Bolivia: Pinocho plurinacional

“…La inocente ovejita que balaba por los cerros, llamita de orejas teñidas y mirada lánguida, figura de historietas infantiles, ha ido transformándose en lobo, otra triste comparación. Vivir simplemente ha devenido en “vivir bien”, frase que esconde multitud de triquiñuelas y lecturas entre líneas y que encabezaba la foto en conjunto de los convocados en la G77”… ¿Cómo Así?
 

 
Triste asociar al tierno personaje del cine de dibujos animados con los infelices que gobiernan. Pero es que se hizo popular desde su aparición en 1940, o en su versión literaria a fines del siglo XIX (Carlo Collodi), la imagen del mentiroso al que le va creciendo la nariz a medida que incurre más y mejor en el vicio. De ser esto cierto, los cabecillas de Bolivia, junto a eunucos y hetairas, habrían ya tendido aquel mítico puente de plata entre continentes con la nariz, que larga la deben de tener en el fango de sus actividades, públicas y encubiertas.
 
El de arriba no es un estadista sino una diva, rimbombante y farolera, deseosa -y ardorosa- de mostrar los coloridos portaligas que carga. Qué otra cosa se puede decir, no solo de uno, de los dos, si la actividad de casi una década de expolio al país se dora con carnestolendas y nimiedades de burdelescos ribetes. Será que el autoproclamado vencedor de Roma, es la reencarnación de Heliogábalo y de Calígula, o de Agripina y Julia, romanas de vulva fatídica, amén de otros personajes de las mil y una noches que se viven en el paraíso plurinacional, entre Sherezada y el sultán…
 
Lo último fue la Cumbre G77, de las mil ya iniciadas, inutilizadas, gastadas, secuestradas y anotadas en su haber. Para delirio de asnos bien forrados, que rebuznaban contrario antes y ahora mugen al unísono con sus antiguos sicarios, Santa Cruz fue decorada con serpentinas aymaras. Pronto ya le borrarán el nombre que huele demasiado a conquista y le colgará otro a propósito el canciller, agente secreto de la papalisa. Quienes comen billetes se persignan, porque de prostitución se trata.
 
Trajeron al delincuente Mugabe, aquel que no contradice el dicho de que si hay angelitos negros también los hay diablos. Mugabe, Castro, Morales, otros aurigas del fraude monumental que se ha montado en América, al lado de seudointeligentes como García que es bastante elemental, han firmado una declaración. Primer punto: erradicar la pobreza extrema. Nadie mejor que ellos, de manos audaces y hambrientos bolsillos, para explicar cómo hacerlo. El drama está en la imposibilidad de colectivizarlo, porque si bien hay suficiente para tomar, no tanto como para que lo hagamos todos. Hasta ser ladrón guarda aromas discriminatorios. Los otros puntos… retahíla condescendiente y repetitiva de los que crean fórmulas para jamás cumplirlas. Nada nuevo. ¿Para eso se derrochó? Es que en la real filosofía del tocador que vivimos, que no difiere de la del marqués de Sade, los corruptos danzan canciones de estupro y violación. Se disfrazan de jueces y anuncian eternidad para el pecado nefando que practican y pregonan, en el sexo o la política.
 
La inocente ovejita que balaba por los cerros, llamita de orejas teñidas y mirada lánguida, figura de historietas infantiles, ha ido transformándose en lobo, otra triste comparación. Vivir simplemente ha devenido en “vivir bien”, frase que esconde multitud de triquiñuelas y lecturas entre líneas y que encabezaba la foto en conjunto de los convocados en la G77. No está más el indito que pregonaba su miseria y su hambre, culpando a una sociedad injusta de ceguera congénita. Ya no, el pobrecito se ha vuelto emperador, duce, führer, y no se cansa de repetirlo, de admirarse a sí mismo ante el espejo que le instalaron, a la moda de la reina mala de Blanca Nieves y los siete enanos, incluso en su versión porno, que es brutalmente la más cercana a nosotros, aunque los adalides de la revolución quisieran que se mantuviese dentro de los extremos bobalicones y perfectos de Disneylandia.
 
Espero que haya un estadístico anotando, con calma y con conciencia, los desmanes; sobre todo los gastos que -al fin lo he comprendido- se dicen reservados porque los reservan para él.
 
Autor: Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Fuente: El día 

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