Comercio autogestivo: renombrado nuestro hacer para la vida

En el marco del Congreso Internacional de Comunalidad, compartimos con personas maravillosas como Irma Cecilia Medina Villalobos y Jesús Alejandro Pérez Amante, entre otras, quienes hicieron un gran esfuerzo económico por llegar desde Guadalajara hasta Puebla a contar sus experiencias, sus memorias, sus desafíos, sus tristezas, pero también sus apuestas y sueños que caminan desde un hacer cotidiano asechado por el capitalismo, en el que la resistencia vive y la lucha por la emancipación del trabajo es permanente. Las y los invitamos a sentir el dolor y la alegría que ella y él nos transmitieron, interpelaron, desafiaron, con-movieron…:
“…Si ser feminista es reconocer nuestras heridas y sanarnos juntas, soy feminista, pero si ser feminista es sólo repetir lo que una escribió como teoría, entonces no soy feminista…”

“…En la ciudad existen personas que sobreviven gracias a su hacer cotidiano. Son personas excluidas del sistema laboral que utilizan su ingenio para poder sustentar sus necesidades básicas. Desde la lógica del estado y el capital estos sujetos, familias, colectivos viven en la informalidad, en trabajos mal remunerados y principalmente transitorios en tanto se encuentra algo “mejor” y es desde esta perspectiva que se desdibujan características que bajo el propósito de ir construyendo lo común vale la pena mirar. Ellos viven sin patrón, trabajan a su tiempo, se apropian de sus espacios para poder realizar sus actividades de producción y venta, construyen sus propias redes solidarias de comercio buscando obtener sus propios ingresos…”

Así sí Carajo. Pueblos en Camino

Comercio Autogestivo en la zonas urbanas de Guadalajara, una forma de renombrar nuestro hacer cotidiano, de resistencia y emancipación del trabajo

A los de la ciudad nos han acostumbrado a vivir en una telaraña de tristeza, más aun a los que habitamos los barrios marginados donde el despojo del capitalismo es el pan de cada día. Nos han impuesto a mal vivir, nos obligaron a olvidar nuestro pasado, cambiamos la solidaridad por la envidia del dinero. Hay muchos que ya nos dimos cuenta de la dominación en la que nos han enraizado y que poco a poco vamos luchando por reproducir otra vida.

El zapatismo definió el momento histórico en el que nos encontramos como la cuarta guerra mundial, en la que su principal característica es la acumulación por desposesión, no solo de territorios, del agua, o de los bosques, sino también de formas de vida que escapen a su lógica, éstas no se encuentra reducidas a los movimientos indígenas o a las luchas campesinas sino que también se reproducen en las ciudades, desde uno de estos sitios  es donde escribimos y hacemos nuestras vidas.

Este trabajo no pretende dar explicación sobre los procesos de ir construyendo comunidad que existen en la ciudad, entendemos que nosotros mismos somos parte de ellos y estos se mantienen siempre en camino, lo que proponemos es abrir el diálogo respecto a estas otras formas de ir creando maneras distintas de resolverse la vida desde lo común. Al hablar sobre proyectos en común no se plantea solo referido al territorio sino a la puesta en marcha de otro tipo de formas de hacer.

Otro eje que intentamos abordar es, en términos de Mina Lorena Navarro (2015), ir aportando a la construcción de “un lugar de enunciación que parta de nosotros mismos”, que parta de los retos y posibilidades a los que hay que hacer frente al vernos envueltos en la lógica de la ciudad capitalista en la que habitamos.

