de la solución política posee muchos enemigos, especialmente aquellos que se benefician del estado de cosas existentes y de la sociedad de privilegios que les sirve de sustento. Desactivar la guerra desfavorece, además, a quienes han hecho de ella un negocio lucrativo. Los colombianos tenemos el derecho a propiciar conscientemente la generación de nuevas condiciones para emprender el camino que pueda conducir a un trámite distinto del basado en el ejercicio de la violencia-de manera que los conflictos que le son inherentes a nuestra sociedad, puedan transitar por la vía del dialogo la justicia social y la paz”. (12)

 

Comparto para alimentar el diálogo entre los pueblos y procesos desde Colombia, la paz que convoca y motiva al compañero Manuel Rozental:

 

“No más guerra: Paz, pero la paz de los pueblos que es sin Libre Comercio, sin leyes de despojo, sin terror y con verdad, justicia y reparación integral, con Estados que cumplan con sus obligaciones sin importar quienes los gobiernen y, sobre todo, con una agenda de los pueblos que no se puede ni ignorar, ni negar, ni suplantar por la paz de los de arriba. La paz de la Madre Tierra en libertad, de la mujer sin amarras ni silencios, de la vergüenza convertida en espejo que nos mira sin clemencia y con ternura y consigue por fin el nunca más!”. (13).

 

¿Entonces cuáles son los desafíos a que nos convoca este contexto, en el que no tenemos la misma fuerza que cuando nos movilizamos masivamente con otros en las calles y con propuesta política? Reconocer que desde afuera no sólo se están apropiando de los bienes comunes sino también de nuestra gente: a algunos jóvenes los reclutan los actores armados para sus bandos (guerrilla, fuerza pública, paramilitares); mientras que a varios dirigentes las ong´s, los gobiernos y hasta las mismas transnacionales los confunden para cooptarnos. Unos halan para un lado, otros para el otro, nosotros desde diversos espacios comunitarios, entre los que se incluye sin ánimo de protagonismo, el Tejido de Comunicación, seguimos pensando qué hacer y cómo actuar colectivamente para evitar que la resistencia se reviente y para avanzar con nuestros planes de vida. Nuestra resistencia no es infinita y es imposible seguir tambaleando entre bandos, mientras nuestra autonomía nos reclama libertad y emancipación. Si seguimos como vamos el proceso se va a reventar, pues siento que con unos halando para un lado y otros para el otro, la cuerda no va a aguantar. Es urgente volver a recorrer caminos como los que transitamos con el Congreso Indígena y Popular; en la Consulta Popular frente al Libre Comercio, en  la Liberación de la Madre Tierra, en el Congreso Itinerante de los Pueblos, en la Visita por el País que Queremos y en la Minga de Resistencia Social y Comunitaria. Caminos necesarios para la cohesión, la movilización y para recrear los mundos de los pueblos sin dueños.

 

Siento la responsabilidad de hacer acá un llamado desde lo más arraigado de mi alma como indígena Nasa, como hija del territorio de mis ancestros. Es un llamado vehemente a quienes se equivocan, a quiénes nos atrapan entre dos machismos que dan la espalda a la Ley de Origen de la Madre Tierra. Un machismo que habla palabras y realiza acciones de guerra, de violencia, de fuerza y ayuda a reclutar para la muerte a nuestros hijos e hijas de la armonía. Otro machismo que nos condena a plegarnos ante el mandato de los poderosos con razones prácticas y afanes autoritarios y egoístas. Ni uno ni otro son nuestro pueblo. Ambos silencian a nuestras abuelas y abuelos y no escuchan a la Mama Kiwe con humildad, pero reclamándoles mi derecho como mujer Nasa y nuestro derecho como pueblo libre y autónomo, les exijo respeto. Silencio. Que escuchen nuestras voces porque nos mueve la palabra colectiva y no somos ninguno de los machismos que nos quieren negar la vida. Siento que puede ser nuestra última oportunidad. Callar en este momento sería hacerme cómplice de algo inaceptable. Por eso estas palabras públicas no las pronuncio con rencor ni con ánimo de incomodar o generar malestar, me inspira la obligación de hacer un intento sincero y sentido por convocarlos a obedecer el mandato ancestral al que estoy dispuesta a someterme;  a reabrir los espacios de diálogo y de reflexión colectiva ante la memoria de nuestros mayores; a que cambien para construir la paz de nuestros mandatos y no la de los intereses de muerte de nuestros opresores.

 

                                                                               Vilma Almendra, septiembre de 2011.

Notas y referencias:

(1) Almendra (2009). Palabra y Acción para la movilización. Ver en: http://foros.uexternado.edu.co/ecoinstitucional/index.php/comciu/article/viewFile/1839/1645

(2) Lozano y Morris (2010). Documental Impunity.

(3) Tejido de Comunicación ACIN (2010), Exhumar la memoria. Ver en: http://www.nasaacin.org/editoriales-y-boletin-tejido-de-comunicacion/96-editorial-del-boletin-informativo-semanal/783-tejido-de-comunicacion-acin

(4) ACIN (2011). Pronunciamiento de la Audiencia Pública de Toribío. Ver en: http://www.nasaacin.org/component/content/article/1-ultimas-noticias/2389-terminar-la-guerra-defender-la-autonomia-reconstruir-los-bienes-civiles-y-construir-la-paz

(5) Tejido de Comunicación ACIN (2011). Asesinatos selectivos, pan de cada día en el norte del Cauca. Ver en: http://www.nasaacin.org/component/content/article/1-ultimas-noticias/2441-asesinatos-selectivos-pan-de-cada-dia-en-el-norte-del-cauca

(6) ACIN (2011). Cauca: Los guerreros le dan 24 horas a la ACIN para que abandonen las instalaciones de trabajo. Ver en: http://www.nasaacin.org/component/content/article/1-ultimas-noticias/2429-cauca-los-guerreros-le-dan-24-horas-a-la-acin-para-que-abandonen-las-instalaciones-de-trabajo

(7) Ibíd.

(8) Tejido de Comunicación ACIN (2008). La coordinación de la Minga debe ser colectiva. Ver: http://colombia.indymedia.org/news/2008/10/94422.php

(9) Tejido de Comunicación ACIN (2011). Pueblo Nasa: “Cuenten con nosotros para la Paz… Nunca para la Guerra”. Ver en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=132936

(10) Tejido de Comunicación ACIN (2011). El cese del conflicto no es la paz. Ver en: http://www.nasaacin.org/component/content/article/1-ultimas-noticias/2534-el-cese-del-conflicto-no-es-la-paz

(11)Ibíd.

(12) Encuentro nacional de comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas por la tierra y la paz de Colombia (2011). Declaración final Encuentro de Paz Barrancabermeja. Ver: http://ilsa.org.co:81/node/471

(13)  Manuel Rozental (2011). “Machismo, Tierras y Paz para el Libre Comercio”. Ver: http://colombia.indymedia.org/news/2011/09/123275.php

 


[i]Mama Kiwe: Madre Tierra en Nasayuwe, lengua ancestral del pueblo Nasa.

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