Colombia: «Las calles no tendrán más remedio que desbordarse»
Por fin vuelve lo que nunca se ha ido. Lo que se negó y se metió bajo el tapete, pero no cabía ahí. Lo que silencian y encubren con razones y, sobre todo, con ilusiones y fantasías… y vuelve un grito sereno, de masas en la calle, de rabia y cansancio que reclama y se vuelve fuerza. Mamados de esperanzas que nos quitaron la fuerza del estallido: que no se nos olvide, nos levantamos, nos pusimos de pie, en Colombia, sobre todo en Cali (y en Chile y en Ecuador…) sí, nos levantamos y estallamos hartos de la normalidad, del establecimiento, de las instituciones, de la carreta y las corbatas y de creer en la justicia y en toda esa farsa cortesana de la «democracia». Acá nos llega desde Puerto Resistencia la pura verdad a bofetadas. Pero acá no alzan la voz. No hace falta: describen, nombran y la contundencia de lo que es cierto nos estalla en la cara y en el alma. Como ese día 21N y luego el 28A del 2021. O nos levantamos y nos vamos para la calle a encontrarnos y hacernos agenda de libertad y vida, o a punta de fantasías nutrimos y legitimamos este orden putrefacto que queda más expuesto que nunca con los verdaderos resultados electorales que no son el triunfo del pueblo ni de la izquierda, sino la persistencia de lo de siempre y los de siempre. El estado, el congreso. Ganar para perder. Para que nos roben. O volvemos a las calles hasta cuando seamos camino y horizonte, o siguen ellos y ellas robándonos la libertad con trampas e ilusiones. Esta gente que acá escribe y comparte, sabe de la calle y de las cárceles por estar en la calle. Sabe del olvido y en el olvido nos reconocemos para volver, tarde o temprano (siempre es tarde) para ser pueblos en camino a nuestra libertad y que no la sigan manoseando. Como decían los zapatistas, voten o no voten, pero organícense. Eso, que gane Iván, vale, pero a la calle y sí, sólo el pueblo podría salvar al pueblo, si deja de hundirlo como siempre al servicio de clientelas por un sancocho o menos.
¿Cómo Así? Así No. Pueblos en Camino
Marzo 17 de 2026
El Congreso de 2026 y el Retorno de la Lucha en las Calles
I. Introducción
El Senado colombiano está compuesto por 102 senadores, más el escaño del segundo lugar en la presidencial, lo que significa que cualquier reforma necesita 52 votos para convertirse en ley. Ninguna fuerza política se acerca siquiera a esa cifra por sí sola .
El Pacto Histórico ganó, dicen los titulares. Veinticinco curules en el Senado, según los resultados preliminares . La bancada más numerosa, un crecimiento de 20 a 25 escaños que el senador Iván Cepeda celebró como el inicio de un «segundo tiempo» de transformaciones . Y sin embargo, veinticinco curules no sirven para nada cuando para aprobar una ley se necesitan cincuenta y dos. Esa es la trampa perfecta: te dejan ganar, pero no te dejan gobernar.
Porque en Colombia, gobernar no es gobernar. Gobernar es negociar con los que siempre han mandado. Es sentarse a pedir permiso. Es mendigar votos a cambio de puestos, contratos, favores. Es entrar al Congreso con la frente en alto y salir de rodillas.
La fragmentación del Congreso colombiano no es un accidente electoral: es el mecanismo de poder que garantiza que cualquier intento de reforma profunda sea bloqueado.
II. Los verdaderos dueños de la casa
Hablemos sin eufemismos de los partidos bisagra. Partido Liberal, Partido de la U, Alianza Verde. Durante años han vendido la imagen de ser el «centro razonable», la «salida moderada», el «equilibrio necesario». Mentira.
Son mercaderes de la gobernabilidad. No tienen programa porque tener programa estorba. Su única ideología es la sobrevivencia. Su única convicción es que haya algo que negociar. Gobierna Petro, negocian con Petro. Gobierna Uribe, negocian con Uribe. Ellos no están ni allá ni acá: están siempre en la puerta, cobrando peaje.
Los resultados les sonríen: el Partido Liberal tendrá 13 curules, la Alianza por Colombia (donde se fusionaron Verdes y sectores de centro) 11, el Partido Conservador 11, el Partido de la U 9, Cambio Radical 6 . Sumados, son más de 50 escaños. Ellos son los verdaderos dueños de la casa. El Pacto puede tener 25, el Centro Democrático 17, pero sin estos mercaderes no se mueve ni una silla.
