Elena Poniatowska: ‘nunca había visto tantas metralletas en México’

¿Qué piensa de la situación por la cual atraviesa México? Ahora que se están organizando grupos de autodefensa, sobre todo en Apatzingán y en Michoacán, usan tapabocas y pasamontaña tratando de suplir lo que gobierno ha tratado de hacer durante años. Ahora hay un grupo fuertísimo, Los Templarios, un grupo poderosísimo de narcotraficantes. Las personas no aguantaron más, decidieron armarse para enfrentarlos. Lo malo es la ausencia de control…

 
Su activismo político y su afán por conocer las realidades virulentas de los sectores más bajos de México hicieron que el mote de “princesa” desapareciera de su vida. En esta conversación, habla sobre su creación literaria, recuerda su experiencia con la escritura —cuando comenzó como periodista en el diario mexicano Excélsior, a los 21 años— y retrata la situación de su país tras la creación de grupos paramilitares para defender zonas de control del narcotráfico.
 
¿Un escritor nace o se hace?
 
En 1953 me inicié en el periodismo, pero en 1954 se publicó mi primera novela, ‘Lilus kikus’, así que fue simultáneo. Hacía las dos cosas, muchas entrevistas y crónicas, las cosas que más me interesaban, eran algo muy valioso para mí. Las novelas surgieron de las cosas que acontecían en mi país. El hecho de ser periodista me ponía en contacto con muchas realidades que desde luego me impactaban cuando estaba joven, y que me siguen impactando ahora que estoy vieja. Ya voy a cumplir 82 años en mayo.
 
¿Existe una separación real entre la literatura y el periodismo?
 
El periodismo es más eficaz y rápido. Siempre que tienes que dar una noticia o una entrevista, se publica al día siguiente y se tiene respuesta inmediata. Entonces surgen muchos sentimientos, entre ellos la tristeza, ya que siempre nos cuestionamos por la forma en que se publicó. Nos preguntamos por qué no pudimos conseguir más información, por qué no lo escribimos con más cuidado. Toda premura justifica que quede mal. En cambio la novela es una aventura inmensa frente a la mesa de trabajo en la cual estás muy sola, porque tú no sabes si lo que estás escribiendo es bueno o no. El periodismo tiene resultados inmediatos, lo cual en la novela nunca sucede, puedes trabajar en ella durante muchos años y tú eres el único juez de lo que has hecho.
 
¿Hay lugar para la invención literaria en el periodismo?
 
Se hacen las dos cosas. Es lo que hago cuando voy a hacer una entrevista: retrato la casa del entrevistado, a su mujer, cuántas veces sale y entra, en fin, diversos detalles. Es posible hacer una entrevista que los norteamericanos usan mucho, que se llama ‘profile’, en la que se integran muchas otras cosas además de las respuestas. Aunque dichas entrevistas pueden ser muy largas, conté con la suerte de que me dejaran incluirlas en los periódicos donde trabajaba.
 
¿Qué recuerda de Diego Rivera?
 
Era un gigante, un hombre monumental con una enorme panza y unos dientes muy pequeños. Le pregunté que si sus dientes eran de leche y me dijo que sí, y que con dichos dientes se comía a las polaquitas preguntonas. Fue conmigo un hombre muy accesible, muy cordial, nunca se negaba a contestar preguntas. No era un hombre orgulloso, ni tenía pretensiones. Contaba lo que él quería. Siento que nunca lo hizo despectivamente, ni pensó que estaba perdiendo el tiempo, ya que muchos suelen pensar que la persona a la que le hablan no entiende nada. En ese sentido me pareció un hombre sumamente generoso.
 
¿Y de Fernand Braudel?
 
Era un hombre que sufrió muchísimo durante la segunda guerra mundial. Hizo una historia basada en el Mediterráneo, a México vino en varias ocasiones y aunque yo no fuera historiadora me atendió formalmente, con una carita simpática. Ni modo de darme una patada.
 
¿Cómo inicia tu proceso de escritura?
 
Escribo mucho, mucho, mucho, mucho. Es casi lo único que hago. Yo creo que la inspiración, si es que existe, viene con la insistencia en el trabajo. Entonces entre más te dedicas, viene un momento de agradecimiento, una página te sale bien, y cuando eso sucede te da seguridad. Muchas veces estás escribiendo y algunas veces te parece espantoso, piensas que los lectores van a sentir lo mismo. Son muchos años para que se adquiera cierta facilidad para escribir, pero cuando lo logras, hay que cuidarse porque (significa que) ya estamos muertos.
 