Con  el propósito de echar una mirada y entablar un diálogo con diferentes expresiones que se manifiestan en la ciudad como alternativas a la voracidad que nos impone el sistema capitalista en su fase neoliberal, nos encontramos con diversos esfuerzos colectivos que quizás en este momento aparecen de manera intermitente, son poco visibles, y hasta se expresan contradictoriamente, pero que en su hacer cotidiano despliegan formas que desde el aquí y el ahora van dibujando otra forma de resolverse la vida. Para los que esperan movimientos multitudinarios de las mal llamadas masas quizás estos “pequeños” esfuerzos no representan una “fuerza revolucionaría”. Sin embargo, nosotros consideramos que es en esos pequeños esfuerzos donde se encuentra una, más no la única, posibilidad de ir construyendo otra cosa que priorice la vida sobre la lógica del dinero en la que nos vemos contenidos.

Nuestro tema es el Comercio autogestivo. En simples palabras contaremos las experiencias de pequeñas familias que viven en los barrios periféricos de la ciudad de Guadalajara, personas que desde sus changarros resisten a la exclusión laboral, sin nombrarse en autogestión la practican, se organizan a sus formas y tiempo. Familias que saben que si no cooperan entre todos no sale para comer, ellos sin querer queriendo, sin articular de manera explícita un lenguaje político van poniendo en marcha sus propios procesos por reapropiarse de sus vidas.

Consideramos importante el saber-nos parte de la contradicción a la que nos somete la dependencia económica. Es necesario exponer que muchas personas que se dedican a esta actividad no reivindican su trabajo como libertario o de emancipación, sino que siguen anhelando el progreso, registrarse ante hacienda y formar una empresa.

Los barrios marginados: Espacios para la creación de comunidad y formas alternativas de organización desde lo común.

Entendemos a la ciudad como espacios en tensión y de dominación pero también como espacios desde donde crear formas alternativas de creación desde lo común. Manuel Rozental (2015) al referirse a los espacios marginados dentro de las ciudades menciona que estas “son zonas de guerra en donde la supervivencia en la exclusión genera la “violencia social” que a su vez, legitima la represión y la guerra contra los empobrecidos”, situación de guerra que nos fragmenta,  que intenta negar la posibilidad de vincularnos, de reconocernos como sujetos en resistencia.

Existen múltiples experiencias y proyectos en diferentes latitudes de México y América Latina que desde su hacer cotidiano van construyendo comunidad, referencias que principalmente nos remiten a proyectos que han sido puestos en marcha por comunidades indígenas y campesinas, quizá la mayor referencia es lo hecho por las comunidades zapatistas, sin embargo, sin restar importancia a estas experiencias consideramos importante hablar de la posibilidad de hacer comunidad e ir construyendo autonomías en la ciudad, ya que es desde ahí donde nosotros, quienes escribimos, hacemos nuestra vida, donde vertimos nuestros esfuerzos por sembrar un nosotros que ponga en práctica otro tipo de relaciones que no se basen en la dominación y apropiación de todo lo que nos rodea, características propias del capitalismo.

Es decir, retomando a Mina Lorena Navarro (2015), reconocemos la importancia de mirar las experiencias del mundo indígena-campesino, aprender y dialogar con ellas, y justamente es en ese sentido que consideramos necesario ir construyendo nuestro propio lugar de enunciación.

Ahora bien, al intentar enunciarnos desde nuestros propios espacios en la ciudad, es que comienzan a surgir los retos y contradicciones a los que nos enfrentamos al plantearnos un horizonte de autonomía en el que la puesta en marcha de proyectos en común nos sirvan para tejernos entre sujetos en vías de dejar de estar segmentados.

Y entre esos retos y contradicciones es que nos encontramos mediados por el dinero, ya que cada una de nuestras necesidades para sobrevivir se ve mediada por un intercambio monetario, se nos ha negado y al entendernos nosotros mismos como la crisis del capital, nos hemos negado nosotros mismos la posibilidad de, en términos de Iván Illich, “ser dueños de las circunstancias”, es decir, nuestra capacidad creativa de ir resolviendo nuestras necesidades mediante nuestros esfuerzos colectivos, lo que se encuentra condicionada por formas sociales capitalistas, ya que como señala Rozental “Sin necesidad de decirlo, de ser consciente de ello, aceptamos esta mediación y su poder, sometiéndonos a la distorsión de las relaciones que establece” (2015: pág. 275.).

