Irreconciliados

Les comparto el capítulo 15: Irreconciliados, del libro con el mismo título de Jesse Wente, compañero Ojibwe de la Primera Nación Serpent River en lo que llaman Canadá. Un texto maravilloso, desafiante, desgarrante que va desenmascarando la esencia, la naturaleza, la verdadera misión de los estados. Basta ir leyendo, sintiendo, rabiando, indignando para retomar la historia de muerte que por siglos hemos cargado como cruz sobre nuestros cuerpos e imaginarios. Basta ir reconociéndonos, con-moviéndonos, levantándonos para retomar las memorias ancestrales que han garantizado nuestra existencia aquí y ahora pese a tanto dolor. Basta leer cada párrafo y sólo ir cambiando Canadá por Colombia, México, África, Estados Unidos, Bélgica… para reconocer despojos, apropiaciones, masacres, leyes, máscaras, engaños, inclusiones, exclusiones… que no han cesado en ninguna parte.

Este es el mejor regalo de cumpleaños que me han dado en los últimos tiempos. Desafortunadamente el libro está en inglés, pero mi compañero Manuel Rozental, el domingo hizo la traducción rápidamente para regalármelo. Nunca es tarde para mirarnos en estos espejos, para ver desde ángulos otros nuestras realidades, para reconocer las cadenas, los cargos, los elogios con los que nos siguen capturando para reconciliarnos con los victimarios estatales, coloniales, patriarcales que nos seguirán sometiendo porque esa es la naturaleza de los estados. Compartimos la traducción y un comentario con el que Manuel me envío este regalo y que yo decidí dejar al final del texto.

Vilma Almendra, octubre 2 de 2022


Capítulo 15
: Irreconciliados
Jesse Wente

Si usted ha estado despiertx en Canadá durante -más o menos- la última década, se ha cruzado con la idea de “reconciliación” entre esta nación y las naciones Indígenas que la precedieron. Desde los preámbulos de las elecciones federales del 2015, ha sido la palabra favorita de Justin Trudeau y su gobierno Liberal. Empezó como un eslogan de campaña, una herramienta para ayudarle a Trudeau y su gente a parecer progresistas mientras avanzaban la misma agenda colonial que ha impulsado a Canadá desde su creación. Ha seguido habitando las bocas de estos políticos como una promesa vacía para renovar una relación “de nación a nación”.

El año en que Trudeau desplazó a Stephen Harper como primer ministro fue también el año en el que el reporte final de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR) fue liberado. Creada para exponer la realidad del sistema de colegios residenciales y su legado perdurable de dolor y trauma, la CVR fue un proceso de 70 años que finalmente resultó en una serie de “hallazgos” que ya existían a plena vista – que habían sido objeto de constatación pública durante por lo menos 20 años desde la publicación de reporte de la Comisión Real sobre los Pueblos Aborígenes. Los colegios residenciales, decía el reporte, habían sido un instrumento de colonialismo que causó daño físico, mental y emocional en los pueblos indígenas que ha resonado durante generaciones, y sigue siendo sufrido ¡Qué descubrimiento!

El poder de la CRV no está en su descubrimiento de los hechos ya bien conocidos para cualquiera que se tomó el trabajo de ver. No, el poder real estaba en el proceso mismo. Durante esos 7 años, más de 6 mil testigos rindieron testimonio ante la Comisión, Muchxs de ellxs, sobrevivientes de colegios residenciales. Muchxs contaron sus historias por primera vez. Muchxs de nosotrxs escuchamos esas historias por primera vez. Ese acto de relatar la verdad fue poderoso y necesario.

Y de esos actos de valor surgieron los 94 llamados a la acción de la CRV, cuyo propósito es honrar esas historias y a la gente que las sufrió, así como a aquellas personas que nunca tuvieron la oportunidad de relatar su historia. En su conjunto, estos pasos ofrecen un camino hacia la reconciliación que pintado en toda la secuencia de números les debe resultar fácil de comprender y asumir: empiece por el número uno y proceda hasta el noventa y cuatro: boom, ahí lo tiene – reconciliado. Pero esa facilidad aparente no ha sido traducida a la implementación ni a la acción. Más de media década desde la publicación del reporte, escasamente unas pocas llamadas han sido abordadas, en las más generosas de las interpretaciones. Algunxs dirían que el número real es cero.

