Pueblos en lucha: la vida fluye: el pensamiento danza, 3…sublevarnos ante esta “brutal y trágica identificación con el sistema de muerte”

Canta Humberto Cárdenas Motta. Canta porque siente y reconoce. Porque ama y al hacerlo, desde la tierra, constelanda en la danza de la vida pisoteada. La vida que está siendo podrida. Humberto señala porque es capaz de habitar y sentir la belleza y por eso se rebela, sabe, entiende, cómo este sistema-mundo la abusa, la explota, la niega, la mata…no ha podido siquiera rozarla. Nos recuerda en este tercer canto y grito de rebeldía a Aute que también cantaba la belleza con rabia y amargura y empezaba orando:

Enemigo de la guerra
Y su reverso, la medalla
No propuse otra batalla
Que librar al corazón
De ponerse cuerpo a tierra
Bajo el peso de una historia
Que iba a alzar hasta la gloria
El poder de la razón

Envueltos, penetrados, poseídos estamos por “la aceptación irracional e irreflexiva del consumo y la reproducción de la normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal: la irracionalidad del sistema mundo capitalista es un orden criminal. En el contexto actual de esta normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal “. Retorna a rodearnos este espejo que nos comparte Humberto con esta tercera entrega y en él nos vemos como estamos, sumidos dentro, bajo, desde este orden criminal, cuyo logro más aterrador y poderoso es hacerlos creer, sabernos parte del mismo y reproducirlo. Saber que no hay afuera. Paz y guerra, justicia y derechos consagrados en LA LEY, y… “LA LEY ES LA PROMESA DE SU INCUMPLIMIENTO.” Nos niegan. Bajo este orden criminal somos la negación de nosotrxs y de la vida. Somos las condiciones del horror y de la esclavitud y las más grandes aspiraciones y utopías son mercancías que profundizan la guerra permanente y total. O somos capaces de salir de esta manera en la que nos hacen entender el mundo para consumir, producir, destruir creyendo que vivimos, o retomamos la danza del universo por la que la vida fluye y desde allí nos re-conocemos y nos levantamos en resistencia y rebeldía. Hay que reconocer la belleza sin dueños y sin precio y que la ira nos haga sentir asco ante el espejo y no permitir más que nos sigan robando esta breve oportunidad de hacernos libres. Mientras tanto sigamos obedeciendo a “(l)as instituciones del sistema mundo capitalista (que) funcionan bajo la ética de los mataderos.” ¿Dónde estamos? Lectura de Contexto. Pueblos en Camino

