La renta de la vida

Hoy, la creación de riqueza a nivel corporativo

viene de las compañías que comandan las ideas,

no de las que fabrican cosas.

John H. Bryan, Director Ejecutivo de Sara Lee Corp.

 


 

Tabla rasa

El capitalismo es el reino de la uniformidad. No es maldad congénita o gusto por la monotonía, es que la condición primordial del sistema del mercado absoluto es la universalidad de los precios como única medida del intercambio. Y la operación de este mecanismo supone que bienes iguales, que se venden por montos iguales, se generen a costos tendencialmente iguales y con iguales tecnologías; es decir homogeneidad productiva, especialización de las factorías, estandarización de los productos, uniformidad, uniformidad, uniformidad… 
   Y si lo heterogéneo es disruptivo pues atenta contra la universalidad del intercambio monetario, simplemente hay que suprimirlo. Así, el joven capitalismo apostó al emparejamiento, emprendiendo una gran cruzada universal por hacer tabla rasa de la diversidad de los hombres y de la naturaleza. A unos los uniformó con el indiferenciado overol obrero y a la otra nivelando suelos y talando bosques para establecer vertiginosos monocultivos. Fracasó, pero en el intento aún puede llevarnos entre las patas. 

 

Perversiones campestres

El sistema industrial es propicio a la monotonía tecnológica y la serialidad humana, por eso el capitalismo es fabril por antonomasia. La agricultura, en cambio, es el reino de la diversidad: heterogeneidad de climas, suelos, ecosistemas y paisajes, que se expresa en diversidad productiva y sustenta la pluralidad de talantes socioculturales. 
   El saldo de la imposición de los moldes capitalistas a la producción agropecuaria fue perverso. Monopolios naturales de un bien originario y escaso como la tierra, y diversidad en el espacio y el tiempo de los costos de producción, generaron rentas absolutas y diferenciales que distorsionaban la distribución del excedente económico, propiciando modalidades viciosas de acumulación. Algunos pensaron que era una herencia del viejo régimen, en realidad era el saldo de someter un proceso productivo basado en recursos preexistentes, diversos, desigualmente repartidos y escasos, al sistema de mercado absoluto; era la resistencia de la naturaleza a la compulsión emparejadora del capital. 
   La gran utopía del capitalismo decimonónico fue una agricultura operando al modo fabril. Un sector agropecuario dependiente sólo de máquinas e insumos industriales y por fin independizado de la voluble y dispar naturaleza. Con una producción que dependiera únicamente de la propia producción, se pensaba, el mercado podría hacer limpiamente su trabajo igualador y desaparecerían tanto los monopolios indeseables como las rentas. 

 

La industria de la vida

A fines del siglo XX se cumplió, por fin, la profecía decimonónica. Al descifrar el germoplasma, la biotecnología creyó haberse apropiado de las fuerzas productivas de la naturaleza, que ahora podrían ser aisladas, reproducidas y transformadas in vitro. Y también, como una máquina o un insumo de origen industrial, podían ser patentadas y valorizadas por sus nuevos propietarios. 
   Pero, al igual que la vieja agricultura, la flamante biotecnología tiene una base natural, pues el germoplasma es un recurso diverso, finito y abigarrado, que se ubica en ecosistemas territoriales, sobre todo del Sur. Como al comienzo lo fueron las tierras fértiles, irrigadas y con climas propicios, la biodiversidad –base de la ingeniería genética– es hoy monopolizable. Y esta privatización excluyente de un bien natural escaso es, de nuevo, fuente de especulación y rentas. 
   Los viejos terratenientes y las antiguas compañías extractivas depredadoras están dejando paso a las colosales corporaciones biotecnológicas, gigantes transnacionales que si antes se especializaban en farmacéutica, cosméticos, alimentos, semillas, medicina veterinaria o agroquímicos, hoy son omnipresentes industrias de la vida. 
   Industrias en expansión, pues en el capitalismo de fin de milenio está ocupando espacios crecientes la producción biótica, que durante el siglo pasado fue desplazada por la multiforme petroquímica y actualmente representa un 45 por ciento de la economía mundial. Arrinconada junto al fogón por más de un siglo, madre naturaleza regresa por sus fueros, y las perversiones que acarrea su sujeción a la horma del mercado irrestricto es uno de los factores más desquiciantes del capitalismo crepuscular y un severo riesgo para la vida toda. 
   Y no son sólo flora y fauna bruta, también el genoma humano anglosajón ha sido descifrado, y las grandes compañías transnacionales están recopilando y codificando los caracteres de otras razas, pues –como señala Pat Mooney– el dinero está en las diferencias. El diagnóstico precoz de enfermedades, el diseño de nuevos medicamentos, la producción de tejidos orgánicos para trasplantes, y otras vertiginosas posibilidades, se hallan en manos de quienes intentan patentar el código cifrado de Adán. 
   En el arranque del nuevo milenio, el perverso monopolio económico sobre un bien silvestre polimorfo y escaso, está poniendo la alimentación, la salud y casi la mitad de la economía, al servicio de capitales y procesos de acumulación cuya capacidad de chantaje y especulación es ilimitada pues de ellos depende, ni más ni menos que la existencia humana. 