Los que vivimos en la zonas marginadas de la ciudad soportamos de muchas maneras el despojo del sistema económico actual. Y aunque muchos dicen que estamos ciegos y sordos ante las injusticias del capital, que somos unos ignorantes y que nos merecemos este pinche gobierno que tenemos, en realidad si sabemos las chingaderas que nos hacen, como no saberlas si las sufrimos. Sin embargo, estamos sometidos a la dependencia economía del sistema, aquí necesitamos dinero para poder comer. Imaginemos un día donde un grupo de personas que ya están hartas de ir al hospital y nunca aliviar su dolor deciden hacer algo, están enojados afuera de la clínica del IMSS  saben que es necesario juntarse para organizar y planear que hacer, todos opinan sobre qué día pueden coincidir, pero todos tiene enormes diferencias en sus horarios pues vivimos en el tiempo del capital y no pueden faltar a su trabajo, quizás puedan faltar un día pero más es imposible porque tenemos que pagar por comida, renta, luz, agua, para vivir. Entonces, ¿cómo nos juntamos para organizarnos? Cómo hacemos empatía entre personas que vivimos las mismas pinches injusticias del Estado, cómo aprendemos a mirarnos y escucharnos con respeto y sinceridad, de qué forma construimos un nosotros en un espacio donde nos sembraron un individualismo tan tiránico y egoísta. ¿Cómo hacer comunidad donde no la hay?

John Holloway (2011) habla de la necesidad de “asumir nuestra responsabilidad por el mundo”, ya que existimos no solo como trabajo enajenado o sujetos subordinados al dominio del dinero, sino que también “existimos contra y más allá de estas formas” y en ese sentido con la capacidad de poner en práctica otro hacer desde el cual poder ir negando la forma de producción capitalista y las relaciones sociales que esta impone.

Al referirnos a las ciudades como espacios desde donde ir creando un nosotros, no pretendemos hacer una abstracción sobre las ciudades y su función como reproductoras del flujo de capital, la segmentación de los sujetos que esta hace y otras características que el capital requiere para continuar existiendo, consideramos que “el espacio urbano es desarrollado por las clases dominantes”, por quienes niegan la vida, cuando esta no se ajusta al tipo de relaciones que impone, entendemos que “al afirmar que nuestra existencia tiene posibilidades infinitas, despreciamos el condicionamiento del espacio, del territorio desplegado a nuestros pies y abierto a nuestros sentidos, estructurado en base a las prioridades dadas por el capital, al beneficio económico de la producción” (Cuadernos de Negación).

Nuestras vidas dentro de las ciudades del estado y el capital son convertidas en continuos reproductores de relaciones de dominación y explotación, cada día al salir de nuestras casas nos vemos envueltos en una guerra que pareciera pasar inadvertida, en la que las condiciones para sobrevivir se vuelven día a día más precarias.

En la ciudad existen personas que sobreviven gracias a su hacer cotidiano. Son personas excluidas del sistema laboral que utilizan su ingenio para poder sustentar sus necesidades básicas. Desde la lógica del estado y el capital estos sujetos, familias, colectivos viven en la informalidad, en trabajos mal remunerados y principalmente transitorios en tanto se encuentra algo “mejor” y es desde esta perspectiva que se desdibujan características que bajo el propósito de ir construyendo lo común vale la pena mirar. Ellos viven sin patrón, trabajan a su tiempo, se apropian de sus espacios para poder realizar sus actividades de producción y venta, construyen sus propias redes solidarias de comercio buscando obtener sus propios ingresos.

Para poder llevar acabo sus actividades de comercio, recurren a sus propios saberes de vida. Bajo la urgencia de solventarse las necesidades básicas sujetos y familias enteras comienzan procesos inciertos de organización que sin nombrarlos de esta forma van creando proyectos en común con sus respectivas contradicciones y retos que esto implica.