La razón para esa total, o casi total, inercia es simple, pero requiere, en primer lugar, de reconocer que “reconciliación” es el término equivocado tanto para definir la situación como para establecer el objetivo. Reconciliarse en este contexto sería reparar una relación que alguna vez funcionó. Nada de esto existió significativamente jamás entre las naciones Indígenas y el estado de Canadá, de modo que la reconciliación es imposible en este caso, lo es ante cualquier estado-nación de asentamientos coloniales. Lo que verdaderamente se necesita entonces, es la construcción, en primer lugar, de una relación funcional; dejar de pretender que vale la pena salvar la relación actual para desecharla y empezar de nuevo. Este es de hecho el proceso que la CRV esboza y el motivo por el cual ninguna de esas recomendaciones ha sido implementada es que Canadá no tiene ningún deseo de construir una relación funcional con los pueblos Indígenas; existe para el propósito exactamente opuesto.

Como es el caso con muchos otros estados nación de asentamientos coloniales, Canadá fue fundada bajo la Doctrina del Descubrimiento y la idea de terra nullius, la tierra de nadie. Sí, habíamos estado acá durante milenios cuando los europeos llegaron, pero como no éramos cristianos blancos, sencillamente no contamos. Nuestra presencia fue una ausencia de humanidad. La tierra estaba acá para ser tomada.

La existencia misma de Canadá, por lo tanto, depende de afirmar que los pueblos Indígenas son menos que humanos.  En otras palabras, mientras existamos por fuera de los confines de los libros y las narrativas de la historia colonial, somos una amenaza. Y todavía estamos acá, aún como seres humanos, lo que significa que Canadá no es más que un proyecto asesino de extracción de recursos. Finalmente, ¿qué nación tiene más legitimidad: una que evolucionó a lo largo de miles de años basada en la tierra que aún ocupa o una que tiene menos de 200 años y ocupó ilegalmente las tierras que robó sobre la base de leyes aprobadas al otro lado de un océano y que expresan la filosofía que asume que toda cultura diferente a la suya es inferior? ¿No es exactamente una hipótesis de Riemann, o sí?

Frente a esta amenaza existencial, uno podría imaginarse que los políticos no adoptarían el término reconciliación para promoverse. Que lo hicieran es la primera pista de que la versión a la que este concepto se refiere no es la que presenta la CRV: es más bien otra manera de formar las carretas en círculo para defender el capitalismo y la supremacía blanca. La versión estatal de reconciliación es un vacío pedido de perdón. Busca enmarcar los crímenes del colonialismo como males que existieron solamente en el pasado, descargando cualquier culpa o señalamiento en antagonistas muertos hace mucho tiempo y que por ello no pueden responder por sus acciones. Se niega a reconocer que el colonialismo persiste, que están aquellos que aún se benefician de la subyugación de las comunidades Indígenas. Al hacerlo, aún niegan la humanidad de los pueblos Indígenas. La relación que esboza es una de mutua comprensión, reparaciones, y sanación, para beneficio de otro proyecto unilateral de extracción de recursos. Del mismo modo que hemos sido explotados a nombre del petróleo, uranio, oro y una buena historia, también se nos explota para el perdón y la eliminación de la culpa de los blancos.

Notarán que cuando los políticos coloniales acogen esta versión de reconciliación, hay un término crucial que casi siempre dejan fuera: verdad. Es una palabra que desde hace tiempo ha estado unida a la “reconciliación” precisamente porque son inseparables, porque ningún cambio positivo y significativo puede darse sin un recuento honesto de los hechos. Cuando alguien habla de reconciliación y no menciona la verdad, es porque están queriendo evitar el equilibrio justo de la balanza. Lo que realmente quieren es ponerles fin a sus propios sentimientos de complicidad.  Y si para ello los pueblos Indígenas deben ser eliminados, gradualmente molidos hasta hacerles polvo, ¿para evitar verse en el espejo? Que así sea.