3. La normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal

Nuestra lucha es por la vida, y el mal gobierno oferta muerte como futuro.
Nuestra lucha es por el respeto a nuestro derecho a gobernar y gobernarnos, y el mal gobierno impone a los más la ley de los menos.
Nuestra lucha es por la libertad para el pensamiento y el caminar, y el mal gobierno pone cárceles y tumbas.
Nuestra lucha es por la justicia, y el mal gobierno se llena de criminales y asesinos.
Nuestra lucha es por la historia, y el mal gobierno propone olvido.                         Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Como en la novela de George Orwell, 1984, donde tener una relación sexual una vez a la semana es “nuestro deber con el Partido”, pero no una danza de amor donde el universo danza porque la vida fluye, de esta misma forma, el símbolo de muerte que es el sistema mundo capitalista genera sobre todos los ámbitos de la vida sus réplicas de muerte: la vida se convierte en un deber con “el Partido”, con el Estado, con la racionalidad del sistema productivo capitalista, con cada mercancía que se produce y que se consume. Cada réplica del símbolo, cada moneda, cada medalla, cada título, cada cédula, cada certificado de propiedad, cada libreta militar, cada certificado de policía, de nacimiento, de estrato social, de color de piel, cada recibo del supermercado, cada número en el cementerio de las estadísticas, cada marca corporativa de mercancías como Nestlé, Monsanto, Coca Cola, Anglo Gold Ashanti, Bayer, Frito Lay, McDonald´s, Johnson & Johnson; cada insignia estatal o paramilitar; cada calibre de las instituciones genocidas; cada teoría transgénica, necrófila, sexista, racial, fascista; cada carnet del partido; cada insignia del equipo de fútbol; cada estrella o ídolo de la farándula; cada marca de ropa como Benetton, “el color de la vida” (y el poder de la muerte); cada jerarquía, cada ley, cada decreto, cada estado de sitio, cada estado de excepción, cada Estado capitalista democrático, fascista, socialdemócrata, verde, rojo, celeste, ceniza… en síntesis, cada réplica del símbolo de muerte del sistema mundo capitalista en el ámbito que sea siempre implica o tiene el carácter de ser una ley: la ley del sistema mundo capitalista bajo la disciplina militar-fascista de la producción: el pensamiento único del sistema mundo capitalista. Se accede al símbolo (a la ley que entraña y a la inconsciencia que implica), al ser consumidos por los dispositivos del saber-poder del sistema, del sistema de muerte que acumula riqueza destrozando en los altares de la producción el fluir de la vida: ponga la huella, la firma, las vísceras, la sangre, las hijas y los hijos, los pulmones, el sistema nervioso, las entrañas, los días y las noches, las sílabas, las letras, los colores, los silencios, los olvidos… En otras palabras, cada réplica del símbolo de muerte determina la circulación de la violencia estructural mediante una “comunión”, de una “militancia”, de una brutal y trágica identificación con el sistema de muerte; los símbolos de muerte se enquistan en los cuerpos; se hacen hábito; se subjetivizan; se internalizan; es la aceptación irracional e irreflexiva del consumo y la reproducción de la normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal: la irracionalidad del sistema mundo capitalista es un orden criminal. En el contexto actual de esta normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal no vivimos porque tengamos derecho al trabajo: la nómina, la paga, el salario, las pústulas del sistema que se pudren sobre nuestras vidas de esclavo matándonos en el día a día para acumular riqueza; en el contexto de esta normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal, no vivimos porque tengamos derecho a la salud: en primer lugar, las transnacionales farmacéuticas van multiplicando los escabrosos laberintos de su poder, laberintos por donde circulan las pestes laboriosas de sus saberes; en segundo lugar, despliegan un alucinante catálogo de enfermedades alimentadas por condiciones sociales miserables y estilos de vida suicidas que atrapan la existencia total de los pueblos del mundo; en tercer lugar, levantan las arrogantes e impecables catedrales hospitalarias adonde acuden como mendigando las muchedumbres azotadas por la cólera del productivo mercado del sufrimiento; no vivimos porque tengamos derecho a la vida: el orden criminal disciplina a los pueblos del mundo empujando sus luchas por el pantano jurídico de los derechos mediante los civilizados dispositivos de la guerra como fundamento de su economía: el infinito destierro planificado de los pueblos del mundo bajo la política de los megaproyectos extractivistas, conservacionistas, del monopolio de la tierra, del cultivo de transgénicos, del mercado de bonos de carbono, de los megaproyectos en manos de las instituciones transnacionales y ONGs que administran y usufructúan los mercados humanitarios de la derrota, de la tragedia, de los bajos fondos de las democracias que condenan a las poblaciones expoliadas a vivir sobre la geografía de la infamia las jornadas del hambre, los insultos del desempleo, los martirios de la prostitución, los siglos de la mendicidad, las historias purulentas de la resignación bajo los estandartes colonialistas del terror y del desprecio. No vivimos porque tengamos derecho a la vida: la política del asesinato planificado y sistemático de mujeres, de hombres, de jóvenes que participan y lideran las luchas de sus pueblos; la contaminación sistemática, deliberada de todo lo existente; la destrucción cotidiana de especies animales y vegetales; la muerte de las culturas; el asesinato de las palabras; el envenenamiento de los sueños. No vivimos porque tengamos derecho a la vida: con las cámaras de gas resguardadas religiosamente por sus legiones de generales, sus batallones de sicarios, sus escuadrones de policías, soldados y mercenarios, sus industriales, terratenientes y banqueros; con las cámaras de gas resguardadas piadosamente por la piara de sus senadores, la bandada de los buitres del sistema financiero, los chacales de la política y los tanques de guerra del pensamiento, se levanta el poder material del sistema mundo capitalista; pero es en estas mismas cámaras de gas donde se escucha el silbido venenoso del poder inmaterializado, fantasmagórico, evanescente del mismo sistema mundo capitalista con sus teorías, leyes, códigos, promesas, acuerdos, constituciones, decretos, reglamentos, y toda esta avalancha sangrienta de los derechos. Las instituciones del sistema mundo capitalista funcionan bajo la ética de los mataderos. Cuántos acuerdos incumplidos; cuántas constituciones levantadas sobre una larga historia de crímenes; cuántos derechos dibujados sobre la vida de los pueblos con el cuchillo de los intereses económicos, políticos, académicos, religiosos… Los derechos son misiles que estallan en mitad del pensamiento para disciplinar a los pueblos. “No hay derechos dentro del sistema mundo capitalista: solo hay mercancías.” El poder del sistema mundo capitalista sabe cómo producir la necesidad en los pueblos sometidos del poder inmaterializado que los oprime. Detrás de la violencia de la ley, donde el orden establecido proclama su sacralidad al declararse inviolable, se esconde la historia de la barbarie que le ha dado origen; es allí donde la conciencia debe develar las máscaras de la violencia del capital; y es allí donde la consciencia de los pueblos rompe con la esquizofrenia capitalista que pareciera (es solo una apariencia) mostrar dos rostros: la ley o la guerra; la paz o la barbarie; la vida o la muerte; el orden o la anarquía… ¿Qué es la ley sino una réplica del símbolo fundante del sistema mundo capitalista que es la muerte? El fascismo entendió temprano que las armas son puntos de articulación en el proceso único de aplicación de la violencia de la ley como requerimiento del poder para disciplinar a las poblaciones que desacralizan y transgreden la esquizofrenia de sus espejismos. Los dedos y los ojos de la ley se mantienen insomnes mientras aprietan los gatillos de sus fusiles que apuntan al cuerpo de las poblaciones del mundo.