Esa es la verdad incómoda que el análisis respetable no quiere decir: la democracia colombiana es un sistema de extorsión permanente. Cualquier reforma, por necesaria que sea, tiene que pagar derecho de paso. Y el derecho de paso no se paga con argumentos. Se paga con puestos, con burocracia, con contratos para los clanes regionales, con prebendas para los que siempre han vivido del presupuesto público.
El resultado es un Congreso donde las leyes no se discuten: se tasan. Donde las comisiones no deliberan: cotizan. Donde los congresistas no representan al pueblo: representan su propio negocio.
III. El mapa de guerra: las cuatro comisiones que deciden el país
Para entender dónde se librarán las batallas, hay que mirar el mapa. El Congreso no es un bloque homogéneo; es un archipiélago de comisiones, y solo unas pocas concentran el poder real. Quien las controle, controlará la agenda.
Comisión Primera (Asuntos Constitucionales): 19 senadores.
Aquí se tramitan las reformas constitucionales, las leyes estatutarias, los derechos fundamentales. Es la comisión del lawfare legislativo, donde la oposición puede bloquear cualquier cambio estructural con argucias jurídicas. El Pacto Histórico tendría 5 curules; el Centro Democrático, 3. Pero los partidos bisagra suman el resto. Ningún bloque tiene mayoría propia. Las reformas que requieran mayorías calificadas deberán negociarse voto a voto.
Comisión Tercera (Hacienda): 15 senadores. Corazón de la reforma fiscal y de cualquier cambio en la estructura tributaria.
El Pacto tendría 4 curules; el Centro Democrático, 3; Liberales y Conservadores, 2 cada uno; Alianza por Colombia, 1-2; La U, 1; Cambio Radical, 1. Para sacar una reforma, el gobierno necesita 8 votos. Con 4 del Pacto, necesita sumar 4 más. Los liberales (2) son la llave. Pero la oposición (Centro Democrático, Conservador, Cambio Radical) puede sumar fácilmente 6-7 votos para bloquear. Esta comisión será campo de batalla permanente.
Comisión Cuarta (Presupuesto): 15 senadores. Territorio natural de los operadores regionales.
Aquí se decide el Presupuesto General de la Nación, y por tanto, los contratos, las partidas para regiones, la burocracia. En la legislatura 2025-2026, la presidencia la tuvo Enrique Cabrales (Centro Democrático). Para 2026-2027, el gobierno buscará recuperar el control de esta comisión. Pero la oposición intentará mantenerlo. Quien presida la Cuarta, controla el bolsillo de la Nación.
Comisión Quinta (Minas, Energía, Agro, Ambiente): 13 senadores. Define la política minero-energética y ambiental.
La transición energética, la exploración de hidrocarburos, la protección de páramos: todo pasa por aquí. El Pacto tendría 3 curules; el Centro Democrático, 2; Liberales, 2; Conservadores, 1-2; Alianza por Colombia, 1; La U, 1; Cambio Radical, 1. En la legislatura 2025-2026, la presidencia la tuvo Edgar Díaz (Cambio Radical), partido con fuerte presencia en regiones minero-energéticas como La Guajira, Cesar y Santander. Para el nuevo periodo, será otra comisión en disputa.
Este es el tablero. Estas son las trincheras. La guerra no se librará en las plenarias, que son solo escenarios de televisión. Se librará aquí, en estas comisiones, donde los textos se construyen artículo por artículo, donde las reformas se diluyen sin hacer ruido, donde los operadores regionales cobran su peaje.
IV. Lo que el gobierno Petro nos enseñó (y no queremos ver)
El gobierno de Gustavo Petro fue muchas cosas, pero sobre todo fue una demostración brutal de cómo funciona realmente el poder en Colombia.
Durante cuatro años, el país vio algo que pocas veces había visto con tanta claridad: un presidente con voluntad de cambio y un Congreso con voluntad de bloqueo. No fue una lucha entre ideas. Fue una lucha entre la posibilidad de transformación y el derecho de veto de una clase política que no está dispuesta a ceder ni un milímetro.
Las reformas sociales se hundieron no porque fueran malas, sino porque eran reformas. El presupuesto se convirtió en campo de batalla no porque faltaran recursos, sino porque el presupuesto es el botín. Cada votación fue una advertencia: usted puede haber ganado la presidencia, pero esto es nuestro. Y aquí no entra nadie que no pague.
Petro cometió errores, muchos. Subestimó la capacidad de resistencia del sistema. Confió en acuerdos que nunca fueron sinceros. Negoció como si enfrente hubiera contrapartes políticas cuando enfrente había simplemente depredadores esperando su turno.