¿De dónde surge ese interés por los personajes cotidianos salidos de la cultura popular?
 
Empecé a acercarme a dichas personas muy ajenas a mí por una gran curiosidad. Pero luego lo que me daban era una riqueza infinita, que en mi clase social no encontraba. Recuerdo un personaje en especial, una lavandera, que me inspiró mucho, sobre todo su forma de enfrentar la vida. Me inspiró su dignidad incluso para enfrentar la muerte. Son lecciones que me han durado toda la vida, me conmueven y me ayudan a vivir.
 
¿Pero ese sentido social surgió desde muy joven?
 
Sí. Comencé como periodista a los 21 años, primero en el periódico Excélsior, luego en Novedades. Todo lo que fuera denigrante no se publicaba, la pobreza no se publicaba. La crónica roja sí, los crímenes, los asesinatos, el morbo, pero de la pobreza nunca se hablaba, gobierno tras gobierno, porque decían que el país iba para delante. Pero luego ya se abrieron las páginas de los periódicos, y se pudieron hacer reportajes de los mineros, la gente de la calle, las dificultades tan tremendas que tenían, cómo los niños trabajaban soplando vidrio, niños cargadores en los mercados, recicladores. (Esto es) muestra de que en México hay mucho trabajo infantil. Entonces cuando se pudo contar, me interesó condensarlo a través de reportajes. Una parte de ellos se reunió en un pequeño libro que se llama ‘Todo empezó el domingo’, publicado por el Fondo de Cultura Económica. El nombre hacía alusión a los paseos de la gente más pobre que salía los domingos.
 
¿Fue víctima de la censura?
 
Claro, toda la vida, fui muchas veces a dar a la cárcel.
 
¿Para usted qué es la libertad de prensa?
 
Es la libertad de poder indignarse y denunciar lo que se ve y lo que está ocurriendo. Ahora con el narcotráfico la libertad de prensa es hablar, pero allí corres el riesgo de que te maten. De que te “eliminen”, como ellos dicen.
 
¿Qué piensa de la situación por la cual atraviesa México?
 
Ahora que se están organizando grupos de autodefensa, sobre todo en Apatzingán y en Michoacán, usan tapabocas y pasamontaña tratando de suplir lo que gobierno ha tratado de hacer durante años. Ahora hay un grupo fuertísimo, Los Templarios, un grupo poderosísimo de narcotraficantes. Las personas no aguantaron más, decidieron armarse para enfrentarlos. Lo malo es la ausencia de control. Yo he visto en estos últimos treinta días más ametralladoras de las que he visto jamás. No me gusta que en mi país existan ametralladoras, aunque el mexicano acostumbra a disparar y le da felicidad. Hay una canción de los Beatles, titulada ‘Happiness is a Warm Gun’, “la felicidad es un arma caliente”. Algunos campesinos tienen en un rincón de su casa una escopeta escondida y es su tesoro, junto con la escrituras de su casa.
 
 
¿Cree que esto se pueda convertir en un conflicto de mayores envergaduras?
 
Toco madera. Pase lo que pase, nunca voy a salir de mi país, es mi único país. Por ejemplo, la escritora Laura Restrepo, que vive aquí, me dijo un día que pensaba que México estaba peor que Colombia.
 
¿La tildaron de tendenciosa, por ser activista y a la vez periodista?
 
No lo sé con certeza. Lo único que sé es que el gobierno no me quiere.
 
¿Cuál es tu consejo para los periodistas y jóvenes latinoamericanos?
 
Yo no estoy para dar consejos, estoy para recibir consejos. Todos los consejos que me den a mí, bienvenidos.
 
¿Cuál es su libro preferido?
 
Difícil pregunta, porque tengo muchos, pero sería ‘Las batallas en el desierto’ de Jose Emilio Pacheco, porque es fácil de leer y contribuyó al desarrollo de la literatura de mi país.
 
¿En la actualidad eres activista?
 
Sí, estamos luchando para que no se lleve a cabo la reforma energética, para que no pase a manos de las empresas privadas.
 
Entrevista realizada por: Steven Navarrete Cardona
Fuente: El Espectador

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