 

De la renta de la tierra a la renta de la vida

Si en los siglos XVIII, XIX y XX un gran conflicto fue el destino de la renta capitalista de la tierra y del subsuelo, a fines del siglo pasado y en el presente, la rebatinga es por la renta de la vida. Y en las dos épocas los grandes perdedores son las comunidades campesinas e indígenas. Los hombres de cuyas labores y saberes depende gran parte de la producción agropecuaria y la reproducción social de la biodiversidad, pagaron con trabajo, dinero o productos, las rentas del antiguo régimen, y cuando no fueron expropiados en nombre de la modernidad, les tocó la de perder en el reparto del excendente capitalista. Pero si de una u otra forma siempre han tenido que pagar por el acceso a una tierra que originalmente era suya, en el futuro pagarán por acceder a los recursos bióticos, tanto silvestres, como por ellos domesticados o intervenidos por la biogenética. 
   Los avatares de las semillas dramatizan esta historia. Primero fue la selección por el propio productor, que le daba autonomía; luego los híbridos, que tenía que comprar año tras año para que no se diluyeran sus atributos; más tarde los transgénicos, que combinan cualidades de más de una especie; y ahora la tecnología Terminator, consistente en la alteración genética de plantas para volverlas estériles y poner la llave de la reproducción biológica –y la cerradura– en manos de trasnacionales. Y esta es una saga donde cuentan menos los rendimientos agrícolas sostenibles que la rentabilidad corporativa y lo último a considerar es el impacto ambiental de la tecnología. 
   Si el monopolio sobre la tierra y sus cosechas dio lugar a rentas colosales generadas especulando con el hambre, la usurpación de la clave genética de la vida es una fuente aun más grande de poder económico, pues está en sus manos la alimentación, la salud y cerca de la mitad de los procesos productivos. 
   La tierra y la vida son demasiado importantes para abandonarlas al juego del mercado y a los dados cargados de los grandes apostadores. La épica historia de las reformas agrarias del siglo pasado revela que ordenar el acceso al territorio es prioridad social y asunto de Estado. Y con más razón lo es el usufructo sobre las claves de la vida. Pero en verdad, más que asuntos de Estado son incumbencia de la comunidad humana; y para empezar de las comunidades agrarias, los responsables directos de la reproducción social de la biodiversidad. 

 

Banqueros de datos

El sustento de la revolución biotecnológica es la revolución informática, y el monopolio del germoplasma adopta cada vez más la forma de bases de datos. Así, la vida se transforma en bytes y su propiedad restrictiva deviene fundamento de los modernos procesos de capitalización. Parafraseando a Brecht, podríamos decir que en los tiempos de la gran red, peor que el hacker que asalta sistemas informáticos es la corporación que privatiza vitales bancos de datos. 
   De hecho los monopolios informáticos son la nueva clave de la acumulación. La globalización del dinero virtual y la privatización de la información financiera reservada es la máxima fuente de ganancias del mundo contemporáneo y el origen de nuevas crisis planetarias del capital. El ciberespacio deviene el más importante ámbito de mercadeo, y la privatización de las direcciones web y de la información sobre los gustos e intereses de sus usuarios, sustenta los nuevos monopolios comerciales. Los bancos de germoplasma y la información sobre los códigos genéticos son base de la inédita industria de la vida. 
   Así, el nuevo soporte del capital es la informática, y las ganancias empresariales dependen cada vez más de la privatización de los bancos de información y del control sobre las redes por las que fluye. La verdadera riqueza económica del siglo xxi es la riqueza digitalizada. 