Pero lo fundamental no son sus errores. Lo fundamental es la lección que el país se niega a aprender: el Congreso colombiano no es un espacio democrático, es una máquina de impedir. Está diseñado para que ningún gobierno, especialmente los que vienen de abajo, pueda cumplir lo que promete.

V. La mentira del «diálogo institucional»
Hay quienes dicen que el problema es de estrategia. Que si el gobierno hubiera negociado mejor, cedido más, tendido puentes de manera más hábil, las cosas habrían sido distintas.
Esta es la mentira más cómoda del establishment: culpar al reformista de no saber navegar las aguas de un sistema podrido. Es como culpar al que se ahoga por no nadar mejor en un río contaminado.
La verdad es que el sistema no está diseñado para ser navegado. Está diseñado para hundir. Las reglas están puestas para que cualquier intento de cambio profundo se atasque en algún lado. Las comisiones, las conciliaciones, los debates, los anuncios de última hora: todo eso existe para que el tiempo pase y las reformas mueran.
Y cuando el gobierno se cansa de insistir, cuando las reformas se archivan o se diluyen, entonces los mismos que bloquearon salen a decir: «Es que no supieron construir consensos». Es la misma lógica del violador que culpa a la víctima por no haber sabido seducirlo. Y funciona porque la víctima, avergonzada, termina callándose.
VI. El clientelismo no es un residuo del pasado: es el sistema
Aquí hay que decir algo que incomoda profundamente a la izquierda y a la derecha por igual: el clientelismo no es una deformación de la democracia colombiana, es su forma real de funcionamiento.
No sobrevive a pesar del sistema. Sobrevive porque es el sistema. No hay políticos corruptos que contaminan una democracia sana. Hay una democracia que funciona exactamente como sus dueños quieren que funcione: repartiendo favores, consolidando lealtades personales, impidiendo que emerja cualquier forma de conciencia colectiva.
En las regiones, esto es más claro. El voto no es expresión de voluntad política: es pago de deuda. La gente no vota por quien cree que va a cambiar el país: vota por quien le prometió el puesto, el subsidio, la calle pavimentada. Y no lo hace por maldad ni por ignorancia. Lo hace porque en un país donde el Estado nunca llega, el político clientelista es el único Estado que conocen.
Pero eso no lo justifica. Lo explica. Y explicarlo no es disculparlo. Porque el resultado es el mismo: una sociedad que reclama cambio pero vota para que nada cambie. Una sociedad que marcha contra el sistema pero fortalece a los dueños del sistema con cada elección.
VII. La política social como única salida
Si el Congreso es una máquina de impedir, si los partidos son mercaderes, si el clientelismo es el tejido mismo del sistema, entonces la pregunta es obvia: ¿por dónde se sale?
La respuesta es incómoda y no le gusta a los que creen que la democracia se agota en las instituciones: la única salida está por fuera del Congreso.
La política social —la que se hace en las calles, en los territorios, en las organizaciones de base, en las marchas que no piden permiso— no es un complemento de la democracia institucional. Es su contradicción más profunda. Es lo que queda cuando las instituciones han claudicado.
El Estallido social de 2019, el Paro Nacional de 2021, las movilizaciones que no cesan: todo eso es la sociedad moviéndose porque el cauce institucional está bloqueado. No son «actos de vandalismo» ni «perturbaciones del orden». Son el síntoma de que el sistema solo funciona para las elites y los corruptos.
Quienes creen que la solución es «más diálogo», «más consenso», «más institucionalidad» no han entendido nada. No se dialoga con quien te está bloqueando. No se consensa con quien te está extorsionando. No se fortalece una institucionalidad que fue diseñada para excluirte.
VIII. La responsabilidad que nadie quiere asumir
Llegamos al punto más incómodo.
Durante décadas, la izquierda colombiana ha señalado con razón a las élites, a los partidos tradicionales, a los dueños del poder. Y ha tenido razón en hacerlo. Pero ha eludido sistemáticamente una pregunta incómoda: ¿y la gente? ¿y el pueblo? ¿y los que votan por los mismos de siempre?
Porque el clientelismo no sobrevive solo porque haya políticos corruptos. Sobrevive porque hay millones de colombianos que siguen votando como si el voto fuera un favor que se devuelve y no un derecho que se ejerce. Sobrevive porque la cultura política dominante sigue siendo la del sálvese quien pueda, la del favor personal, la del «yo no estoy con ideas, estoy con el que me da».
Decir esto es arriesgado. Suena a culpar a la víctima. Suena a despreciar al pueblo. Pero no decirlo es peor: es condenar al pueblo a seguir siendo víctima para siempre.
