Ante el heroismo de los pueblos, los Ortegas y Murillos con Somoza, ocupan su repugnante lugar

A raíz de la violenta represión y ataque a representantes de la iglesia católica en Diriamba, José Luis Rocha resaltaba el hecho de que Ortega y Murillo “democratizaron y secularizaron la represión”. Pero el caudillo convertido en villano no ha detenido la guerra contra su pueblo y ha conseguido poner su nombre y su vida junto a la de quien fuera su enemigo contra el que luchara como cabeza visible del FSLN y por quien entró en el largo camino de la criminalidad, la corrupción, el poder del estado y la traición a su pueblo del que es, como Somoza, un dictador sanguinario e intransigente. No nos olvidemos de Nicaragua. Si lo hacemos, no sólo pisoteamos los cadáveres de más de 400 asesinados por un régimen perverso, no sólo negamos el sufrimiento de quienes están viéndose en la penosa obligación del destierro, no sólo asumimos, como lo ha hecho el Foro de Sao Paulo y otras “izquierdas” neo-estalinistas que el levantamiento de un pueblo harto de un traidor es justo y que la rebeldía es nuestra, sino que nos paramos detrás de paramilitares, fanáticos, fuerzas represivas y toda la derecha (izquierdo-parlante o no)  y les apoyamos. Daniel Ortega ha hecho el recorrido, no simbólico sino concreto y evidente del héroe popular al dictador corrupto. Del luchador revolucionario al administrador en su beneficio de un estado capitalista. Que la derecha ganó con Ortega y ahora pretende como en Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina, ganar con los opositores, no niega, por el contrario, reitera que los pueblos rebeldes no son ni siervos del gobernante vendido ni instrumentos de opositores oportunistas que representan el poder del capitalismo. En Nicaragua, el 19 de abril de 2018, se levantó de nuevo Sandino, en el cuerpo y corazones de un pueblo, desde las y los estudiantes y, una vez más, desde las mujeres valientes que son el corazón de ese pueblo desangrado, engañado y todavía sí, valiente y heroico. José Luis Rocha repasa acá en dos textos los hechos de Diriamba y el recorrido de Ortega hacia la fama que ha ganado con creces: la de un repugnante, vendido y corrupto servidor del sistema con la más cara de revolucionario. No es el único y no sólo están en el poder ni en los gobiernos progresistas porque hoy llegan hasta liderazgos de procesos populares otrora luchadores. Se robaron el discurso para conseguir mezquinamente a costa de luchas y entregas, una limosna, un “huesito con carne” en el sistema. Asco nos da el asesino Ortega que sigue matando. Asco y repugnancia él y todxs los que se venden en nuestro nombre, pero es mayor nuestra admiración y respeto por quienes se levantan contra estos y por la libertad quienes no se cansan, no se venden y no engañan ni se dejan engañar, como nos enseñan las y los zapatistas. Así No! Dominación y Despojo. Pueblos en Camino

El implacable juicio de la historia sobre Daniel Ortega

La historiografía suele rendir culto a los perdedores y demoler a los triunfadores. Este principio lo formuló el historiador mexicano Héctor Aguilar Camín en La frontera nómada y lo ilustró con ejemplos de la historia mexicana. “La posteridad histórica mexicana tiende a venerar a sus héroes derrotados y a mirar con recelo a sus personajes triunfadores -dice-. Es así como se ha erigido en símbolo fundante de la nacionalidad la figura sacrificial de Cuauh­té­moc, el guerrero azteca que ejemplifica la resistencia heroica, pero también la derrota ineluctable de su pueblo. Son padres de la patria, forjadores de su independencia, Miguel Hidalgo y José María Morelos, los curas guerrilleros que perdieron la vida y fracasaron en su causa independentista, varios años antes de que la consumara uno de los grandes villanos de nuestra historia, Agustín de Iturbide”.

Y añade: “El panteón de la Revolución mexicana prefiere también celebrar a sus águilas caídas antes que a sus caudillos ganadores. Tiene puesto su orgullo en el martirio de Francisco Primero, en Madero, en la fidelidad agraria de Emiliano Zapata, en la violencia plebeya de Francisco Villa, más que en el sentido de nación de Venustiano Carranza, en el genio pluriclasista de Álvaro Obregón o en la visión fundadora de Plutarco Elías Calles. No se exagera mucho si se dice que, al final de la línea, la historia de México no la han escrito los triunfadores”.