Cuando discuto la reconciliación y la historia de Canadá se me dice, más veces de lo que vale la pena recordar; “supéralo”. Supera el genocidio de tus ancestros. Supera la pérdida de tu lengua. Supera la destrucción del territorio. Se dice esto como si yo fuera quien ha fracasado en procesos correctamente los eventos del pasado, como si los crímenes hubieran terminado hace tiempo y yo simplemente sigo desfasado. Es, claro, irónico que alguien completamente ignorante de la historia le indica a uno cómo interpretarla. No soy yo quien debe superar el pasado – me resigné a los hechos hace mucho tiempo y decidí hacer lo que haga falta para enfrentarlos. Quien insulta y señala es quien está necesitado, y lo que debe superar es el miedo – miedo a la historia y miedo a la verdad.

Este es el sentido de “reconciliación” que realmente describe el proceso que Canadá debe abordar: los no-indígenas deben reconciliarse con la verdad de su historia, la verdad de los orígenes de su país, y la verdad de la continuidad de sus acciones. Deben reconciliarse también con el hecho de que mientras nuestra existencia sea una amenaza para este país, la muerte de los pueblos Indígenas beneficia a Canadá.

Cada pérdida es un sujeto de tratado menos, un protector de la tierra menos, un Indio menos de pie como prueba de que hemos estado acá todo el tiempo, que persistimos.

El sistema fue construido para promover nuestras muertes, no nuestras vidas. Es por ello por lo que la desigualdad reina hasta hoy. Es por esto por lo que hubo más niñxs Indígenas bajo cuidado del estado en el 2019 que durante el pico del sistema de colegios residenciales. Es por esto por lo que 102 niñxs murieron bajo custodia, solamente en Ontario, y ni siquiera fue un tema electoral. Es por esto por lo que el encarcelamiento de Indígenas persiste desproporcionadamente alto en relación con nuestras poblaciones. Es por esto por lo que, cuando una y otra vez las cortes ordenan ponerle fin a la discriminación contra lxs niñxs Indígenas, el gobierno Federal ha preferido apelar a obedecer. A las personas en Canadá individualmente les importan nuestras vidas, pero al estado sencillamente no. El costo financiero y existencial le resulta muy elevado.

Estas verdades son feas y descarnadas, pero hay otra que me da esperanza, aun cuando señala el sufrimiento sin sentido que el colonialismo ha infringido sobre nosotrxs. Una verdad que finalmente pude reconocer gracias a mi hija.

En agosto de 2019, el último verano antes del COVID-19, mi familia viajó a Serpent River[1] a un encuentro en honor de mi tía Mina, la hermana de mi abuela Norma. Mina fue la menor de su generación, y la única que se salvó de ir al colegio residencial. Mis tatarabuelos, Alex y Maggie, la escondieron de los Agentes Indios. Poco después de que alcanzara la edad escolar, también sacaron después a Cora del colegio San José. Era ya demasiado tarde para el resto de lxs niñxs; ya habían dejado la infancia para convertirse en sobrevivientes.

El dolor y el trauma infringidos en esos colegios, y todas las cosas que le quitaron a mi familia, hicieron de Serpent River un sitio complicado para mí.  Era fácil sentirme extraño allí, aun cuando tanta de mi familia permaneciera allí, aun cuando me sentía tan profundamente conectado a ese lugar. Pero ese era precisamente el asunto, ¿no es cierto? Lo es aún, el asunto por el que tanta de nuestra familia tuvo que atravesar y tantas otras familias Indígenas han tenido que sufrir: el asunto es hacernos sentir incómodos y fuera de lugar en nuestra propia tierra, en nuestras propias naciones, en nuestras propias familias: romper las conexiones que nos hacen quienes somos para facilitarle al colonialismo extraer lo que quiere.