Porque mientras la gente siga votando por el que le da el puesto y no por el que le promete un país distinto, el sistema se reproducirá. Mientras la lógica del favor personal siga pesando más que la lógica del proyecto colectivo, el Congreso seguirá siendo una máquina de impedir. Mientras la cultura política no cambie, cada elección será un eterno retorno a la corrupción.
El gobierno de Gustavo Petro hizo todo lo posible. La reforma laboral, la subida del salario mínimo, el esfuerzo por bajar el precio de la gasolina, devolvió tierras, construyó colegios, hospitales, universidades. Y la ciudadanía respondió de forma egoísta, más dispuesta a seguir enredada en la corrupción de la derecha que a construir un país mejor. Somos una nación con una profunda incongruencia: nos quejamos del bloqueo institucional y volvemos a repetir las mismas condiciones que lo hacen posible. No aprendemos. Somos una sociedad profundamente corrupta, no solo en sus élites, sino en las prácticas cotidianas que reproducen el sistema.
IX. 2026: el espejo y la advertencia
El Congreso elegido en 2026 es, ante todo, un espejo. Muestra lo que somos: una sociedad fragmentada, clientelar, incapaz de construir mayorías para el cambio. Muestra lo que hemos sido: un país donde la política es negocio y la democracia es fachada. Muestra lo que seremos si no hacemos algo radicalmente distinto: un país condenado a repetirse, a bloquearse, a ahogarse en su propia impotencia.
La composición del nuevo Senado reproduce con notable fidelidad la del 2022, con una diferencia: el crecimiento de los dos partidos más organizados, Pacto Histórico y Centro Democrático, que sumarán alrededor del 40% de la cámara alta . Pero los partidos tradicionales conservan su peso. Lo nuevo es la entrada de Salvación Nacional, el partido de Abelardo de la Espriella, con unos 3 senadores . La ultraderecha asoma la cabeza. Lo que no cambió es la lógica: ningún bloque hace mayoría, y el próximo presidente —que será el compañero Iván cepeda— tendrá que negociar .
Pero los espejos no solo muestran: también advierten. Y este Congreso advierte algo que debería helarnos la sangre: si la política institucional sigue siendo un callejón sin salida, las calles no tendrá más remedio que desbordarse.
No será bonito cuando pase. No será una movilización ordenada con permiso de la alcaldía. Será un desborde. Será el agua rompiendo el dique. Será lo que ya empezó a ser en 2019 y 2021, pero multiplicado, radicalizado, sin mediaciones.
Los que hoy celebran el «equilibrio» del nuevo Congreso, los que aplauden que «ninguna fuerza tenga mayoría», los que creen que la fragmentación es garantía de estabilidad, no han entendido nada. Están sentados sobre un volcán y lo llaman paisaje.
X. La única pregunta que importa
La pregunta que dejan estas elecciones no es qué gobierno tendremos, ni qué coalición se formará, ni qué reformas lograrán pasar. Esa es la pregunta de los analistas, de los politólogos, de los que viven de la opinión respetable.
La pregunta que importa es otra: ¿estará la gente dispuesta a seguir acumulando eternamente frustración-bloqueos de la derecha?
Porque la tierra se está moviendo. El país hierve. Las contradicciones se acumulan. La paciencia tiene un límite. Y cuando ese límite se rompa, toda esta aritmética parlamentaria, todas estas cuentas de curules, todos estos análisis sobre mayorías y minorías, van a parecer lo que siempre fueron: el intento desesperado de ponerle números a lo que ya no tiene solución por la vía de los números.
El Congreso de 2026 no es el comienzo de nada. Es el final de algo. Es la confirmación de que la vía institucional, por sí sola, no sirve para transformar este país. Es la prueba de que el cambio, si viene, vendrá de otra parte.
Y esa otra parte —la calle, el territorio, la organización popular, la resistencia cotidiana— ya está en movimiento. No pide permiso. No negocia su existencia. No espera mayorías.
Y mientras tanto, el Congreso sesionará. Las comisiones negociarán. Los operadores cobrarán su peaje. Y el país seguirá atrapado en la misma contradicción: queriendo cambiar, votando para que nada cambie.
Hasta que un día, el agua rompa el dique.
Las instituciones que bloquean el cambio no producen estabilidad: producen acumulación de frustración. Y cuando esa frustración encuentra su cauce, la historia deja de escribirse en el Congreso o por cualquier vía institucional.
Puerto Rexistencia
Marzo 9 / 2026