Para el sistema mundo capitalista somos cosas que habitan ese lugar impreciso entre la animalidad que nos delata y la humanidad que no tenemos: por eso nos matan, nos explotan, nos degradan, nos violentan, nos destruyen bajo la etiqueta de subdesarrollados, negros, mujeres, jóvenes, campesinos, mapuches, zapatistas, mujeres kurdas, desplazados, víctimas, mendigos… Y estas cosas que no siendo totalmente seres pero que tampoco son “su” humanidad necesitan la promesa de los derechos para que vivan la trágica ilusión de la igualdad, la trágica ilusión de la justicia, la barbarie del progreso; dicho de otra manera, seres que deben desear la normalidad del horror del sistema mundo capitalista con sus cuentos y narrativas de sociedad de derechos. Los derechos promulgados por el sistema capitalista son la mirada de la barbarie. No es la justicia lo que se produce cuando se promulga la ley: es el deseo del derecho, pero no más allá del deseo. La promesa del derecho lo que hace es alimentar el deseo en los pueblos expoliados del cumplimiento de la ley; pero la promesa del derecho no se puede cumplir porque pondría en peligro los procesos de expropiación de los pueblos y la acumulación de capital. LA LEY ES LA PROMESA DE SU INCUMPLIMIENTO. La ley se cumple bajo la forma del olvido. Todo acuerdo que se firma ante el incumplimiento de la ley es la reafirmación de que la promesa de la ley se cumple como olvido.

La realidad de la promesa de justicia del derecho es el vacío, vacío que se materializa como la fosa común, el gueto, la desaparición forzada, el monstruo proscrito, la masacre, el asesinato selectivo, el delincuente, el ser degradado: negro, pobre, campesino, indígena, mujer, desplazada, torturado, perseguido… La realidad de la promesa de justicia del derecho es el vacío; por esto es que requieren meter a los pueblos en el espectáculo de las instituciones, en la trampa de los reglamentos, en la cárcel de las resoluciones, en la camisa de fuerza de los uniformes, en el cerrojo de los discursos, de los dioses, de los héroes, de los ídolos… Toda promesa, dentro del sistema mundo capitalista, es la certeza del terror. Los campos vacíos por el terror; los nombres vacíos por el terror; las familias llenas de vacíos por el terror; las manos vacías por el terror; las palabras vacías por el terror; las calles vacías por el terror…  El poder sabe de la administración del terror. En ese vacío, en esa fosa común de la promesa de la ley todo se destruye y todo desaparece. Lo real vivido por las poblaciones expropiadas, explotadas, sometidas, se convierte en trámites que van de oficina en oficina, de titular de prensa en titular de prensa, mientras el terror continúa cumpliendo la promesa de la ley vaciando del fluir de la vida todos los territorios dando cumplimiento al olvido.