Mi madre y mis primxs me han hablado ocasionalmente de su propia incomodidad en relación con ese lugar. Cómo ellxs también pueden sentirse foráneos, a pesar de haber pasado tiempo allí, a pesar de que haya tantos miembros de la familia enterrados allí. Mientras nos pasan los años en compañía, me he preguntado frecuentemente si Serpent River podría llegar alguna vez a dejar de sentirse como un lugar aparte de nosotrxs, como teniéndonos siempre a distancia.

Quería que fuera distinto para nuestrxs hijxs. Su primer viaje a Serpent River ocurrió cuando eran muy jóvenes; un gran evento estaba realizándose en el centro comunitario y les llevamos para presentarles a sus parientes. Todxs lxs niñxs de la reservación estaban allí, Muchxs de ellxs primxs de nuestrxs hijxs. Todo el grupo corría alrededor gozando y mis hijxs fueron aceptadxs de inmediato.

En el salón principal, mi hija recibió su primera pluma de águila, un honor en reconocimiento de buenas iniciativas. Yo apenas recibiría la mía muchos años más tarde.

Es gracias a mis hijxs que Serpent River empezó a sentirse más cercano. Su integración espontánea a la vida allí, a la comunidad, fortaleció mis propios lazos y los de mi familia. Con cada visita, esa conexión ha ido creciendo. De la mano de mis hijxs, Serpent River ha pasado de lo desconocido a la acogida.

En nuestro más reciente viaje, Julie (compañera del autor) tuvo que regresar temprano para volver al trabajo y por ello manejé de regreso con mis hijxs. Nos fuimos por la isla de Manoitoulin, ya que habíamos pasado la noche allí en el camino de ida y mi hijo dejó su peluche de oso en un hostal. En camino por la autopista 17 a recuperarlo, mi hija habló desde el asiento trasero.

“Papá?” dijo

“Sí?”

“Podemos quedarnos a vivir en Serpent River?”

“Oh no, no ahora mismo. ¿Por qué? ¿Te divertiste?”

“Sí. Me encanta acá. Me gustaría que fuera nuestro hogar”

“Eso es maravilloso. Me hace tan feliz,” Le dije. Traté de esconder mis lágrimas y de mantener la mirada en la ruta. Eché una ojeada sobre mi hombro y la vi mirando hacia afuera por la ventanilla el paso de las rocas y de los árboles.”

Dos generaciones.

Todo el esfuerzo de Canadá para forzar el extrañamiento de nuestra familia de nuestro territorio, divorciándonos de nuestra comunidad. Todo ese dinero y violencia, y todo lo que lograron fueron dos generaciones. Mi madre y yo. Eso es todo. Todo el trabajo para expulsar a mi abuela, por brutalizarla en la vida urbana, y, sin embargo, su tataranieta quiere volver a su tierra. Qué desperdicio. Qué colosal pérdida de tiempo, dinero, esfuerzo, vidas. Claro, tal vez puede concluirse que Canadá obtuvo la tierra, pero aún eso es transitorio. Este país la tiene únicamente por un tiempo.

La misma dinámica es evidente a través de comunidades de Primeras Naciones, Métis e Inuit. La gente joven se está re-arraigaindo con sus comunidades, sus lenguas, y su tierra mientras se sumergen en la política que los afecta. Los pueblos Indígenas están haciendo presencia en una amplia variedad de medios. Nuestras gentes jóvenes están en las primeras líneas de las protestas. Se siente que el futuro está allí, esperando a que le demos forma. Mientras queda tanto por superar, tanto por sanar, tanto por cambiar, se siente que estamos listxs para ese empeño – listxs a luchar.

Todo ese esfuerzo y qué lograste, Canadá: ¿150 años? ¿Tal vez un poco menos? Nos tiraste encima todo lo que pudiste, toda degradación, todo acto de violencia, todo medio de eliminación, y aún estamos acá. No nos vamos a ninguna parte, y terminaremos recuperando todo lo que nos quitaron.