La de Nicaragua tampoco. Casi todos los períodos de nuestra historia cuentan con un héroe martirizado y con un villano vilipendiado. El héroe muere ejecutado y el villano alcanza el poder en olor de oportunismo y traición: Así pasó con Benjamín Zeledón y Adolfo Díaz, con Augusto C. Sandino y Anastasio Somoza García, con Carlos Fonseca Amador y Anastasio Somoza Debayle.

Ortega-Somoza

La historia ha tratado con más respeto a José Santos Zelaya que a José María Moncada. Uno derrotado, el otro triunfador. Uno defenestrado y otro encumbrado por el gobierno de Estados Unidos. La historia y el mismo FSLN han tratado mejor la memoria de Carlos Fonseca Amador que la de Tomás Borge, ambos fundadores del FSLN. Fonseca murió martirizado y a la intemperie. Sobran anécdotas que dan cuenta de su mística revolucionaria. Borge vio el triunfo revolucionario. Murió millonario y en lujosa cama. Abundan anécdotas de su acoso a las mujeres y de sus nexos con el narcotráfico.

Se precisa cierta distancia en el tiempo -la perspectiva histórica- para tener certeza sobre el juicio que la historia emitirá sobre Daniel Ortega. Como la historia es un terreno movedizo, a menudo rectifica su juicio. Hay, sin embargo, suficientes elementos para percibir, desde nuestro atribulado presente, el aroma del juicio que se está cocinando para el futuro. Y podemos usar ese material en un ejercicio especulativo. Si a Daniel Ortega lo hubiera asesinado la Guardia Nacional junto a su hermano Camilo Ortega en Los Sabogales -muy cerca de Masaya, la ciudad que más ha padecido la actual represión orteguista-, no hay duda de que habría ocupado un sitial de honor en el panteón de los héroes.

Si un atentado hubiera segado su vida durante los años 80, una antorcha en su memoria ardería en su tumba, junto a la de Carlos Fonseca Amador. Si Ortega se hubiera retirado de la política en 1990, habría juicios divididos sobre su persona. Sin embargo, creo que su personalidad opaca le hubiera ayudado a que por desconocimiento de unos y por simpatías de otros, la balanza se inclinaría más a su favor. Probablemente hubiera gozado del bono que la historia concede a los derrotados. Sería el gran derrotado de la guerra de los años 80, financiada por el imperialismo estadounidense, que tuvo en Ronald Reagan al villano guerrerista y cuyo guión hubiera admitido a Daniel Ortega como el héroe del olivo de paz.

La aparición en el escenario en 1998 de Zoilamérica Narváez -la hijastra que lo denunció por violación y abuso sexual continuado desde que ella tenía 11 años- marcó una suerte de hito en el deterioro de la reputación de Ortega. Al héroe se le cayó la máscara y desde entonces pareció no importarle demasiado el juicio de la historia. Decidió encerrarse en una burbuja, donde sólo escucha las voces de los aduladores a sueldo. Sin embargo, todavía entonces le hubiera alcanzado un juicio semejante al que se reservará a Humberto Ortega y a Tomás Borge.

El pacto con Arnoldo Alemán, cuando Alemán era reo por desfalcos millonarios y con él jugaba Ortega al gato y al ratón para arrancarle cuotas de poder, pesa como una losa sobre la reputación de Ortega. Obtuvo entonces su membresía en el club de los políticos sin convicciones éticas.

Después vino el enriquecimiento descomunal, la represión dosificada, las componendas con el gran capital, la conservadora ley que prohíbe el aborto incluso con fines terapéuticos, el nepotismo descarado y el intento de instaurar una dinastía. Si se hubiera detenido ahí, sería una especie de Somoza benévolo: una especie de Luis Somoza del siglo 21, una pieza sine qua non de un mecanismo político nefasto, pero no en su más dañina expresión.

Abril de 2018 ha sido el gran parteaguas en la biografía de Daniel Ortega. Hasta entonces, Ortega sólo había hecho un uso muy selectivo de la violencia: barría los cadáveres bajo la alfombra vegetal de las zonas rurales, donde tenían lugar los episodios más cruentos de su aparato represivo.