 

El mapa y el territorio

La especulación basada en prospectivas de los flujos financieros mundiales del capital virtual, el acceso planetario a los consumidores que navegan en el ciberespacio, los códigos genéticos de millares de plantas y animales, y del propio genoma humano descifrado, son sin duda fuentes colosales de acumulación. Pero no son la verdadera riqueza. Son los nuevos valores de cambio pero en sí mismos no son valores de uso. 
   La cartografía no es el territorio, y la biodiversidad no son sólo los jardines botánicos, las colecciones, los bancos de germoplasma y su forma superior, los códigos genéticos descifrados. La riqueza biológica está sustantivamente en los ecosistemas. Originalmente, es claro que se encuentra ahí, y por eso la nueva guerra territorial del capital se expresa en el avasallamiento o la seducción de las comunidades agrarias y en la pugna de los gigantes corporativos por el control sobre las regiones biodiversas, sobre todo del Sur. 
   Pero, en la perspectiva depredatoria de los saqueadores, una vez obtenidas las muestras el ecosistema sale sobrando, pues su estrategia económica consiste en sustituir la biodiversidad y las prácticas culturales que la preservan por monocultivos de variedades transgénicas, de ser posible basados en semillas castradas que intensifican la dependencia del agricultor. 
   Entonces, la acción de los corsarios genéticos y la privatización de los códigos de la vida no son sólo mecanismos de enriquecimiento especulativo; son también y sobre todo acciones ecocidas, un atentado a la biodiversidad, un suicidio planetario. 
   La biodiversidad in situ está mayormente en el Sur, en manos de comunidades campesinas, con frecuencia indígenas; en cambio la biodiversidad ex situ está en el Norte, en los bancos de germoplasma y las bases de datos que posee el gran capital. La perspectiva de controlar y expoliar a los pequeños agricultores –y también a los consumidores– con el monopolio de la tecnología genética, es indeseable pero fundada; en cambio la pretensión de que así las corporaciones se apropian de la biodiversidad, es un espejismo. La verdadera industria de la vida está en los ecosistemas y los sociosistemas, lo otro es la industria de la muerte. 

 

In situ, ex situ

El monopolio ex situ de la biodiversidad, representada por los bancos de germoplasma y los códigos genéticos, y por la diseminación de variedades transgénicas, de preferencia castradas, es socialmente expoliador, económicamente injusto y ecológicamente suicida; es, en fin, la antítesis de la sustentabilidad. Pero hay que admitir, también, que el manejo comunitario y empírico de la biodioversidad in situdevino incompatible con los retos de la demografía; que con frecuencia tecnologías que antes fueron racionales se tornan depredadoras y que los campesinos al filo de la hambruna difícilmente resisten la seducción de monocultivos ferticidas y paquetes tecnológicos agresivos pero prometedores. 
   La posibilidad de sobrevivencia humana, inseparable de la conservación de la biodiversidad, no está entonces en el germoplasma cultivado in vitro, que hoy controla el gran capital; pero no está tampoco en el germoplasma silvestre o domesticado que aún usufructúan las comunidades. 
   La salida no está en ninguno de los dos vistos por separado, la solución está en ambos operando concertadamente. Sólo que la lógica mercantil del polo empresarial del dilema, se ha mostrado históricamente incompatible con una estrategia cuyo sustento es el respeto a lo diverso y el reconocimiento de la irreductibilidad última de los valores de uso a los precios de mercado. Sin duda podemos, y debemos, ponerle precio a la conservación de los ecosistemas, pagar los llamados servicios ambientales y restituir a las comunidades por el uso de plantas, animales y saberes por ellas generados. Hay que reconocer que si bien con tales acciones le ponemos precio a lo inapreciable, imponemos normas de economía moral a fuerza de voluntad societaria y en nombre de la economía del sujeto le torcemos la mano a la economía del objeto. 
   La solución está en articular códigos y biodiversidad viviente, bancos de germoplasma y ecosistemas, saberes locales y saberes formales. Pero la clave del proceso no radica en el mapa sino en el territorio, pues en última instancia la biodivesidad se pierde in situ y se restituye in situ. El proceso empieza y termina en el ecosistema y su piedra de toque no está en el capital sino en la comunidad.

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No son, éstas, visiones apocalípticas ni anticapitalismo trasnochado. Es que la irreductible diversidad biológica y la perseverante pluralidad sociocultural, son en verdad los límites de un sistema que ha creado riqueza pero también miseria, que ha dominado a la naturaleza pero también la ha destruido; de un sistema emparejador que quiso hacer tabla rasa de la diversidad en nombre del impersonal intercambio de mercancías y por fortuna ha fracasado en el intento.

Por: Armando Bartra
Suplemento Ojarasca, No. 42, Octubre 2000
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