Los derechos consagrados en la ley imponen deberes. Y el primer deber es el de no existir, el de habitar en silencio los lugares del olvido: la fábrica, la cárcel, la escuela, la zona roja, el gueto, la cámara de gas, la violencia policial con sus gases, químicos, disparos, asesinatos, torturas, violaciones, atropellos; también el ser representado, la imposibilidad de decidir, de decir, de callar, de blasfemar, de transgredir el alfabeto del hambre, la gramática de la barbarie con la que escribe sus crónicas la acumulación de capital. En el sistema mundo capitalista solo lo que se destruye puede ser nombrado (A. Mbembe). La vida, sometida a un proceso planificado, racional, sistemático de fragmentación, de destrucción del fluir de la vida, de ruptura de todo tipo de relación para convertirlo todo en mercancía, en capital acumulado, en riqueza que se concentra mediante la expropiación y la violencia, la vida (sometida a este proceso planificado, racional, sistemático de fragmentación) es la muerte: la vida es transformada en muerte acumulada como riqueza mediante un proceso de destrucción (A. Mbembe): para el sistema mundo capitalista la vida es la muerte. La liberación de los pueblos pasa por la ruptura radical de toda relación con los procesos capitalistas de transformación por destrucción. Se rompe cuando fluimos en el “misterio fundamental de la vida” (A. Mbembe).

La ley como promesa no es el derecho al trabajo: es el deber de ser explotado. La ley como promesa no es el derecho a la vida: es el deber de entregar nuestras vidas al proceso de explotación y acumulación de capital. La ley como promesa no es el derecho a la salud: es el deber de estar sin resistencia en la cotidiana y normalizada racionalidad de la muerte. El derecho al trabajo es la esclavitud. El derecho a la educación es la ignorancia. El derecho a la salud es la enfermedad. El derecho a la vida es la muerte. 

La ley como promesa es el deber de reproducir la explotación luchando por la promesa que, más que un incumplimiento, es el mandato del sistema capitalista que nos arroja al olvido. La promesa de la ley se cumple a través del olvido. La promesa del derecho a la vida se cumple a través de la muerte. La promesa del derecho a la paz se cumple a través de la guerra. LA PROMESA ES EL OLVIDO, de la misma manera que “LA GUERRA ES LA PAZ”, “LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD”, “LA IGNORANCIA ES LA FUERZA” (Orwell).  NO EXISTE PROMESA DE LA LEY SIN OLVIDO. LA PROMESA DE LA LEY SOLO SE CUMPLE POR EL OLVIDO. El sistema mundo capitalista no tiene memoria porque no tiene ni puede tener humanidad. Solo tiene intereses económicos. A esos intereses económicos responde; a ellos se debe. La promesa de la ley se cumple como promesa del orden que se perpetúa prometiendo y se cumple olvidando y olvida destruyendo la vida de las semillas, de los árboles, de los niños y las niñas, de las mujeres, de los jóvenes, de los ríos, de la madre tierra, de las montañas, de las palabras, de los frutos… De esta manera consume cuerpos, árboles, culturas, ríos, sol, minerales, peces, rocas… para producir mercancías… para reproducirse como sistema… y destruye los excedentes de cuerpos, de árboles, de culturas, de ríos, de sol, de minerales, de peces, de rocas… Para eso hay genocidios, desplazamientos, desapariciones, xenofobia, patriarcado, machismo, misoginia, cambio climático, teorías, instituciones, sistema educativo, sistemas de salud, letrados de la promesa, asesinos de las palabras, inquisidores de todo lo vivo, depredadores del universo, torturadores del silencio, terroristas de los habitantes del olvido. ¿Es esto lo que necesitamos? ¿Necesitamos de sus instituciones, de su sistema productivo, de sus leyes, de sus inquisidores, de su sistema educativo, de sus celebraciones, de sus acuerdos, de sus leyes, de su olvido?

No podemos confundir el hambre de vida, cuya máxima expresión son los pueblos que liberan sus cuerpos liberando las semillas, los ríos, a la Madre Tierra, a la lejana intimidad de las estrellas, liberando los frutos, los caminos, las palabras, las puertas de las casas, las flores, las palabras, los silencios, en una danza de amor donde el universo danza porque la vida fluye, con el hambre de consumo, que es el deber con el sistema mundo capitalista y su normalizada y cotidiana irracionalidad del orden criminal. La réplica del símbolo de muerte que es el capitalismo es el consumo. Para decirlo con savia, con tierra, con semillas, de manera profunda, radical, decimos NO, no necesitamos de sus instituciones, de su sistema productivo, de sus leyes, de sus inquisidores, de su sistema educativo, de sus celebraciones, de sus acuerdos, de sus leyes, de su olvido: NO necesitamos del sistema mundo capitalista.

Humberto Cárdenas Motta
Abya Yala
Diciembre 2019-Enero 2020

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