En abril, sangres mil. En abril de 2018 asomó el rostro más sangriento del tirano devorador de jóvenes. Abril de 2018 es también el gran parteaguas en la historia del FSLN, porque a partir de entonces no tiene sentido distinguir entre Orteguismo y FSLN. Daniel Ortega no hubiera podido ejecutar 448 muertes sólo con su Policía Nacional. Necesitaba de miembros del FSLN que se toman la militancia como una vinculación religiosa y entienden los dictados del caudillo como un dogma sobre el que no cabe consultar a sus conciencias.

Ningún otro partido hubiera conseguido que sus mujeres partidarias golpearan e insultaran a obispos y sacerdotes. Las del FSLN lo hicieron en Diriamba y en Jinotepe. El FSLN no es una organización secular, es un culto. Sólo un partido que funciona como una religión puede desafiar a los líderes de una religión milenaria, como es la religión católica. El FSLN no podrá recuperarse del hundimiento moral en el que decidió caer en abril de 2018: ese mes, como dice la canción de Víctor Jara, “su conciencia la enterró en un ataúd / y no limpiarán sus manos toda la lluvia del sur”. A Ortega puede aplicársele la frase de Batman: “Muere como un héroe o vive lo suficiente para convertirte en un villano”. Siempre habrá un lugar de honor y nuevos monumentos conmemorativos para el cacique Diriangén, para Sandino y para Fonseca. No habrá más que oprobio y recuerdos infamantes para Somoza y Ortega.

José Luis Rocha
Managua, Nicaragua
Agosto 10 de 2018

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Adiós a la ideología: de la teocracia al anticlericalismo

El lunes 9 de julio una comitiva de obispos y sacerdotes católicos visitó Diriamba –cuna del Güegüense, a 42 kilómetros de Managua- para consolar a los familiares de las víctimas y contener la posible continuación de la masacre que el día anterior había cobrado entre 14 y 20 muertos y varias decenas de heridos en esa ciudad y la vecina Jinotepe. A la basílica de San Sebastián llegaron el arzobispo de Managua Leopoldo Brenes, su obispo auxiliar Silvio Báez, el recién estrenado Nuncio apostólico Waldemar Stanilaw Sommertag y el ya legendario sacerdote de Masaya Edwin Román, acompañados de otros sacerdotes. No los esperaba una multitud amiga, sino unas turbas enfurecidas que arremetieron contra ellos apenas bajaron del microbús. Un grupo de robustas señoras, tan enfebrecidas que parecían actuar bajo los efectos de un trance, les gritaban mentirosos y asesinos. Identificado como el más definido opositor al gobierno, Monseñor Báez se llevó la peor parte. Fue rudamente golpeado. También se ensañaron con Román. El Nuncio recibió su bautismo de fuego: días antes entregó sus credenciales al Presidente, ahí le entregó el pellejo a sus turbas. No se libraron los de menos poder: las doñas mondongudas les arrojaban libros despernancados y añicos de papeles a los sacerdotes, y encapuchados con armas tomaron por el cuello y arrastraron a catequistas y monaguillos.

¿Qué significa este repentino brote de anticlericalismo entre las bases de un Estado-partido que ha explotado la iconografía y retórica católica y que ha cultivado la cercanía con los jerarcas de la iglesia? Esta acción puede ser un parteaguas en la relación con el catolicismo de un gobierno que había hecho de la manipulación religiosa uno de sus puntales ideológicos.

Toda revolución que se precie de tal ha combatido el poder eclesiástico. Con furor desenfrenado lo hizo la revolución francesa. Así lo reseñó Alexis de Tocqueville: “Uno de los primeros actos de la revolución francesa consistió en combatir a la Iglesia, y entre las pasiones que han nacido de esta revolución, la primera en aparecer y la última en extinguirse fue la pasión antirreligiosa. La rebelión contra la autoridad religiosa proseguía aún después de haberse desvanecido ya el entusiasmo por la libertad.” Esa pasión también estuvo presente en las revoluciones soviética y china, y produjo monumentales estragos durante la guerra de los cristeros en la revolución mexicana. La revolución cubana tomó distancia de la religión cuando se convirtió en satélite de la soviética y adoptó la vulgata del marxismo-leninismo como ideología.