Entonces, simplemente paren. Paren de quitarnos nuestrxs hijxs, paren de robarnos nuestras comunidades, paren de encarcelarnos, paren de deshumanizarnos – simplemente paren. No funcionó. Lo usaron todo, desde la guerra abierta, al sitio financiero, a ataques perversos sobre comunidades y familias y sin embargo, acá está mi hija Anishinabe de 13 años, quien posee una de las identidades más marginales en el mundo, y todo lo que quiere es vivir con su familia, con su pueblo, en la misma tierra donde han vivido durante milenios. Cierto, no habla la lengua aún. Puede aprender. A los trece ya se sienta más en casa en Cutler de lo que yo jamás me he sentido.

Así es como nos sanaremos – a lo largo de generaciones. Así es como lo recuperaremos todo – a través del tiempo. Estuvimos acá mucho antes que ustedes, Canadá. Permaneceremos mucho después.

Claro que podemos llegar allí más pronto, crear una nueva relación que funcione más rápidamente y que sea menos dolorosa y aterradora para todxs, si algunas cosas sencillamente paran. La palabrería de los políticos me da poca esperanza en ese ámbito – aún si las escogen tan bien. Sin embargo, soy optimista.

Soy optimista porque veo en mis hijxs y en lxs jóvenes Indígenas a lo largo de Canadá lo fuertes y resilientes que somos. Y soy optimista porque cada vez más canadienses parecen entender que se requiere una transformación.

El asesinato de George Floyd en mayo del 2020 se sintió como la gota que rebasó la copa. Cuando la muerte de Floyd fue prontamente seguida por el asesinato en Canadá de dos personas de las Primeras Naciones en interacciones con la policía – aún mientras la gente salía a las calles a protestar contra la violencia policial – se sintió como que ese mundo estaba colapsando.

La gente indígena y negra enfrenta violencia policía cada día – antes de la pandemia, durante la pandemia, y, seamos realistas, después de la pandemia también. Pero al cometerse durante el encierro, cuando los pueblos Negros e Indígenas estaban siendo más severamente afectados por el COVID 19 que otras comunidades, esos actos particulares de violencia ardieron como sal en la herida abierta.

Tal vez fue por esa razón que vimos los estallidos de protesta pública de inmediato a una escala sin precedentes, por eso tanta gente estaba dispuesta a arriesgar su salud y seguridad saliendo a las calles a exigir transformaciones.

O tal vez se debió a que la gente que estuvo encerrada, escondiéndose del virus, tenía menos distractores y más tiempo para escuchar, más tiempo para marchar, más tiempo para aprender, más tiempo para entender.

O fue la pandemia misma, exponiendo como lo ha hecho tanta de la podredumbre que subyace al sistema capitalista occidental: la degradación del ambiente, de los derechos de la gente y de las vidas todas, para beneficio de ganancias de accionistas y la creencia enferma en que toda explotación es de alguna manera sostenible cuando toda evidencia nos demuestra que no lo es. La pandemia nos dio el tiempo y el espacio para pensar mientras no entregaba el mismo claro mensaje: simplemente paren.

Paren el consumismo insaciable. Paren el trabajo interminable para alimentar ese consumismo. Paren la acumulación de todo para unos pocos. Paren la policía; que paren de matarnos, que paren de provocarnos para encarcelarnos. Paren los nacionalismos que enceguecen a tantxs frente al fracaso y la corrupción de los líderes, que siembra divisiones cuando más necesitamos confiar unxs en otrxs. Dejen de mantener a la gente pobre y enferma. Simplemente paren.

Estos sistemas no funcionarán para erradicar la vida y la cultura Indígena. Somos muy fuertes. Y no funcionan para mantener a la gente feliz, realizada y segura. Son muy débiles. Tienen que parar. Algo nuevo debe reemplazarlos. Necesitamos cambio.