Cuando nos preguntamos sobre si es posible hacer comunidad en la ciudad, no planteamos este horizonte como un anhelo de traer a la ciudad procesos gestados en el mundo indígena-campesino, sino, que como menciona Raúl Zibechi, se crea “otro tipo de comunidad, la reinventan, la recrean”, ya que es una forma “que adoptan los vínculos entre las personas”, en este caso, personas que reproducen su vida en los espacios negados dentro de la ciudad, es decir, consideramos que la lucha por reapropiarnos de nuestra vida y nuestro hacer es necesario emprenderla en todos los espacios.

La  organización  colectiva como una alternativa al despojo del capital  es uno de los retos más difíciles para la creación de posibles autonomías en las zonas urbanas. Los que vivimos en la ciudad y que pensamos en construir un nuevo camino contra la lógica del capitalismo, nos vemos enredados en grandes conflictos para poder generar nuestra propia resistencia, uno de ellos es el ¿cómo nos organizamos?

Cómo aprendemos a organizarnos colectivamente en la ciudad. En este apartado más que decir certezas escribiremos sobre dudas, conflictos y contradicciones sobre nuestras formas de organizarnos acá. Narraremos algunas experiencias de colectivos que poco a poco han construido un nosotros desde lo común, personas que bajo necesidades concretas va dejando de reproducir la falsas relaciones de esta sociedad del dinero. Entre estas historias estará la mía,  pertenezco a una familia de mujeres que desde su patio producen papas doradas para sustentar su vida aprendiendo a reproducirla dignamente.

A pesar de todas nuestras contradicciones aún existe la esperanza de ir tejiendo esfuerzos colectivos. Hay rebeldía contenida  en los barrios,  personas que se desbordan de las dinámicas del capitalismos con su hacer cotidiano. Un ejemplo son las familias que se dedican al comercio de manera autogestiva. Desde sus propios espacios utilizan sus saberes heredados para reproducir la vida. Entonces cuando caminamos por los barrios vemos a la abuelita vendiendo comida afuera de su casa, a la señora con su puesto de nieves rapadas y al papá con su triciclo vendiendo tejuino. Toda la familia coopera para que salga el trabajo, sin decir que se organizan lo hacen a sus modos y tiempos.

En los barrios urbanos  todavía existen lazos de solidaridad y apoyo mutuo, que pese a sus contradicciones siguen generando relaciones que se contraponen a la lógica del capital, donde aún con todo el ritmo de vida que nos impone la ciudad surgen relaciones que en base a esfuerzos colectivos van solucionando situaciones cotidianas. Quizás tengamos que comenzar a mirar estas formas de vida para rescatar formas que nos ayuden en nuestros propios procesos. Consideramos importante acudir a las comunidades indígenas a aprender de ellas, pero también acá en la ciudad podemos aprender de todas y todos. Tenemos que fortalecer nuestros propios procesos para que juntos dejemos de reproducir el individualismo feroz que impone el capitalismo. En la familia, con los vecinos y  amigos podemos sembrar nuevas relaciones de afinidad, empatía y fraternidad siempre desde lo común.

El comercio autogestivo como una forma de renombrar nuestro trabajo cotidiano

A la mitad del siglo pasado la ciudad de Guadalajara inició su modernización, con esto se generó un crecimiento poblacional pues aumentó la migración campo-ciudad. La mayoría de las personas provenientes de zonas rurales llegaron a las periferias de la ciudad creando nuevas colonias. La crisis del campo trajo a los campesinos a la modernidad, llegaron con la idea comprada del mentado progreso con el engaño de una vida supuestamente mejor.

Hay personas que con sus actividades cotidianas se desbordan de las dinámicas del sistema capitalista pues éste las excluye de forma tiránica. Sin embargo, estos sujetos logran ingeniosamente gestionarse la vida bajo sus propias condiciones.