La revolución nicaragüense se desmarcó de esa constante. La América Latina de los años 70, con la teología de la liberación nutriendo las ideas del cambio, era un terreno muy distinto del México de Porfirio Díaz y no digamos de la Francia del siglo XVIII. Numerosos militantes del FSLN, incluyendo su fundador Carlos Fonseca Amador, encontraron en la formación religiosa las primeras incitaciones a luchar por un cambio social. Su relación con el catolicismo institucional fue siempre muy estrecha. Al tomar al poder del Estado, el FSLN incorporó a tres sacerdotes en puestos prominentes dentro de su gabinete: los ministros de Dios fueron ministros de cultura, educación y del exterior.

Tras una breve y tibia luna de miel con los comandantes, varios obispos de la jerarquía católica se enfrentaron al régimen. En esas lides destacaron Miguel Obando y Bravo, Bosco Vivas, Abelardo Mata y Pablo Antonio Vega. La expulsión de Vega en julio de 1986 marcó un punto de inflexión en la tirante relación del FSLN con la jerarquía católica. Otro momento candente fue la prohibición de decir misa impuesta en 1981 por Juan Pablo II a los tres sacerdotes-ministros. Candente en otro sentido fue la exhibición de monseñor Bismarck Carballo en agosto de 1982, corriendo desnudo por las calles de Las Colinas. Había sido seducido por una falsa feligresa y luego agredido por un supuesto marido furibundo que a punta de pistola lo sacó a la calle. Creyendo recalar en un lecho de lujuria, cayó en una trampa tendida por la Seguridad del Estado e ideada por Lenin Cerna.

Más enconoso aún había sido el episodio de las multitudes de las madres de caídos en la guerra ahogando la prédica de Juan Pablo II en marzo de 1983. La concesión del capelo cardenalicio a Miguel Obando y Bravo, el arzobispo más infradotado de toda una región que tenía arzobispos tan destacados como Próspero Penados en Guatemala, Arturo Rivera y Damas en El Salvador y Marcos G. MacGrath en Panamá, fue la desafortunada reacción del pontífice polaco. Cerró con broche de oro con la suspensión a divinis de Ernesto Cardenal y Miguel D’Escoto, y la expulsión de Fernando Cardenal de la Compañía de Jesús. Cardenalato y suspensiones: todo vino junto en el paquete de 1985.

Fuera de las frecuentes burlas en los medios de comunicación del Estado y pro-sandinistas hubo relativamente pocos episodios de enfrentamientos agresivos y nunca llegaron a niveles alarmantes. La irreverencia no fue la tónica predominante. Con el tiempo, las asperezas aparentemente fueron limadas e incluso sustituidas por inusitadas alianzas. Por arte de birlibirloque y misteriosa conversión perversa, el cardenal Miguel Obando y Bravo se pasó a las filas de Ortega en su época más pútrida –de ambos- y fue ungido el 2 de abril de 2016 como “Prócer de la paz y la reconciliación” por la Asamblea Nacional con 65 votos a favor y uno solo en contra. Sus ovejas siguieron al pastor: Roberto Rivas y Cía. alcanzaron la cima de su poder y prosperidad. Bismark Carballo y Lenin Cerna se dieron un afectuoso abrazo con inmensas sonrisas que desbordaron el marco de la foto y cualquier marco lógico que quisiera interpretar ese gesto. Apenas un mes antes de que iniciara la rebelión de abril, Esther Margarita Carballo, hermana del presbítero nudista, presentó sus credenciales ante Francisco I como representante de Nicaragua ante el Vaticano, un nombramiento que Monseñor Leopoldo Brenes en su momento calificó como positivo.

Por más de una década el FSLN tuvo dos cardenales a su disposición. Uno en cada bolsillo. Los dos igualmente incondicionales e incapaces de proferir una palabra condenando la ley del canal y las sangrientas represiones a quienes se manifestaron para oponérsele, las inminentes expropiaciones, el latrocinio de Albanisa, los destrozos de la minería, la masacre en la finca El Encanto (La Cruz de Río Grande) en mayo de 2008, las detenciones ilegales y torturas a los supuestos implicados en la masacre del 19 de julio de 2015, la masacre de las Jagüitas también en 2015, las torturas en el Chipote que datan de años atrás y las ejecuciones de personas bajo custodia policial, entre otros abusos y violaciones a los derechos humanos que antecedieron –y alimentaron el malestar de- las protestas de abril. Súbitamente el FSLN perdió a sus dos cardenales. En medio de la crisis uno se le murió y otro se le volteó.