Lo que estoy haciendo ahora es pedirles a todas y todos que ayuden a lograr ese cambio, a dejar de lado su miedo al futuro desconocido y acoger este momento como la oportunidad para construir un país al que Canadá ha aspirado – el que siempre ha pretendido falsamente ser – uno que reconozca el fracaso inherente y esencial al colonialismo, uno que reconozca la soberanía Indígena como esencial a la realización de la soberanía del Canadá. Este fue el Canadá que nuestros ancestros visionaron cuando firmaron los tratados de amistad y paz: un colectivo de naciones, viviendo a sus maneras, compartiendo recíprocamente la tierra.

Sé que esta visión puede hacerse realidad, no porque tenga fé en Canadá sino porque creo en su pueblo. Nuestros sistemas y estructuras deben ser desmantelados y reemplazados, pero estos son problemas creados por humanos y por eso mismo pueden ser corregidos por humanos. En los movimientos que luchan por la justicia social en norte América vemos gente joven imaginativa y comprometida que lucha desde una visión verdaderamente equitativa de la sociedad. Como ellas y ellos podemos construir nuevas relaciones y al hacerlo, transformar esta nación en algo que refleje mejor nuestros valores, nuestros pensamientos y a nosotrxs mismxs.

No podemos confiar en gobiernos, instituciones o compañías para realizar lo que se requiere. No lo harán. Solamente nosotrxs, el pueblo, podemos y debemos resolver estos, los más humanos de los desafíos.

A pesar de todo lo que se ha hecho a los pueblos Indígenas, a pesar de todo lo que se sigue haciendo contra nosotros y lo que se hará hoy y mañana, estábamos acá antes de Canadá y estaremos acá después de Canadá.

Demuéstrenos que el mito de este país puede ser reemplazado por la verdad, porque, francamente, ya les hemos demostrado a ustedes lo suficiente.

Es su turno.

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Comentario de Manuel Rozental

2 de octubre de 2022. Vilma, te comparto esta palabra conversada, sentida, como un regalo que conmemora tu vida y la agradezco con este gesto y lo que evoca y convoca. Así como eres, en búsqueda y aventura, en atrevimiento y desafío, en contradicciones y espejos donde sabes como nadie verte, por ello, tu otro nombre, tal vez el tuyo de veras sea la verdad y todos sus rostros. Así como eres fuerte y sensible. Dura y generosa. Decidida y entregada. Así mismo, en ese espíritu conversamos con Wente como lo hacemos siempre o buscamos hacerlo: viendo posibilidades y conmoviéndonos con el espíritu que nos nombra y nos ayuda. No es precisión racional ni contundencia argumental lo que me hace compartirlo. No sobra decírtelo. Es la contundencia de la tulpa, del espacio para sentir y desde allí leer y escuchar y desafiarnos y desafiarlo. Por eso agrego algo que siento que falta a partir de reconocer de nuevo desde mis contradicciones y defectos que estoy buscándome en la tierra y en esa historia mentirosa. No por fuera ni por encima. Por eso mismo y desde allí digo que agrego un comentario que siento que falta:

Cuando uno como indígena, como organización, como dirigente, aspira a reconciliarse y promueve la reconciliación dentro y bajo este orden, uno ha acogido bajo ese concepto y su práctica, como inevitable y necesario, el abandono de la tierra y del ser. Ha dejado de ser gente de la tierra. Cuando uno tiene que ser indígena y dirigente para poder exigir y exigirse esto mismo, es un hecho que ya mandan quienes se traicionan y traicionan y son tan malos o peores por una limosna, un cargo, una fama, que los peores colonizadores. El estado nación, la mentira ha entrado a casa y nos convoca a reconciliarnos. Esa mentira señala desde dentro a quienes, perteneciendo a la misma familia y territorio, reclaman la verdad. Son fáciles de reconocer, nos llaman a superar el odio y el resentimiento y a dejar atrás lo que ya pasó a cambio del éxito que obtienen en el paraíso del poder.

Te quiero mucho y es desde esta soledad con la que compartí esta noche. Te amo negra, maestra, exigencia. Marichwew.  Manuel


[1] Serpent River, Río de la Serpiente, asentamiento indígena Ojibwe del que es originaria la familia de Wente, donde aún viven y a donde regresan recurrentemente

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