Cuando doña Gloria llegó a la ciudad no sabía en que podría trabajar. La vida de la ciudad no le permitía seguir reproduciendo su vida de antes. Era difícil encontrar trabajo y la necesidad era mucha, entonces empezó a vender gorditas de maíz rellenas de frijoles. ¿En qué se ocuparon los campesinos en la ciudad? Cómo sobrevivir en un espacio donde todo los niega. La única forma que muchos encontraron para sustentar sus vidas fue recurriendo a sus propios saberes. Es así como en estos espacios comienzan a surgir nuevas formas de comercialización local. Se generar redes económicas barriales donde de manera solidaria se crean formas de consumo que de a poco se escapan a las dinámicas del sistema moderno de la ciudad.

Aunque son numerosas familias en la ciudad que se dedican a este tipo de comercio, en este escrito nos enfocaremos solo a tres historias. La familia Martínez que desde hace 45 años se dedica a la elaboración y venta de tejuino una bebida fermentada de masa de maíz. La de Doña Manuela que tiene una panadería en el patio de su casa, y por último mi historia, una familia de mujeres que se dedican a la elaboración de papas doradas de forma artesanal desde nuestra casa. En toda la ciudad de Guadalajara se pueden encontrar experiencias semejantes a las que vamos a contar, pero en esta ocasión nos vamos a enfocar en la colonia periférica  Polanco al sur de la ciudad.

En 1970 llega a la colonia de Polanco don Pascual Martínez junto con su familia. Cuando llegan se dan cuenta de que no hay trabajo para ellos y que necesitan sacar de alguna forma el dinero para sobrevivir. Entonces deciden comenzar a vender tejuino afuera de su casa. Después tuvieron la necesidad de salir a vender a las calles del barrio en un triciclo, fue así como producir y vender tejuino se convirtió en su fuente de trabajo. Ya son cuatro generaciones que se dedican a este oficio, entre todos cooperan para hacer el tejuino y todos salen a venderlo por el barrio. Ellos sin saberlo practican otras formas de obtener el dinero. Generan comunidad desde el barrio y se organizan en cooperativa para sacar el trabajo adelante, mantienen la tradición de don Pascual en la preparación del tejuino. Para poder mantener un changarro por 45 años ellos tuvieron que fortalecer los lazos familiares que les permitieran una unión que dejara a lado el egoísmo y que dejara entrar a la solidaridad.

En la calle principal de comercio en Polanco doña Manuela vende pan que hace  desde su casa, todos los días desde las siete de la mañana se pone en una esquina a vender su pan dulce. Ella y su familia durante la madrugada elaboran su pan desde su patio. El esposo de doña Manuela tuvo un accidente  en su trabajo hace 35 años impidiéndole continuar aportando dinero a su casa. Desde entonces ella se dedica hacer el pan que su mamá le enseño hacer para poder seguir viviendo en una ciudad donde todo se compra, hasta la vida. Dice doña Manuela: ¨Lo que más me gusta de vender pan es que conozco a mis vecinos, me gusta que me cuente su vida¨. Ella sin saberlo practica el hacer empatía con los que la rodean.

Quizás estas personas no sepan que es el capitalismo, ni mucho menos todos esos discursos revolucionarios anarquistas. Sin embargo,  desde su cotidiano rompen con la explotación de un sistema laboral.  Aunque muchos aún no renombran su hacer como libertario y quizás sigan anhelando convertir su changarro en una empresa, en su práctica rompen con el ciclo de explotación del capitalismo.