Los lazos con un sector de la jerarquía católica sólo formaban parte de un amplio espectro estratégico-ideológico que expresaba el carácter teocrático del Estado-partido sandinista cuyo lema “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” tuvo la función de gancho confesional para conquistar, cobijar y embobar a diversos sectores. Fue una atarraya lanzada con obsesiva compulsión para capturar incautos y fanáticos. La machacona mención de Dios en discursos y declaraciones oficiales, las alusiones como letanías a su infinito amor y eterna misericordia, el financiamiento a las festividades religiosas católicas más importantes y las celebraciones de los 19 de julio mimetizando los pasos de un ritual religioso, donde el cardenal Obando y Bravo era un convidado de piedra pero no por eso menos imprescindible, han sido algunas de las expresiones más notorias del cruce de Estado-partido-catolicismo.

Súbitamente despechado el régimen decide romper: sustituir la parafernalia teocrática por incitaciones al anticlericalismo. En su discurso del sábado 7 de julio, Ortega azuzó a sus huestes contra aquellos que “nos maldicen en nombre de instituciones religiosas”. La respuesta, perfectamente orquestada y nada espontánea, vino dos días después. La golpiza a los obispos es, como todo acto humano, un fenómeno muy polisémico. Entre otros cometidos, transmite la alarmante mala nueva de que cualquier nicaragüense –con independencia de su rango secular o sacro- está expuesto a los ataques de los paramilitares y las turbas, y al mismo tiempo busca escenificar una supuesta pérdida de legitimidad de la jerarquía, como si Ortega dijera: “Dicen que a mí me repudian, a ustedes los odian más: miren lo que el pueblo le hace a sus iglesias y a sus pastores.” Rosario Murillo cuando en su alocución diaria se refirió al hecho de manera no explícita, mencionó el derecho que “todos tenemos de pronunciarnos y a dar testimonio cristiano de nuestro sufrimiento”.

Pero ese acto de agresión también tiene efectos no buscados o anticipados por sus planificadores. Ortega y Murillo democratizaron y secularizaron la represión. Ese giro significa una ruptura con una estrategia ideológica cultivada con minuciosidad, mimos y dólares. Sabemos que esa estrategia era netamente instrumental, como lo ha sido para otros líderes políticos a lo largo de la historia. Cuando estaba acantonado en Marruecos, Franco era para sus subordinados el hombre sin las tres “m”: sin mujer, sin miedo, sin misa. Tras la victoria, bien instalado en El Pardo, se vio en la necesidad de buscar ideologías que le dieran un poco de vistosidad y pegamento al régimen. Echó mano del fascismo y de la religión católica. La muerte del líder de la falange José Antonio Primo de Rivera –su rival dentro del frente antirrepublicano- le allanó el camino hacia la primera meta. Su esposa doña Carmen Polo –católica por los cuatro costados- le facilitó el camino hacia la segunda. Tan pronto como las potencias del Eje perdieron la Segunda Guerra Mundial y el de España iba a quedar aislado como el único régimen fascista en Europa, Franco se deshizo de los elementos filo-nazis de su gabinete. Las ideologías han sido para los tiranos unos artefactos muy descartables. Valen tanto cuanto sirven en una coyuntura determinada.

El ataque a los obispos, tanto como los otros ataques, construyen al enemigo. Sin intento de reforma a la seguridad social y la subsiguiente represión, no tendríamos Movimiento 19 de abril. Sin muertos, no habría Movimiento de las madres de abril. Sin ataques sostenidos, no habría tranques. Los actos del orteguismo edifican al enemigo, lo incitan a organizarse y les infunden coraje. Es posible que después de los ataques a los obispos, se solidifique la bina catolicismo-antisandinismo y la ruptura de facto del orteguismo con una de sus bases ideológicas. Esta tendencia es perceptible en los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales donde ahora se habla masivamente de sacrilegio, blasfemia, profanación e incluso de excomunión. Seguramente Ortega y Murillo no abandonarán el lenguaje religioso, pero su retórica se mostrará ahora huérfana de asideros institucionales. ¿Qué hará ahora el FSLN aparentar que mantiene vínculos con el catolicismo institucional? ¿Invitar a Bismarck Carballo al repliegue y el podio del 19 de julio? Allá ellos. Pero que esta vez lo exhiban vestido, por favor.

José Luis Rocha
Managua, Nicaragua
Julio 11 de 2018

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