Una de las principales causas que me motivó a realizar esta ponencia fue la oportunidad de compartir mi experiencia con la cooperativa familiar de mujeres donde nos dedicamos a hacer y vender papas doras que poco a poco fuimos construyendo mi abuela, mi mamá, mis hermanas y yo. Les contaré parte de mi historia que me ayudó a emprender un camino nuevo lleno de esperanza. Tengo 24 años y cuando salí de la preparatoria mi mamá me exigió que buscara un empleo, pues era necesario contribuir a los gastos de la casa. Entonces durante un tiempo antes de entrar a la universidad me dediqué a buscar trabajo, duré un años en la misión de encontrarlo pero fui producto de numerosas discriminaciones, unos no me contrataba por mi falta de conocimientos al no tener ni lo básico en inglés y muchos otros por mi físico gordo. Aunque desde pequeña me dediqué al mentado trabajo informal fui presa de esa idea de un trabajo profesional con prestaciones y mejor pagado. Tiempo después mi mamá renunció a su trabajo, ella laboraba en un pequeño restaurante, cansada de los malos tratos de su patrón y de las largas jornadas de trabajo sin buena paga mi mamá se decidió a renunciar. Las dos nos dimos cuenta de la porquería que era trabajar para alguien más, que realmente un trabajo formal no te garantiza el vivir bien y que nos negábamos a seguir vendiendo nuestro hacer.
Un día después de que  nos habíamos acabado el dinero nos vimos en la necesidad de pensar de qué otra forma podíamos obtenerlo. Mi abuela tiene 35 años vendiendo papas doradas afuera de su casa, ella desde su patio las hace, recuerdo que una tarde mientras le ayudaba a despachar se me ocurrió vender papas en la universidad pues era una buena forma de sacar un poco de dinero y seguir estudiando, unas semanas después mi mamá también comenzó a vender por las calles, poco a poco nos hicimos de clientela y empezamos a mantenernos de este digno oficio.

Para poder dedicarme a la venta de papas doradas tuve que reconocer mi historia hacerme parte de ella, aprender de los saberes de mi abuela que me dan la vida, tener la conciencia de que los estudios no te enseñan la vida. También tuve que reconocerme como una persona excluida del sistema laboral, dominada por las ideologías del capital. Después de toda esta ruptura lo más difícil fue comenzar a transmitírsela a mi familia sin pretender obligarlos a pensar cómo yo.

Me di cuenta de que mi actividad en la elaboración de papas doradas era por mucho libertaria. Sé que solo con el hecho de vivir en la ciudad estamos llenos de contradicciones, pero en realidad nuestro hacer cotidiano genera muchas grietas en el ciclo capitalista. Nosotras decidimos nuestros horarios de trabajo, no tenemos que salir de nuestra casa para poder trabajar, con nuestras propias manos hacemos las papas doradas así que se puede llamar artesanales, entre todas organizamos nuestro trabajo de manera colectiva y por su puesto nuestras ganancias son para nuestro sustento básico así que no acumulamos dinero y no explotamos a nadie.

Nuestro trabajo no ha sido fácil, hemos tenido que pasar por muchas dificultades, es complicado vivir al día y más en una sociedad donde se nos imponen muchas necesidades y donde vivir cuesta mucho dinero. Algunas personas nos preguntan que si  trabajamos menos al dedicarnos a las papas, nosotras les contestamos que al contrario, hay días que trabajamos mucho y ganamos poco, existen ocasiones donde trabajamos de día y de noche. Es difícil mantener nuestro changarro y no solo porque todo está muy caro para volver a surtir, sino que hay veces que se nos termina el entusiasmo y que comienza la desesperación de no tener algo estable. Sé que no nos escapamos totalmente de las dinámicas de la economía capitalista pues seguimos consumiéndole a las grandes empresas y contribuimos a la alimentación del capitalismo. Pero después recuerdo todo lo maravilloso que nos ha traído el vender nuestras papas y todas las contradicciones se convierten en enseñanzas que nos ayudan a seguir caminando hacia un buen vivir.

Antes de hacer papas doradas nosotras no teníamos tiempo de pensar-pensarnos la vida. No había tiempo para juntarnos a hablar de nuestro sentires y pensares, quizás pueda decir que aunque somos familia no nos conocíamos. Hemos cambiado mucho, hemos aprendido a ser fuertes y entre todas solucionar nuestros problemas. Somos de esas familias que sentimos que si no estamos unidas no sé puede reproducir la vida, todas aprendemos de todas, todas necesitamos de todas para poder sacar los trabajos y no solo de las papas. Entonces vender papas doradas no solo nos solucionó lo económico, fuimos reconociendo que nos ayudó a cambiar en otros aspectos de nuestra vida, pues al vivir a nuestro tiempo pudimos mejorar nuestras relaciones con nosotras mismas y con los demás, tuvimos la oportunidad de hacer nuevas actividades para remendar las heridas que nos causa vivir en una sociedad capitalista nos obliga a vivir con dolor.

Nos dimos cuenta de nuestra rebeldía  esa que nos ayudó a posicionarnos frente a la chingaderas que nos hace el estúpido gobierno. Así empezamos a mirar de otra forma nuestra vidas, primero nos vimos como dominadas y explotadas, para después mirarnos como la esperanza de cambiar y elegir el rumbo de nuestras vidas.

Estas palabras que les acabo de expresar nacen de una digna rabia y no de una teoría social. Nos vamos pensando desde nuestras experiencias cotidianas y no desde un libro. Aprendemos de muchas otras personas que hacen la lucha de cambiar su vida, como los y los zapatistas y de otras experiencias que se mueven desde lo común.

Entonces desde un tiempo para acá nosotras elegimos renombrar nuestros haceres y llamarlos autogestión, rebeldía,  lucha y resistencia. Y habrá personas que piensen que lo que hacemos no cambia radicalmente el sistema capitalista, pero en realidad nuestra revolución cotidiana nos ayuda cambiar desde nuestros espacios, desde nosotros mismos, y aunque caminamos lento nuestros pasos son fuertes y vamos echando semilla para cosechar otras maneras de ser. Las personas que nos dedicamos al comercio autogestivo estamos rechazado ser explotados por el sistema económico, nos negamos a tener un trabajo que nos esclaviza y explota. Generamos nuevas formas de reproducir la vida bajo nuestro hacer cotidiano, nos permite crear nuevas redes solidarias de consumo en nuestros propios espacios, vivimos con dignidad pues no somos personas incapaces de entrar a la modernidad pero no nos interesa hacerlo de la manera en la que se nos impone, sino que somos sujetos capaces de desplegar nuestro ingenio y nuestras creación. Estas experiencias de rebeldía son las que pretendemos compartir aquí, pues el trabajo colectivo cambia las vidas de quienes lo practicamos, nos ayuda a irnos tejiendo para juntos y juntas crear un mundo nuevo lleno de vida.

Autores: Irma Cecilia Medina Villalobos y Jesús Alejandro Pérez Amante.
Recibido el 4 de noviembre de 2015

BIBLIOGRAFÍA.

Holloway, John (2011) Agrietar el capitalismo, el hacer contra el trabajo. Editoriales Herramienta, Bajo Tierra, ediciones SISIFO.  México.
_____________ (2013) ¡Comunicemos! Colección Crisis y Crítica. Editoriales Grietas. Guadalajara, México.

Navarro, Mina Lorena (2015), Hacer común contra la fragmentación en la ciudad: Experiencias de autonomía urbana. Trabajo presentado en el Seminario de la Cátedra Jorge Alonso, realizado en CIESAS-Occidente.

Rozental, Emmanuel. (2015) ¨¡No están solos ¡¨: reflejos frente al despojo de nuestras contradicciones y desafíos. Pág. 255. Catedra Jorge Alonso. CIESAS.  Guadalajara, Jal. México.

Sandoval, Rafael (editor) (2015) Pensar desde la resistencia anticapitalista y la autonomía. Cátedra Jorge Alonso. CIESAS. Guadalajara, Jal. México.

Zibechi Raúl (2006) Dispersar el poder, los movimientos como poderes antiestatales. Taller editorial La casa del mago. Cuadernos en Resistencia. México.

Fuentes orales.
Entrevistas: Pascual Martínez. Manuela Hernández.

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